José Luis Cuéllar De Dios

  / jueves 10 de octubre de 2019

Seres con aura sagrada

Diego nació ciego hace 28 años, nunca supo la causa porque nunca la investigaron, la condición económica de la familia era precaria. Patricia, su madre, se embarazó por segunda vez cuando Diego tenía un año tres meses. La ilusión puesta en ese segundo embarazo se convirtió, durante nueve meses, en la principal razón de vida para aquella joven mujer.

Aunque atendía con esmero y mucho amor a Diego, explicablemente la emoción embargaba a Patricia cuando pensaba en el inminente alumbramiento. Nació Ana Paula, fue un parto natural sin ningún contratiempo, la reviso el pediatra y verificó que la niña estaba en perfecto estado de salud, ¡excepto que era ciega!, igual que su hermano. Quizás en otras condiciones Patricia hubiera sabido que existía un trastorno genético entre ella y su esposo que podría ser la causa de la discapacidad visual de sus hijos.

En el medio de la abrumadora angustia y el hondo pesar que inundó la existencia de aquella afligida madre, apareció el tercer clavo a su cruz: el abandono del esposo y padre. Todo se derrumbaba en la vida de Patricia, ignoraba que el destino se ensañaría aun mas con aquella infortunada mujer, Ana Paula quedó sorda a los 14 años, Diego a los 19; se desconocen las causas.

Diego y Ana Paula se adaptaron a su ceguera, jóvenes provistos de una heroica entereza y de prodigiosa inteligencia, cursaron estudios en los que destacaban notoriamente. Su empeño, alegría y deseos de vivir se convirtieron en un bálsamo espiritual para su madre quien recobro el deseo por vivir. Para Ana Paula y Diego la pérdida del oído significó un demoledor golpe, pasaron meses sumidos en una horrible oscuridad silenciosa, no era fácil enfrentar su nueva realidad.

Para entonces, su madre había adquirido tal entereza que se convirtió en el motor que impulsaría el espíritu de lucha que sabía tenían sus hijos. No se equivocó, Diego recién termino la licenciatura de Educación Especial, aun sordo aprendió a tocar la flauta. Ana Paula estudia psicología, está por terminar, en sus ratos de ocio toca piano y escribe poesías. Se comunican con el mundo exterior a través de sus manos, con la presión dactilar en las falanges de tres de sus dedos charlan de cualquier tema. Su madre los lleva y los trae, cuando le queda tiempo se emplea en limpiar casas, los tres sonríen y así, sonriendo, planean, aspiran logros, aman, pero sobre todo dan un asombroso ejemplo de fe, de tesón, de amor por la vida.

Tuve el honor de conocerlos, charle largo rato con los tres, su presencia, reflexiones y preguntas me han dejado sorprendido. Me di cuenta que admirarlos es permanecer en ellos, pero también que la falta de apoyos que requiere esta ejemplar familia, significa que nuestra capacidad de indiferencia ha llegado a niveles preocupantes. Entendí que son seres vulnerables pero profundos, humildes pero con ideas, despojados pero con fortaleza. La gran pregunta, ¿Por qué no tenerlos como ejemplo ante la cultura de antivalores que hoy ronda nuestra sociedad, una sociedad de poses, de modas fatuas y de superficialidades? Patricia, Ana Paula y Diego*, vidas con sentido heroico a las que hay debemos rendir honor poniendo a su disposición nuestra magnanimidad y solidaridad.

* El presente es un caso real, a solicitud de los aludidos sus nombres son ficticios.


Diego nació ciego hace 28 años, nunca supo la causa porque nunca la investigaron, la condición económica de la familia era precaria. Patricia, su madre, se embarazó por segunda vez cuando Diego tenía un año tres meses. La ilusión puesta en ese segundo embarazo se convirtió, durante nueve meses, en la principal razón de vida para aquella joven mujer.

Aunque atendía con esmero y mucho amor a Diego, explicablemente la emoción embargaba a Patricia cuando pensaba en el inminente alumbramiento. Nació Ana Paula, fue un parto natural sin ningún contratiempo, la reviso el pediatra y verificó que la niña estaba en perfecto estado de salud, ¡excepto que era ciega!, igual que su hermano. Quizás en otras condiciones Patricia hubiera sabido que existía un trastorno genético entre ella y su esposo que podría ser la causa de la discapacidad visual de sus hijos.

En el medio de la abrumadora angustia y el hondo pesar que inundó la existencia de aquella afligida madre, apareció el tercer clavo a su cruz: el abandono del esposo y padre. Todo se derrumbaba en la vida de Patricia, ignoraba que el destino se ensañaría aun mas con aquella infortunada mujer, Ana Paula quedó sorda a los 14 años, Diego a los 19; se desconocen las causas.

Diego y Ana Paula se adaptaron a su ceguera, jóvenes provistos de una heroica entereza y de prodigiosa inteligencia, cursaron estudios en los que destacaban notoriamente. Su empeño, alegría y deseos de vivir se convirtieron en un bálsamo espiritual para su madre quien recobro el deseo por vivir. Para Ana Paula y Diego la pérdida del oído significó un demoledor golpe, pasaron meses sumidos en una horrible oscuridad silenciosa, no era fácil enfrentar su nueva realidad.

Para entonces, su madre había adquirido tal entereza que se convirtió en el motor que impulsaría el espíritu de lucha que sabía tenían sus hijos. No se equivocó, Diego recién termino la licenciatura de Educación Especial, aun sordo aprendió a tocar la flauta. Ana Paula estudia psicología, está por terminar, en sus ratos de ocio toca piano y escribe poesías. Se comunican con el mundo exterior a través de sus manos, con la presión dactilar en las falanges de tres de sus dedos charlan de cualquier tema. Su madre los lleva y los trae, cuando le queda tiempo se emplea en limpiar casas, los tres sonríen y así, sonriendo, planean, aspiran logros, aman, pero sobre todo dan un asombroso ejemplo de fe, de tesón, de amor por la vida.

Tuve el honor de conocerlos, charle largo rato con los tres, su presencia, reflexiones y preguntas me han dejado sorprendido. Me di cuenta que admirarlos es permanecer en ellos, pero también que la falta de apoyos que requiere esta ejemplar familia, significa que nuestra capacidad de indiferencia ha llegado a niveles preocupantes. Entendí que son seres vulnerables pero profundos, humildes pero con ideas, despojados pero con fortaleza. La gran pregunta, ¿Por qué no tenerlos como ejemplo ante la cultura de antivalores que hoy ronda nuestra sociedad, una sociedad de poses, de modas fatuas y de superficialidades? Patricia, Ana Paula y Diego*, vidas con sentido heroico a las que hay debemos rendir honor poniendo a su disposición nuestra magnanimidad y solidaridad.

* El presente es un caso real, a solicitud de los aludidos sus nombres son ficticios.


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