Enrique Velázquez González

  / jueves 28 de marzo de 2019

Nos urge levantar la voz

Lo que en los últimos días ha ocurrido a través de las redes sociales en nuestro país es muestra de la gravedad de lo que sucede no sólo en Jalisco, sino en cada rincón de México y el mundo. Hace poco más de un año las denuncias por acoso y violencia sexual a través del movimiento #MeToo abrieron la caja de pandora en el mundo de Hollywood. Hoy este mismo mecanismo de denuncia se abre en México, y en especial en Jalisco, donde periodistas, escritores, activistas, profesores, funcionarios públicos han resultado con señalamientos por parte de mujeres que sufrieron acoso, violaciones sexuales, algún tipo de violencia laboral o condicionamiento escolar.


Es urgente que interioricemos estas situaciones y que deconstruyamos las conductas que nos siguen encerrando en una sociedad machista, donde al amigo, a la figura pública o al reconocido activista se le protege con el argumento de “conocerlo” y no creer sus conductas violentas

En primer lugar, quiero felicitar a todas estas mujeres por su valentía de denunciar los abusos a los que fueron sometidas, porque en esta sociedad donde todavía dudamos más de la víctima que del culpable, donde los prejuicios y comentarios negativos siguen cayendo sobre ellas, demuestran que es posible que la violencia pare. Las quiero felicitar porque ya sea de manera anónima o exponiendo su nombre decidieron dar su testimonio, señalar y con ello evitar que lo que ustedes padecieron le suceda a alguna otra mujer.

Sin embargo, me causa tristeza e indignación que no seamos capaces de garantizarles -a las mujeres- el respeto al Derecho Humano de vivir sin violencia. Como hombres, debemos entender la posición de privilegio en la que nacemos; por el simple hecho que nuestra fisiología nos otorga ya tenemos más poder, nuestros derechos pocas veces se vulneran y nunca seremos víctimas de violencia solo por ser hombres. Es urgente que interioricemos estas situaciones y que deconstruyamos las conductas que nos siguen encerrando en una sociedad machista, donde al amigo, a la figura pública o al reconocido activista se le protege con el argumento de “conocerlo” y no creer sus conductas violentas.

En esta ocasión las mujeres nos vuelven a enseñar cómo se hace, cómo el apoyo y tejer redes entre ellas les ayuda a sentirse fuertes, valientes, capaces de denunciar a hombres que las hicieron sentir lo peor de este mundo, nos enseñan a dejar de normalizar abusos que hemos normalizado. A nosotros -los hombres- nos urge aprender y entender que nuestra masculinidad no se define con lo violento y autoritario frente a ellas; nos urge saber acompañarlas y ayudarlas a denunciar; nos urge entender que, sin un cambio radical desde el feminismo y que implique la enseñanza de nuevas masculinidades, eliminar el abuso está lejos de ser una realidad. Nos urge aprender a ser solidarios con ustedes; nos urge dejar de ser permisivos frente a otros hombres, nos urge levantar la voz con y por ustedes.

Lo que en los últimos días ha ocurrido a través de las redes sociales en nuestro país es muestra de la gravedad de lo que sucede no sólo en Jalisco, sino en cada rincón de México y el mundo. Hace poco más de un año las denuncias por acoso y violencia sexual a través del movimiento #MeToo abrieron la caja de pandora en el mundo de Hollywood. Hoy este mismo mecanismo de denuncia se abre en México, y en especial en Jalisco, donde periodistas, escritores, activistas, profesores, funcionarios públicos han resultado con señalamientos por parte de mujeres que sufrieron acoso, violaciones sexuales, algún tipo de violencia laboral o condicionamiento escolar.


Es urgente que interioricemos estas situaciones y que deconstruyamos las conductas que nos siguen encerrando en una sociedad machista, donde al amigo, a la figura pública o al reconocido activista se le protege con el argumento de “conocerlo” y no creer sus conductas violentas

En primer lugar, quiero felicitar a todas estas mujeres por su valentía de denunciar los abusos a los que fueron sometidas, porque en esta sociedad donde todavía dudamos más de la víctima que del culpable, donde los prejuicios y comentarios negativos siguen cayendo sobre ellas, demuestran que es posible que la violencia pare. Las quiero felicitar porque ya sea de manera anónima o exponiendo su nombre decidieron dar su testimonio, señalar y con ello evitar que lo que ustedes padecieron le suceda a alguna otra mujer.

Sin embargo, me causa tristeza e indignación que no seamos capaces de garantizarles -a las mujeres- el respeto al Derecho Humano de vivir sin violencia. Como hombres, debemos entender la posición de privilegio en la que nacemos; por el simple hecho que nuestra fisiología nos otorga ya tenemos más poder, nuestros derechos pocas veces se vulneran y nunca seremos víctimas de violencia solo por ser hombres. Es urgente que interioricemos estas situaciones y que deconstruyamos las conductas que nos siguen encerrando en una sociedad machista, donde al amigo, a la figura pública o al reconocido activista se le protege con el argumento de “conocerlo” y no creer sus conductas violentas.

En esta ocasión las mujeres nos vuelven a enseñar cómo se hace, cómo el apoyo y tejer redes entre ellas les ayuda a sentirse fuertes, valientes, capaces de denunciar a hombres que las hicieron sentir lo peor de este mundo, nos enseñan a dejar de normalizar abusos que hemos normalizado. A nosotros -los hombres- nos urge aprender y entender que nuestra masculinidad no se define con lo violento y autoritario frente a ellas; nos urge saber acompañarlas y ayudarlas a denunciar; nos urge entender que, sin un cambio radical desde el feminismo y que implique la enseñanza de nuevas masculinidades, eliminar el abuso está lejos de ser una realidad. Nos urge aprender a ser solidarios con ustedes; nos urge dejar de ser permisivos frente a otros hombres, nos urge levantar la voz con y por ustedes.

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