/ jueves 30 de enero de 2020

Recuerdos indestructibles

Con menos frecuencia que la deseada tengo la oportunidad de conversar con Camilo, es un viejo y apreciado amigo un poco mayor que yo al que conocí cuando ambos coincidimos en la primaria, cursábamos el tercero y pronto nos identificamos. Nuestros hogares estaban muy cerca uno del otro, condición no extraña en un pueblo de entonces pocos habitantes: San Pedro Tlaquepaque.

A los once años de edad, ya en quinto de primaria, un viernes al darme la bendición mi madre antes de partir a clases, me dijo que Camilo padre nos recogería de la escuela porque me había invitado a comer en compañía de otros amigos comunes, chicos del pueblo que si bien no eran condiscípulos solíamos jugar frecuentemente en las calles, calles de firme, artesanal y luciente empedrado, con tal pendiente que cuando llovía, y vaya que llovía, se convertían en “ríos turbulentos” que hacían nuestras delicias al deslizarnos hábilmente por las caudalosas corrientes que se formaban.

Terminados los entonces puntuales temporales de lluvia que iniciaban con los aguaceros de mayo y concluían en octubre con el “cordonazo” de San Francisco, todos los participantes en las aventuras acuáticas entrábamos a una fase de catarros y calenturas que lo único bueno que acarreaban era que no íbamos a la escuela. “No viene porque lo que pasa es que a ese niño no le gusta ir a la escuela”, le dijeron en cierta ocasión a mi padre; señal que es inteligente les contesto, o dígame cual niño prefiere la escuela a los juegos.

Quizás aquel dichoso viernes ha sido el día que menor atención puse a las clases, mi mente solo atendía el momento que tocaran el timbre de salida para partir a la comida que según me había dicho mi madre seria en el club Atlas, por los rumbos del paradero, a tan solo tres kilómetros del centro de la población, del famoso Parían vaya, la cantina mas grande del mundo en aquella época, cada media hora Camilo y yo mirábamos el reloj de pared que colgaba de los muros del salón, como no tenia segundero, nos daba la sensación de que el trebejo que por cierto anunciaba la “sal de uvas Picot” no caminaba.

Por fin salimos y corrimos hacia la calle, enfrente estaba una vieja y destartalada “pick up” perteneciente a Camilo papa en la que pudimos ver trepados en la caja a tres amigos con los que convivíamos frecuentemente: “el perico”, “el chuni” y el “zurdo talamantes”. No tardamos mucho en saber cual era la razón de la invitación, el padre de Camilo nos inscribió como alumnos en la incipiente escuela de fútbol del Atlas que entonces presidía en el tema operativo un hombre de enorme calidad humana el profesor Gatica.

A partir de entonces la amistad, ya plural, se consolido: compartimos juegos, mismos que eran propios de la edad: las canicas, el trompo, el balero, luego el futbolito, luego la formación de un conjunto de rock que incluía, por supuesto, el cabello largo con la correspondiente repulsa en casa. Luego el billar, pool y carambola, hasta que un buen día, en el jardín circundado por la Parroquia y El Santuario, entre cuatro amigos nos tomamos un cartón de cerveza que el “zurdo talamantes” se había escamoteado de la cantina de su padre. Tremenda borrachera. Ya éramos grandes; sin embargo la afición al fútbol la gano al gusto por la cerveza y el episodio no se repitió.

Con menos frecuencia que la deseada tengo la oportunidad de conversar con Camilo, es un viejo y apreciado amigo un poco mayor que yo al que conocí cuando ambos coincidimos en la primaria, cursábamos el tercero y pronto nos identificamos. Nuestros hogares estaban muy cerca uno del otro, condición no extraña en un pueblo de entonces pocos habitantes: San Pedro Tlaquepaque.

A los once años de edad, ya en quinto de primaria, un viernes al darme la bendición mi madre antes de partir a clases, me dijo que Camilo padre nos recogería de la escuela porque me había invitado a comer en compañía de otros amigos comunes, chicos del pueblo que si bien no eran condiscípulos solíamos jugar frecuentemente en las calles, calles de firme, artesanal y luciente empedrado, con tal pendiente que cuando llovía, y vaya que llovía, se convertían en “ríos turbulentos” que hacían nuestras delicias al deslizarnos hábilmente por las caudalosas corrientes que se formaban.

Terminados los entonces puntuales temporales de lluvia que iniciaban con los aguaceros de mayo y concluían en octubre con el “cordonazo” de San Francisco, todos los participantes en las aventuras acuáticas entrábamos a una fase de catarros y calenturas que lo único bueno que acarreaban era que no íbamos a la escuela. “No viene porque lo que pasa es que a ese niño no le gusta ir a la escuela”, le dijeron en cierta ocasión a mi padre; señal que es inteligente les contesto, o dígame cual niño prefiere la escuela a los juegos.

Quizás aquel dichoso viernes ha sido el día que menor atención puse a las clases, mi mente solo atendía el momento que tocaran el timbre de salida para partir a la comida que según me había dicho mi madre seria en el club Atlas, por los rumbos del paradero, a tan solo tres kilómetros del centro de la población, del famoso Parían vaya, la cantina mas grande del mundo en aquella época, cada media hora Camilo y yo mirábamos el reloj de pared que colgaba de los muros del salón, como no tenia segundero, nos daba la sensación de que el trebejo que por cierto anunciaba la “sal de uvas Picot” no caminaba.

Por fin salimos y corrimos hacia la calle, enfrente estaba una vieja y destartalada “pick up” perteneciente a Camilo papa en la que pudimos ver trepados en la caja a tres amigos con los que convivíamos frecuentemente: “el perico”, “el chuni” y el “zurdo talamantes”. No tardamos mucho en saber cual era la razón de la invitación, el padre de Camilo nos inscribió como alumnos en la incipiente escuela de fútbol del Atlas que entonces presidía en el tema operativo un hombre de enorme calidad humana el profesor Gatica.

A partir de entonces la amistad, ya plural, se consolido: compartimos juegos, mismos que eran propios de la edad: las canicas, el trompo, el balero, luego el futbolito, luego la formación de un conjunto de rock que incluía, por supuesto, el cabello largo con la correspondiente repulsa en casa. Luego el billar, pool y carambola, hasta que un buen día, en el jardín circundado por la Parroquia y El Santuario, entre cuatro amigos nos tomamos un cartón de cerveza que el “zurdo talamantes” se había escamoteado de la cantina de su padre. Tremenda borrachera. Ya éramos grandes; sin embargo la afición al fútbol la gano al gusto por la cerveza y el episodio no se repitió.