/ jueves 23 de enero de 2020

Perturbación retadora

Manuel ha trabajado para mi familia por más de 28 años, esta integrado sin duda. Hemos podido ser testigos de la conformación y el crecimiento de su familia. Cuando llego con nosotros tenia dos hijos, alcanzo a completar siete. Por las condiciones de su trabajo solo va cada quince días a visitar a su familia que radica en un poblado, San Antonio, muy cerca de la Barca, Jalisco.

Su esposa, mujer de enérgico carácter ha educado a sus hijos bajo la cultura del esfuerzo; todos ellos ya tienen su casa propia y son hombres trabajadores y responsables. Uno de ellos, Jesús, se caso recientemente. Hace unos días me entere que su primera hija, presentaba algunos síntomas preocupantes; síntomas que a primera vista suponían algún tipo de discapacidad. Manuel, su abuelo, me pidió que lo orientara al respecto. Lo primero en estos casos, le comente a Manuel, es hacer un diagnóstico, cierto y profesional. Para tal tarea la atendió José Ángel Ontiveros, primer director que tuvimos en Fundación Esperanza.

Después de estudios de resonancias y electroencefalogramas los especialistas llegaron a la conclusión de que la niña nació con un pequeño tumor incrustado en tal parte del cerebro que afecta algunas de sus capacidades físicas e intelectuales. No es operable y tampoco se sabe si crecerá o permanecerá como esta. La única recomendación es empezar, ahora mismo, con terapias de rehabilitación para ver hasta donde alcanza a reaccionar la pequeña hija de Jesús.

Cuando Manuel se enteró del diagnóstico, con pálido y desconsolado semblante solo atinó a decir: pobre de mi hijo y tanto que la quiere. Fue entonces cuando confirme, por propia experiencia, que en esos dolorosos momentos se experimenta un inexplicable desgarramiento profundo; de pronto asaltan las dudas y las angustias, se llena nuestro estado de ánimo de densas tinieblas, como si de pronto la vida quedara rota en pedazos; incluso hasta la misma fe en Dios se enturbia y se vuelve ilegible. El anhelado sueño de la llegada de un hijo convertido en terrible pesadilla. Solo el paso del tiempo envuelto en el amor más profundo nos dará a entender que la necesidad obliga a que surja lo indispensable. La noticia conduce a una curiosa sensación de irrealidad, aparece una especie de sentimiento de orfandad y de fría soledad, algo así como un peso en el corazón que asfixia.

Que recomendaciones son adecuadas ofrecer en estos casos, solo aquellas que ya hemos vivido: primero que nada actuar y no contemplar sabiendo que frecuentemente las desgracias nos conducen a estados de mayor lucidez, que no está vedada la posibilidad de vislumbrar un futuro armonioso confiando en que las personas con discapacidad hacen prodigios que desafían a la razón. Hay que tomar el reto como un apostolado al que se dediquen entrega, comprensión, entusiasmo, en fin todos sus afanes; empeñarse en ser una familia como todas, que sueñan, trabajan y tienen esperanzas. Todo esto asegurando que el amor nunca se ausente. Tendrán que conducir su vida apoyados en el lenguaje del corazón convirtiendo la vida de su hija en una oda al amor filial.

Manuel ha trabajado para mi familia por más de 28 años, esta integrado sin duda. Hemos podido ser testigos de la conformación y el crecimiento de su familia. Cuando llego con nosotros tenia dos hijos, alcanzo a completar siete. Por las condiciones de su trabajo solo va cada quince días a visitar a su familia que radica en un poblado, San Antonio, muy cerca de la Barca, Jalisco.

Su esposa, mujer de enérgico carácter ha educado a sus hijos bajo la cultura del esfuerzo; todos ellos ya tienen su casa propia y son hombres trabajadores y responsables. Uno de ellos, Jesús, se caso recientemente. Hace unos días me entere que su primera hija, presentaba algunos síntomas preocupantes; síntomas que a primera vista suponían algún tipo de discapacidad. Manuel, su abuelo, me pidió que lo orientara al respecto. Lo primero en estos casos, le comente a Manuel, es hacer un diagnóstico, cierto y profesional. Para tal tarea la atendió José Ángel Ontiveros, primer director que tuvimos en Fundación Esperanza.

Después de estudios de resonancias y electroencefalogramas los especialistas llegaron a la conclusión de que la niña nació con un pequeño tumor incrustado en tal parte del cerebro que afecta algunas de sus capacidades físicas e intelectuales. No es operable y tampoco se sabe si crecerá o permanecerá como esta. La única recomendación es empezar, ahora mismo, con terapias de rehabilitación para ver hasta donde alcanza a reaccionar la pequeña hija de Jesús.

Cuando Manuel se enteró del diagnóstico, con pálido y desconsolado semblante solo atinó a decir: pobre de mi hijo y tanto que la quiere. Fue entonces cuando confirme, por propia experiencia, que en esos dolorosos momentos se experimenta un inexplicable desgarramiento profundo; de pronto asaltan las dudas y las angustias, se llena nuestro estado de ánimo de densas tinieblas, como si de pronto la vida quedara rota en pedazos; incluso hasta la misma fe en Dios se enturbia y se vuelve ilegible. El anhelado sueño de la llegada de un hijo convertido en terrible pesadilla. Solo el paso del tiempo envuelto en el amor más profundo nos dará a entender que la necesidad obliga a que surja lo indispensable. La noticia conduce a una curiosa sensación de irrealidad, aparece una especie de sentimiento de orfandad y de fría soledad, algo así como un peso en el corazón que asfixia.

Que recomendaciones son adecuadas ofrecer en estos casos, solo aquellas que ya hemos vivido: primero que nada actuar y no contemplar sabiendo que frecuentemente las desgracias nos conducen a estados de mayor lucidez, que no está vedada la posibilidad de vislumbrar un futuro armonioso confiando en que las personas con discapacidad hacen prodigios que desafían a la razón. Hay que tomar el reto como un apostolado al que se dediquen entrega, comprensión, entusiasmo, en fin todos sus afanes; empeñarse en ser una familia como todas, que sueñan, trabajan y tienen esperanzas. Todo esto asegurando que el amor nunca se ausente. Tendrán que conducir su vida apoyados en el lenguaje del corazón convirtiendo la vida de su hija en una oda al amor filial.

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