José Luis Cuéllar De Dios

  / viernes 12 de julio de 2019

Lúgubre y dolorosa

Resulta imposible comprender que orilla a personas endurecidas por el sufrimiento constante que provoca contemplar, a diario, el sufrimiento de un hija(o). Hace tiempo, en una zona sub-urbana: Alt—Penedes, Barcelona, España, ocurrió una de esas tragedias que muestran de manera horrenda la terrible ambigüedad del ser humano, caminar de la devoción a la crueldad. Alfons y Antonia, empleado bancario el de 61 años, enfermera ella de 57 años, Procrearon dos hijos Guillem, biólogo de 32 años con una pequeña hija y Laura, con discapacidad intelectual y trastornos psíquicos de 26 años.

Ya solos pues su hijo vivía en Madrid, se dieron a la tarea de preparar, con trastornada frialdad pero total convencimiento, causarse la muerte los tres: padre, madre e hija con discapacidad. En sus atribuladas y confusas mentes se había albergado la devoción al triple suicidio como la gran solución. Con una escopeta de caza, Alfons mato primero a Antonia, su esposa, luego a su hija, Laura, para terminar suicidándose con la misma arma;

Solo imaginar la escena causa una inexplicable consternación. Lo hicieron convencidos que tomando ese misterioso pero potente e insondable recoveco le evitarían a Laura futuros vejámenes y sufrimientos; se sintieron convencidos que a Laura la rescatarían de un futuro de abandono, soledad y hasta maltrato. Cansados y sin consuelo, su esperanza y su fe se trasmutaron en dudas interminables y reproches sin sustento; acumularon pesadamente los recuerdos de miles de miradas lastimeras y comentarios hirientes, recordaron tantas discriminaciones y dolorosas actitudes de rechazo.

A lo largo de la vida de las personas con discapacidad intelectual, se les presentan momentos tan dolorosos que sus miradas se convierten, para los padres, en una súplica cargada de dolor y desamparo: el impacto en la parte emocional es francamente demoledor; vivir siendo permanente testigo del sufrimiento de un hijo(a) es residir en el peor de los infiernos, ninguna dicha reconforta, es caminar con la desolación acuestas. Dios, para los que somos creyentes, es el único antídoto contra esa gran pena, pero en ocasiones para los hombres pareciera que Dios se ausenta.

Para la mayoría de los seres humanos este acto lo calificaran de absurdo, desquiciado e inverosímil, quizás para otros, padres de hijos con discapacidad, merezca otra opinión, sino de aprobación, si de absoluta y clara comprensión, resulta atrevido juzgar. Conforme pasa la vida, la presencia diaria de un hijo(a) con discapacidad conduce a diferentes experiencias emocionales, se está expuesto a ser preso del vórtice de la desesperación: ¿Qué le espera a mi hijo(a)? ¿Quién le cuidara?, ¿quién le dará cariño, compasión, compañía? Alfons y Antonia cuidaron con profunda entrega y absoluta dedicación a Laura durante 26 años, mucha entrega y amor, pocos resultados, Laura seguía sufriendo porque, ¡TERRIBLE MISTERIO! nació para eso, para sufrir y hacer sufrir; sus periodos críticos estaban ahí para herir, aún más, el alma adolorida de Alfons y Laura. Ya en el paraíso los tres, la muerte de esta familia nos confirma a Montaigne cuando dice: “aquel que enseña a los hombres a morir los enseña al mismo tiempo a vivir”.

Resulta imposible comprender que orilla a personas endurecidas por el sufrimiento constante que provoca contemplar, a diario, el sufrimiento de un hija(o). Hace tiempo, en una zona sub-urbana: Alt—Penedes, Barcelona, España, ocurrió una de esas tragedias que muestran de manera horrenda la terrible ambigüedad del ser humano, caminar de la devoción a la crueldad. Alfons y Antonia, empleado bancario el de 61 años, enfermera ella de 57 años, Procrearon dos hijos Guillem, biólogo de 32 años con una pequeña hija y Laura, con discapacidad intelectual y trastornos psíquicos de 26 años.

Ya solos pues su hijo vivía en Madrid, se dieron a la tarea de preparar, con trastornada frialdad pero total convencimiento, causarse la muerte los tres: padre, madre e hija con discapacidad. En sus atribuladas y confusas mentes se había albergado la devoción al triple suicidio como la gran solución. Con una escopeta de caza, Alfons mato primero a Antonia, su esposa, luego a su hija, Laura, para terminar suicidándose con la misma arma;

Solo imaginar la escena causa una inexplicable consternación. Lo hicieron convencidos que tomando ese misterioso pero potente e insondable recoveco le evitarían a Laura futuros vejámenes y sufrimientos; se sintieron convencidos que a Laura la rescatarían de un futuro de abandono, soledad y hasta maltrato. Cansados y sin consuelo, su esperanza y su fe se trasmutaron en dudas interminables y reproches sin sustento; acumularon pesadamente los recuerdos de miles de miradas lastimeras y comentarios hirientes, recordaron tantas discriminaciones y dolorosas actitudes de rechazo.

A lo largo de la vida de las personas con discapacidad intelectual, se les presentan momentos tan dolorosos que sus miradas se convierten, para los padres, en una súplica cargada de dolor y desamparo: el impacto en la parte emocional es francamente demoledor; vivir siendo permanente testigo del sufrimiento de un hijo(a) es residir en el peor de los infiernos, ninguna dicha reconforta, es caminar con la desolación acuestas. Dios, para los que somos creyentes, es el único antídoto contra esa gran pena, pero en ocasiones para los hombres pareciera que Dios se ausenta.

Para la mayoría de los seres humanos este acto lo calificaran de absurdo, desquiciado e inverosímil, quizás para otros, padres de hijos con discapacidad, merezca otra opinión, sino de aprobación, si de absoluta y clara comprensión, resulta atrevido juzgar. Conforme pasa la vida, la presencia diaria de un hijo(a) con discapacidad conduce a diferentes experiencias emocionales, se está expuesto a ser preso del vórtice de la desesperación: ¿Qué le espera a mi hijo(a)? ¿Quién le cuidara?, ¿quién le dará cariño, compasión, compañía? Alfons y Antonia cuidaron con profunda entrega y absoluta dedicación a Laura durante 26 años, mucha entrega y amor, pocos resultados, Laura seguía sufriendo porque, ¡TERRIBLE MISTERIO! nació para eso, para sufrir y hacer sufrir; sus periodos críticos estaban ahí para herir, aún más, el alma adolorida de Alfons y Laura. Ya en el paraíso los tres, la muerte de esta familia nos confirma a Montaigne cuando dice: “aquel que enseña a los hombres a morir los enseña al mismo tiempo a vivir”.

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