/ viernes 20 de septiembre de 2019

Tiempo y destiempo

Hay una hija y yo soy su padre; nació con discapacidad intelectual, condición que me hizo vivir el primer lustro de su existencia entre el pasmo, la aridez emocional y una suerte de insospechado duelo; incluso experimente la fragilidad humana cuando se enfrenta a Dios.

A partir de que cumplió los ochos años, con mensajes silenciosos y aterciopelada lentitud me fue conduciendo por los misteriosos y complicados territorios de su alucinante mundo, transito que realice de manera indolora, a cambio de hacer una profunda inmersión en su apacible naturaleza. Hoy, mi hija Martita se ha convertido para mi en una suerte de religión, religión cuyos postulados emanan de su indiscutible munificencia y naturaleza angelical y aunque estoy cierto que ella, como todos aquellos seres que nacieron con discapacidad intelectual, pertenecen a otro mundo, no dejo de entender claramente que en este, nuestro mundo, ¿el de la normalidad? su fragilidad y rotunda vulnerabilidad nos ha grabado en la retina, a lo largo de los siglos, la visión de la tragedia.

La inmisericorde, real y puntual huida del tiempo a la que todos los seres humanos estamos sujetos, independientemente de convocarme a una profunda y radical nostalgia, me abre los ojos ante el reto que significa dejar en las mejores condiciones de apoyo y protección a mi hija una vez que yo haya cumplido mi ciclo de vida en esta tierra. Soslayar este tema es condenarla a vivir en una cotidiana y cruel tristeza por el resto de sus días. Lo primero que tengo que hacer es vencer la cómoda hipocresía que, insita a mi condición humana, invita a juzgarme con magnanimidad y complacencia hacia mis deberes. Con que asombrosa facilidad practicamos la filantropía en pos de un reconocimiento social que con frecuencia raya en el exhibicionismo, cuando lo más simple es buscar el bienestar de ellos antes que el nuestro.

Es indiscutible y peligroso que si no acepto lo irremediable, de alguna manera devaluare mi dignidad y en consecuencia cometeré el pecado de ignorar lo obvio: pobreza de voluntad, ella representa a millones de seres que viven en las mismas condiciones de riesgos, olvidos y abandonos. Se trata de un reto que permanentemente debe analizarse con celo inquisitorial. Los padres somos los encargados de heredarles la euritmia de su existencia, evitándoles así condenarlos al cansancio de la desdicha. Si caigo en la cómoda y latente tentación de considerar la muerte como la gran solución convocare, sin remedio, el miasma que emana de aquellos espíritus inconscientemente egoístas.

Traigo a mi mente la recomendación de G. Zaid: “Tener siempre presente: observar, reflexionar, investigar, hacer y aprender”. El reto no es poca cosa. Se requiere un esfuerzo para no sonar pesimista, pero que difícil resulta hoy día encontrar seres verdaderamente dedicados, altruistas, preparados y honestos a quienes encargar una tarea de tan marcado reto moral y espiritual.

¿Cómo enfrentar la melancolía que me provocara ir preparando a mi hija para que paso a paso se vaya integrando a una comunidad sustituta del cariño insustituible de sus padres? Quizás recordando la premisa aristotélica que afirma que la melancolía produce bilis negra que provoca un estado alterado de conciencia propicio para la locura.

Hay una hija y yo soy su padre; nació con discapacidad intelectual, condición que me hizo vivir el primer lustro de su existencia entre el pasmo, la aridez emocional y una suerte de insospechado duelo; incluso experimente la fragilidad humana cuando se enfrenta a Dios.

A partir de que cumplió los ochos años, con mensajes silenciosos y aterciopelada lentitud me fue conduciendo por los misteriosos y complicados territorios de su alucinante mundo, transito que realice de manera indolora, a cambio de hacer una profunda inmersión en su apacible naturaleza. Hoy, mi hija Martita se ha convertido para mi en una suerte de religión, religión cuyos postulados emanan de su indiscutible munificencia y naturaleza angelical y aunque estoy cierto que ella, como todos aquellos seres que nacieron con discapacidad intelectual, pertenecen a otro mundo, no dejo de entender claramente que en este, nuestro mundo, ¿el de la normalidad? su fragilidad y rotunda vulnerabilidad nos ha grabado en la retina, a lo largo de los siglos, la visión de la tragedia.

La inmisericorde, real y puntual huida del tiempo a la que todos los seres humanos estamos sujetos, independientemente de convocarme a una profunda y radical nostalgia, me abre los ojos ante el reto que significa dejar en las mejores condiciones de apoyo y protección a mi hija una vez que yo haya cumplido mi ciclo de vida en esta tierra. Soslayar este tema es condenarla a vivir en una cotidiana y cruel tristeza por el resto de sus días. Lo primero que tengo que hacer es vencer la cómoda hipocresía que, insita a mi condición humana, invita a juzgarme con magnanimidad y complacencia hacia mis deberes. Con que asombrosa facilidad practicamos la filantropía en pos de un reconocimiento social que con frecuencia raya en el exhibicionismo, cuando lo más simple es buscar el bienestar de ellos antes que el nuestro.

Es indiscutible y peligroso que si no acepto lo irremediable, de alguna manera devaluare mi dignidad y en consecuencia cometeré el pecado de ignorar lo obvio: pobreza de voluntad, ella representa a millones de seres que viven en las mismas condiciones de riesgos, olvidos y abandonos. Se trata de un reto que permanentemente debe analizarse con celo inquisitorial. Los padres somos los encargados de heredarles la euritmia de su existencia, evitándoles así condenarlos al cansancio de la desdicha. Si caigo en la cómoda y latente tentación de considerar la muerte como la gran solución convocare, sin remedio, el miasma que emana de aquellos espíritus inconscientemente egoístas.

Traigo a mi mente la recomendación de G. Zaid: “Tener siempre presente: observar, reflexionar, investigar, hacer y aprender”. El reto no es poca cosa. Se requiere un esfuerzo para no sonar pesimista, pero que difícil resulta hoy día encontrar seres verdaderamente dedicados, altruistas, preparados y honestos a quienes encargar una tarea de tan marcado reto moral y espiritual.

¿Cómo enfrentar la melancolía que me provocara ir preparando a mi hija para que paso a paso se vaya integrando a una comunidad sustituta del cariño insustituible de sus padres? Quizás recordando la premisa aristotélica que afirma que la melancolía produce bilis negra que provoca un estado alterado de conciencia propicio para la locura.

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