Editorial Editorial

  / domingo 5 de mayo de 2019

El otro lado de la libertad de expresión

Óscar Ábrego


En lo personal no me ofende ni me extraña la intolerancia que suele demostrar López Obrador hacia la prensa crítica de su voluble e impredecible gestión. Tampoco me sorprende el profundo desprecio que Enrique Alfaro siente contra los medios de comunicación y reporteros que se atreven a poner bajo sospecha al Gobierno que hoy encabeza. De ambos –por sus antecedentes- no se esperaba menos.

Incluso, soy de los que creen que los políticos y gobernantes están en su legítimo derecho de disentir, y por qué no, hasta de perder de vez en cuando los estribos cuando se sienten acorralados; claro, siempre y cuando no se atente contra la libertad de expresión y la labor de los periodistas.

Y es que hay que entender que la vida de los políticos se reduce a una fugaz historia de ficción embriagante de poder. Vaya, ellos –con muy pocas excepciones- sólo pueden mirar la realidad desde un enfoque distorsionado y quimérico, así que por favor, que nadie se asombre por las reacciones belicosas de quienes hoy ostentan un cargo público gracias al voto de una pequeña mayoría electoral.

Lo anterior viene a cuenta por lo que ocurre en torno al gremio periodístico de Jalisco, en especial en el Área Metropolitana de Guadalajara. Quienes me conocen, saben muy bien cuál ha sido mi postura ante los raquíticos sueldos que percibe un buen número de compañeros reporteros. De hecho, antes de trabajar esta colaboración, consulté a algunos amigos en posiciones directivas, y me confían que hay quienes apenas ganan, en radio o prensa, siete mil pesos mensuales. Y peor aún, su pago no incluye las prestaciones mínimas de ley. Eso, al menos para mí, sí es inaceptable por indignante.

Que un alto funcionario haga rabietas porque no le gusta lo que le cuestionan o publican los medios sobre él o su Gobierno, no tiene por qué desconcertarnos, no así, el hecho de que haya directivos y autoproclamados “líderes de opinión” que acuerdan con los agentes del poder público líneas editoriales que contravienen la dignidad profesional de quienes salen en busca de la noticia.

Seamos francos, la crisis por la que hoy atraviesan distintas empresas de comunicación sí tiene que ver con la falta de recursos financieros, pero también por la ausencia de estándares éticos. Es muy conocido que desde tiempos del PRI y de Acción Nacional, los “operadores” de las oficinas de comunicación social pidieron quitar y poner reporteros a cambio de incrementar las cuentas de publicidad. Que hoy ocurra lo mismo con Movimiento Ciudadano, no tiene por qué desconcertar.

Sin embargo, lo que sí irrita es que haya quienes se coludan con el Gobierno en turno a cambio de unos pesos y centavos más. Visto desde esta perspectiva, el ataque a los valores básicos de la libertad de expresión proviene de un fuego cruzado, y uno de los bandos dispara desde casa. A eso se le llama traición.

Conforme pasan los años, es evidente que se reducen los espacios en los que se ejerce un auténtico periodismo libre y crítico; hoy la autocensura y la complicidad se esconden tras la máscara de un análisis político parcial y tendencioso.

Por fortuna aún contamos con hombres y mujeres que ponen en alto el trabajo informativo, pues mediante reportajes de investigación o crónicas sociales, exhiben la corrupción gubernamental y la zozobra ciudadana.

Por lo anterior, creo que el pasado 3 de mayo, día mundial de la libertad de expresión, tuvimos que felicitar a quienes a pesar de nadar contra la corriente, aún se mantienen a flote en medio de las agitadas aguas del quehacer periodístico.

Óscar Ábrego


En lo personal no me ofende ni me extraña la intolerancia que suele demostrar López Obrador hacia la prensa crítica de su voluble e impredecible gestión. Tampoco me sorprende el profundo desprecio que Enrique Alfaro siente contra los medios de comunicación y reporteros que se atreven a poner bajo sospecha al Gobierno que hoy encabeza. De ambos –por sus antecedentes- no se esperaba menos.

Incluso, soy de los que creen que los políticos y gobernantes están en su legítimo derecho de disentir, y por qué no, hasta de perder de vez en cuando los estribos cuando se sienten acorralados; claro, siempre y cuando no se atente contra la libertad de expresión y la labor de los periodistas.

Y es que hay que entender que la vida de los políticos se reduce a una fugaz historia de ficción embriagante de poder. Vaya, ellos –con muy pocas excepciones- sólo pueden mirar la realidad desde un enfoque distorsionado y quimérico, así que por favor, que nadie se asombre por las reacciones belicosas de quienes hoy ostentan un cargo público gracias al voto de una pequeña mayoría electoral.

Lo anterior viene a cuenta por lo que ocurre en torno al gremio periodístico de Jalisco, en especial en el Área Metropolitana de Guadalajara. Quienes me conocen, saben muy bien cuál ha sido mi postura ante los raquíticos sueldos que percibe un buen número de compañeros reporteros. De hecho, antes de trabajar esta colaboración, consulté a algunos amigos en posiciones directivas, y me confían que hay quienes apenas ganan, en radio o prensa, siete mil pesos mensuales. Y peor aún, su pago no incluye las prestaciones mínimas de ley. Eso, al menos para mí, sí es inaceptable por indignante.

Que un alto funcionario haga rabietas porque no le gusta lo que le cuestionan o publican los medios sobre él o su Gobierno, no tiene por qué desconcertarnos, no así, el hecho de que haya directivos y autoproclamados “líderes de opinión” que acuerdan con los agentes del poder público líneas editoriales que contravienen la dignidad profesional de quienes salen en busca de la noticia.

Seamos francos, la crisis por la que hoy atraviesan distintas empresas de comunicación sí tiene que ver con la falta de recursos financieros, pero también por la ausencia de estándares éticos. Es muy conocido que desde tiempos del PRI y de Acción Nacional, los “operadores” de las oficinas de comunicación social pidieron quitar y poner reporteros a cambio de incrementar las cuentas de publicidad. Que hoy ocurra lo mismo con Movimiento Ciudadano, no tiene por qué desconcertar.

Sin embargo, lo que sí irrita es que haya quienes se coludan con el Gobierno en turno a cambio de unos pesos y centavos más. Visto desde esta perspectiva, el ataque a los valores básicos de la libertad de expresión proviene de un fuego cruzado, y uno de los bandos dispara desde casa. A eso se le llama traición.

Conforme pasan los años, es evidente que se reducen los espacios en los que se ejerce un auténtico periodismo libre y crítico; hoy la autocensura y la complicidad se esconden tras la máscara de un análisis político parcial y tendencioso.

Por fortuna aún contamos con hombres y mujeres que ponen en alto el trabajo informativo, pues mediante reportajes de investigación o crónicas sociales, exhiben la corrupción gubernamental y la zozobra ciudadana.

Por lo anterior, creo que el pasado 3 de mayo, día mundial de la libertad de expresión, tuvimos que felicitar a quienes a pesar de nadar contra la corriente, aún se mantienen a flote en medio de las agitadas aguas del quehacer periodístico.

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