México en el 68, terreno fértil para la guerrilla

Durante esos años, en casi todas las universidades, había elementos radicales estudiando los manuales de la guerra de guerrillas y los análisis marxistas, leninistas y guevaristas sobre la forma en que la clase obrera habría de sacudirse el yugo capitalista

Alejandro Jiménez

  · martes 2 de octubre de 2018

Foto: Archivo OEM


Para los estudiantes más radicales en el movimiento estudiantil de 1968, la represión en la Plaza de las Tres Culturas, el 2 de octubre de ese año, fue la señal inequívoca de que el sistema político no se iba a cambiar por las buenas, de tal suerte que las teorías revolucionarias en boga entonces debían tener razón: sólo por la vía de las armas era posible el cambio de régimen en México.

El terreno estaba ideológicamente fértil. La revolución cubana cumplía ocho años de haber triunfado y con el Ché Guevara la idea de la revolución socialista en América Latina parecía más viable que nunca. Las universidades mexicanas, principalmente las públicas, daban espacio preferencial a las ideas de Marx, Engels, Mao tse Tung y Marcusse, junto con ideólogos nacionales de corte revolucionario, como José Revueltas.


Como menciona Jorge Volpi: “En los setenta, la idea revolucionaria renació con un brío inundado en estos lugares (América Latina). Las condiciones sociales eran propicias: explotación, desigualdad, ausencia de democracia, represión política. De pronto, la revolución volvió a ser contemplada con la misma inquietud mística de los treinta. La idea de luchar contra el imperialismo estadounidense alcanzó un nuevo clímax. Si el utopismo decayó, el ansia por acabar con las sociedades burguesas recobró una fuerza inusitada. Furet señala que, junto al revival revolucionario proporcionado por Mao y Castro, se dio la hora de una bohemia intelectual.” (1)

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Ya en 1965, normalistas y profesores, emulando el ataque al cuartel Moncada en Cuba, habían lanzado un inopinado ataque al cuartel militar del municipio de Madera, en Chihuahua, con reivindicaciones de tipo agrario. La incipiente aventura fue duramente contraatacada por los militares, pero los sobrevivientes fueron la semilla del movimiento guerrillero del norte del país, que alentaría a los demás estudiantes radicalizados; tanto, que la fecha de los hechos fue retomada por la Liga Comunista 23 de Septiembre para nombrar a su grupo.

Desde entonces la conformación de células dispuestas a tomar las armas ocupaba los debates estudiantiles. Prácticamente no hubo universidad que no tuviera a sus elementos más radicales estudiando los manuales de la guerra de guerrillas que conseguían a trasmano y los análisis marxistas leninistas y guevaristas sobre la forma en que la clase obrera habría de sacudirse el yugo capitalista.

Siempre estaban en oposición a los moderados, partidarios de seguir los cauces del sistema político democrático para corregirlo desde adentro, o que de plano pensaban que era una locura declararle la guerra al Estado siendo minoría y sin saber nada del manejo de armas. Formaban parte de esta ala de pensamiento quienes estaban en contacto con las nacientes formas de izquierdismo europeo más bien socialdemócrata, que cada vez estaban más conflictuados con el régimen soviético, cuyos horrores ya era imposible ocultar.


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En la ciudad de México, esta tensión se vivía con especial incidencia. Laura Castellanos afirma que “los jóvenes militantes de izquierda confluían en la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED), donde coincidían integrantes de partidos políticos (PPS y PCM), y de movimientos campesinos, obreros y estudiantiles, entre los cuales destacaba la participación de alumnos de escuelas rurales agrupados en la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (FECSM).” (2)

De manera paralela, en el campo, la pobreza que el “milagro mexicano” de los años 50 y 60 del siglo pasado no había erradicado, tomaba formas ominosas de control y despojo, agravadas en el estado de Guerrero y Oaxaca por gobernantes déspotas que sólo aceleraron la indignación y propiciaron movimientos de autodefensa poco sofisticados ideológicamente, pero acaudillados por lúcidos profesores normalistas como Genaro Vázquez y Lucio Cabañas.

De 1965 a 1968 hubo un ambiente de agitación estudiantil en el país –Sinaloa, Coahuila, Michoacán-- con demandas que iban desde las de corte social, como detener alzas en los precios del transporte, hasta otras más elaboradas sobre la democratización del régimen y moralización de las policías. Es decir, el año de 1968 no sólo fue de la UNAM, sino que, para efectos de la radicalización juvenil la semilla de la subversión estaba sembrada a lo largo del territorio nacional.


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Los círculos académicos y universitarios mexicanos estaban muy bien enterados de lo que pasaba en Francia, en Inglaterra y Estados Unidos, donde la movilización estudiantil buscaba espacios sociales de libertad y antiautoritarismo. Volpi refiere que justo en el año de 1968, por el suplemento La Cultura en México pasaron las ideas del Che Guevara y los filósofos marxistas contemporáneos, de tal suerte que nada de lo que sucedía en el mundo le era ajeno a la comunidad estudiantil mexicana ligada al activismo político.

Es entonces que llega el 2 de octubre y las dudas se disiparon para los más acelerados. No quedaba más que quemar sus naves, abandonar a sus familias e irse a la clandestinidad a luchar por un México mejor.

Quienes desde el poder calcularon que aplastar el movimiento estudiantil con un manotazo de fuerza sería fácil y cosa de una tarde, sólo propiciaron encender la mecha de la subversión y contribuyeron a que la sangre de jóvenes mexicanos se siguiera derramando por una década más en los calabozos del régimen.

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Pulularon los membretes de guerrillas urbanas, que buscaban recursos mediante acciones revolucionarias de financiamiento, que incluían “expropiaciones de recursos al capitalismo” mediante asaltos bancarios y secuestros.

El Movimiento Armado Revolucionario, la Liga 23 de Septiembre, los Enfermos, las Fuerzas Revolucionarias Armadas del Pueblo, el Frente Urbano Zapatista, los Comandos Armados de Chihuahua, Unión del Pueblo (antecedente de Procup y EPR) y las Fuerzas de Liberación Nacional (simiente del EZLN), entre otros, ocuparon el espacio mediático con acciones de aparente delincuencia común, que iban acompañadas de comunicados reivindicando sus acciones como actos políticos en contra del Estado mexicano.

Buscaron vincularse con sindicatos de trabajadores e intentaron adoctrinarlos en el sentido de que ellos (los trabajadores) eran el sujeto liberador de la Historia, pero lo hicieron con poca suerte y peor estrategia. Pronto fueron detectados por los cuerpos de seguridad del Estado, que usaron todos los métodos a su alcance principalmente ilegales y violatorios de los derechos humanos, para aplastar al movimiento guerrillero urbano.


(1) VOLPI, Jorge. (2014). La imaginación y el poder. Una historia intelectual de 1968. Ciudad de México: ERA.
(2) CASTELLANOS, Laura. (2007). México Armado. Ciudad de México: ERA.