/ lunes 17 de abril de 2023

Damnificados del 22 de abril están a la espera de cirugías y apoyos

Los inconformes piden que los apoyos prometidos se mantengan firmes

Han pasado 31 años, pero la tragedia sigue sintiéndose como si fuese reciente entre quienes vivieron de cerca las explosiones del 22 de abril de 1992.

Por otra parte, pugnan por el Comité de la Verdad que la regidora tapatía, Candelaria Ochoa, dijo es una deuda pendiente. María Isabel Covarrubias Escobedo es una de ellas.

Te interesa ⇨ Aumentaron apoyos a damnificados del 22 de abril

Tenía 30 años el día de la explosión y en la puerta de su casa en Gante 242 cuando iba saliendo para ir a trabajar quedó enterrada de la cintura para abajo.

Se lesionó la cadera y la cabeza, lo que representó varias cirugías y, aunque pudo volver a caminar en los primeros años luego del trágico 22 de abril, lleva siete años con la prótesis de cadera movida, lo que además de molestias la mantiene en silla de ruedas.

“Ya tengo gastritis y colitis por tanto analgésico y medicamento que he estado tomando para soportar los dolores y, desde entonces, estoy en silla de ruedas porque ya tenía que haber cambiado de prótesis”.

A ella, como a prácticamente todas las personas que vivían en la zona de Analco y por qué no decirlo, a todos los tapatíos, le cambió la vida hace 31 años.

Por si no lo leíste ⇨ Aumentaron apoyos a damnificados del 22 de abril

“Perdí todo, perdí mi casa y todo”, comentó la mujer que ahora vive en Santa Elena de la Cruz, pues su casa ahora es una vidriera y recuerda con nostalgia como su vida dio un giro, pues estaba a un mes de casarse y la relación se acabó porque entre cirugías y consultas médicas le dijeron que no podría tener hijos y decidió olvidar los planes de matrimonio.

En su caso, además de la nostalgia, aún persiste la impotencia.

“No fue un accidente que nosotros hayamos provocado, se provocó ese accidente, no fue cosa de la naturaleza”. Su madre, su hermano y el sobrino que vivía con ella también resultaron lesionados.

En el caso de su mamá, requirió reconstrucción de mandíbula porque su cara se aplastó con la explosión y ahora que ya fallecieron su madre y su hermano, María Isabel está prácticamente sola.

Checa el dato:

“A 31 años no se ha hecho nada de justicia porque mi vida cambió totalmente. Desgraciadamente no cuento con nadie, yo vivo sola y en las condiciones que estoy me deprimo, porque de los nervios ya no queda uno bien, quedé bastante afectada”.

Fernando Ceballos Godoy, quien tenía 29 años al momento de la explosión, que le tocó junto con un compañero del trabajo en la calle Río Balsas, donde “nos levantó junto con más de dos toneladas de fierro”.

Lleva más de media vida pidiendo justicia y apoyándose con un bastón, pues tuvo lesión en la columna que lo mantuvo en cama por más de un año y se ha sometido a tres cirugías en el Hospital General de Occidente, donde recientemente le dijeron “que ya no se podía hacer más”.

Le dicen que al momento de otra intervención quirúrgica podría quedar en silla de ruedas o requerir transfusiones de sangre, debido a la cercanía de su lesión con la médula espinal “y mejor le dije que me dejen así, con los dolores”. Hoy vive con su esposa y dos hijos en Loma Dorada.

Con información de Viridiana Saavedra

Han pasado 31 años, pero la tragedia sigue sintiéndose como si fuese reciente entre quienes vivieron de cerca las explosiones del 22 de abril de 1992.

Por otra parte, pugnan por el Comité de la Verdad que la regidora tapatía, Candelaria Ochoa, dijo es una deuda pendiente. María Isabel Covarrubias Escobedo es una de ellas.

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Tenía 30 años el día de la explosión y en la puerta de su casa en Gante 242 cuando iba saliendo para ir a trabajar quedó enterrada de la cintura para abajo.

Se lesionó la cadera y la cabeza, lo que representó varias cirugías y, aunque pudo volver a caminar en los primeros años luego del trágico 22 de abril, lleva siete años con la prótesis de cadera movida, lo que además de molestias la mantiene en silla de ruedas.

“Ya tengo gastritis y colitis por tanto analgésico y medicamento que he estado tomando para soportar los dolores y, desde entonces, estoy en silla de ruedas porque ya tenía que haber cambiado de prótesis”.

A ella, como a prácticamente todas las personas que vivían en la zona de Analco y por qué no decirlo, a todos los tapatíos, le cambió la vida hace 31 años.

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“Perdí todo, perdí mi casa y todo”, comentó la mujer que ahora vive en Santa Elena de la Cruz, pues su casa ahora es una vidriera y recuerda con nostalgia como su vida dio un giro, pues estaba a un mes de casarse y la relación se acabó porque entre cirugías y consultas médicas le dijeron que no podría tener hijos y decidió olvidar los planes de matrimonio.

En su caso, además de la nostalgia, aún persiste la impotencia.

“No fue un accidente que nosotros hayamos provocado, se provocó ese accidente, no fue cosa de la naturaleza”. Su madre, su hermano y el sobrino que vivía con ella también resultaron lesionados.

En el caso de su mamá, requirió reconstrucción de mandíbula porque su cara se aplastó con la explosión y ahora que ya fallecieron su madre y su hermano, María Isabel está prácticamente sola.

Checa el dato:

“A 31 años no se ha hecho nada de justicia porque mi vida cambió totalmente. Desgraciadamente no cuento con nadie, yo vivo sola y en las condiciones que estoy me deprimo, porque de los nervios ya no queda uno bien, quedé bastante afectada”.

Fernando Ceballos Godoy, quien tenía 29 años al momento de la explosión, que le tocó junto con un compañero del trabajo en la calle Río Balsas, donde “nos levantó junto con más de dos toneladas de fierro”.

Lleva más de media vida pidiendo justicia y apoyándose con un bastón, pues tuvo lesión en la columna que lo mantuvo en cama por más de un año y se ha sometido a tres cirugías en el Hospital General de Occidente, donde recientemente le dijeron “que ya no se podía hacer más”.

Le dicen que al momento de otra intervención quirúrgica podría quedar en silla de ruedas o requerir transfusiones de sangre, debido a la cercanía de su lesión con la médula espinal “y mejor le dije que me dejen así, con los dolores”. Hoy vive con su esposa y dos hijos en Loma Dorada.

Con información de Viridiana Saavedra

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