/ jueves 12 de marzo de 2020

Sector médico y discapacidad

Con más frecuencia de la deseada, los padres de familia de hijos con algún tipo de discapacidad se vienen quejando del trato indiferente y poco comedido que reciben sus hijos de parte de los profesionales de la salud. Victimas de los mismos quebrantos de salud, menores y mayores, que el resto de los mortales, las personas con algún tipo de discapacidad son atendidas con poco esmero y menos afecto que el que se requiere dada su condición de “paciente especial”. En ciertos tipos de discapacidad, por ejemplo retardo mental, atender a un paciente, digamos en el área de odontología u otorrinolaringología se vuelve todo un reto en el que la comprensión, la paciencia y la caridad son indispensables.

Recientemente se ha llevado a cabo una encuesta entre padres de familia de personas en discapacidad para determinar los niveles de calidad en la atención medica para con sus hijos, tanto en el ámbito de la medicina publica como privada; el resultado ha sido por mucho y desgraciadamente desfavorable para los profesionales de la salud de cualquier especialidad. Como poco tolerantes, indiferentes, incomprensivos y en algunos casos hasta desinteresados, han sido calificados un alto porcentaje de médicos con respecto a su actitud ante pacientes con discapacidad.

Acostumbrados a nadar en el mar de la indiferencia, el sector de la discapacidad, seres particularmente vulnerables, solo piden ante esta situación que se dirijan a ellos con tacto y comprensión, que cuando se presente el caso, los médicos se muestren genuinamente interesados en su situación manifestándoles empatia y porque no hasta afecto sincero.

No se trata de calificar como malas personas a los médicos cuando atienden a mujeres y hombres con algún tipo de discapacidad, lo que parece suceder es que se mira pero no se ve, y si se ve no se piensa y si se piensa no se actúa: simplemente indiferencia. Quizá sea momento de reflexionar acerca de que la indiferencia hacia los discapacitados sea una manera de negar la relación solidaria con el resto de los humanos. Detrás de estos penosos resultados estadísticos quizá se encuentre la atávica creencia de que los discapacitados son inferiores y desechables.

Por el contrario, sin riesgo de equivocarnos podemos afirmar que el placer de ser generosos con los discapacitados es único e intransferible y que la atención compasiva y tolerante con ellos se convierte en factor de unidad. En tanto se divulgan estas penosas estadísticas, recordemos que un ser humano opone a la soberbia, humildad; a la ira, paciencia y a la envidia, caridad. Con tantas virtudes, amigos médicos: no permitan que el juramento de Hipócrates se convierta en timbre caduco.

Con más frecuencia de la deseada, los padres de familia de hijos con algún tipo de discapacidad se vienen quejando del trato indiferente y poco comedido que reciben sus hijos de parte de los profesionales de la salud. Victimas de los mismos quebrantos de salud, menores y mayores, que el resto de los mortales, las personas con algún tipo de discapacidad son atendidas con poco esmero y menos afecto que el que se requiere dada su condición de “paciente especial”. En ciertos tipos de discapacidad, por ejemplo retardo mental, atender a un paciente, digamos en el área de odontología u otorrinolaringología se vuelve todo un reto en el que la comprensión, la paciencia y la caridad son indispensables.

Recientemente se ha llevado a cabo una encuesta entre padres de familia de personas en discapacidad para determinar los niveles de calidad en la atención medica para con sus hijos, tanto en el ámbito de la medicina publica como privada; el resultado ha sido por mucho y desgraciadamente desfavorable para los profesionales de la salud de cualquier especialidad. Como poco tolerantes, indiferentes, incomprensivos y en algunos casos hasta desinteresados, han sido calificados un alto porcentaje de médicos con respecto a su actitud ante pacientes con discapacidad.

Acostumbrados a nadar en el mar de la indiferencia, el sector de la discapacidad, seres particularmente vulnerables, solo piden ante esta situación que se dirijan a ellos con tacto y comprensión, que cuando se presente el caso, los médicos se muestren genuinamente interesados en su situación manifestándoles empatia y porque no hasta afecto sincero.

No se trata de calificar como malas personas a los médicos cuando atienden a mujeres y hombres con algún tipo de discapacidad, lo que parece suceder es que se mira pero no se ve, y si se ve no se piensa y si se piensa no se actúa: simplemente indiferencia. Quizá sea momento de reflexionar acerca de que la indiferencia hacia los discapacitados sea una manera de negar la relación solidaria con el resto de los humanos. Detrás de estos penosos resultados estadísticos quizá se encuentre la atávica creencia de que los discapacitados son inferiores y desechables.

Por el contrario, sin riesgo de equivocarnos podemos afirmar que el placer de ser generosos con los discapacitados es único e intransferible y que la atención compasiva y tolerante con ellos se convierte en factor de unidad. En tanto se divulgan estas penosas estadísticas, recordemos que un ser humano opone a la soberbia, humildad; a la ira, paciencia y a la envidia, caridad. Con tantas virtudes, amigos médicos: no permitan que el juramento de Hipócrates se convierta en timbre caduco.