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Francia: radiografía no complaciente de un país estancado

Si gana la elección del domingo, como predicen las encuestas, Emmanuel Macron deberá hacerse cargo de un país endeudado, con la economía estancada, prácticamente dividido en dos: entre opulentos y postergados, campesinos y población urbana.

Como ex ministro de Economía conoce la envergadura de las dificultades que le esperan durante los próximos cinco años para transformar un país que, en verdad presenta ventajas y pasivos que fueron modelados por los anteriores ocupantes del Palacio del Elíseo (sede de la presidencia francesa).

Una radiografía del país o, mejor aun, un scanner completo, mostraría que los 67 millones de franceses representan 0.9 por ciento de la población mundial. ¿Es normal un país que tiene casi tantos habitantes como animales domésticos (63 millones)?

Su peso económico lo convierte en la quinta potencia mundial con un PIB equivalente a 3.2 por ciento de la riqueza planetaria. El 5.8 por ciento de las 500 empresas más importantes del globo son francesas.

Ese potencial, sin embargo, está casi inmovilizado por una deuda pública de 2.3 billones de dólares (3.7 por ciento de la deuda mundial) que representa 97 por ciento de su PIB. En 2016, ese endeudamiento colosal aumentó a un ritmo de 2.665 euros por segundo. Si fuera necesario pagar hoy esos compromisos que crecen en forma exponencial desde 1978, cada francés debería firmar un cheque de 35.126 euros, incluyendo los recién nacidos. Solo el pago de los intereses consume cada año 44 mil 500 millones de euros (dos por ciento del PIB nominal).

El endeudamiento se debe, en buena medida, al elevado nivel de gasto público que tiene el país: 56.2 por ciento de la riqueza anual en 2016, contra 44 por ciento en Alemania. El llamado gasto social explica la diferencia con el promedio de la UE. En 2014 Francia gastó 30 por ciento más por adulto que Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, Finlandia, Holanda, Suecia y Gran Bretaña. En otras palabras, bajar el gasto público en Francia significa reducir la protección social: jubilaciones, seguro de desempleo, reembolso de atención médica, indemnizaciones por enfermedad y maternidad.

Contrariamente a la leyenda, Francia no es uno de los países más equitativos del mundo. El salario neto promedio es de dos mil 225 euros mensuales, según el instituto estadístico oficial INSEE, pero esa cifra es un espejismo porque 50 por ciento de los asalariados gana menos de mil 675 euros y otro 10.5 por ciento de la población activa que vive del salario mínimo neto recibe solo mil 143 euros. En el otro extremo de la escala salarial, el uno por ciento mejor retribuido cobra más de siete mil 654 euros. El supuesto paraíso de la igualdad tampoco pudo reducir la brecha de géneros en materia laboral: el salario de las mujeres es 18.6 por ciento inferior al de los hombres.

A pesar de todo, Francia sigue siendo uno de los países donde la distribución de ingresos es la menos injusta. “El total percibido por el 20 por ciento de la población con los ingresos más altos es 4.3 veces superior al que recibe el 20 por ciento con más bajos ingresos”, dice un informe del instituto France Stratégie. “Ese ratio es de 5.1 en Alemania y en el Reino Unido, 5.8 en Italia y 6.8 en España”, precisa.

Contrariamente a lo que afirman con frecuencia los líderes de los extremos, la pobreza no ha crecido en forma exponencial. Desde los años 1980, oscila entre el 13 y el 14.5 por ciento, lo que de todos modos es mucho para la segunda economía de Europa y la quinta del mundo. Hoy se considera pobre a todo aquel que percibe 60 por ciento del ingreso mediano (no confundir con el promedio). Es decir mil 008 euros para una persona sola en 2014 y dos mil 100 para una pareja con dos hijos.

Francia, heredera de las Luces, es un país de voraces consumidores de cultura: en 2015 se editaron 76 mil 287 títulos y se vendieron 205 millones de entradas de cine, según las últimas estadísticas disponibles. Pero, al mismo tiempo, los franceses —conocidos por su chauvinismo y por su escaso dominio de los idiomas— prefieren no salir de las fronteras: 19 por ciento de la población jamás subió a un avión.

Para medir la buena o la mala salud del país, el recurso adecuado es utilizar el mejor indicador: el PIB por habitante, es decir la riqueza promedio anual producida por persona. Comparado con Estados Unidos, el PIB de Francia no deja de retroceder desde comienzos de los años 1980. Peor aun: si el país consigue mantenerse en la media de la Unión Europea (UE) es porque tanto Italia como España tiran el promedio hacia abajo. Francia, en todo caso, pierde terreno comparada con los países escandinavos, los anglo-sajones y, sobre todo, con Alemania.

Todos los economistas coinciden en que para sanear el sistema productivo del país  —reducir el déficit presupuestario, controlar el aumento de la deuda pública, reducir el desempleo que afecta a casi el 10 por ciento de la población activa, mejorar la competitividad, promover el desarrollo industrial y asegurar la justicia intergeneracional—, el nuevo presidente deberá realizar reformas estructurales. El gran problema en ese terreno será el diálogo social. Contrariamente a sus vecinos europeos, Francia conserva una antigua tradición de desconfianza y enfrentamiento entre empresarios y sindicatos. Durante toda la campaña, las centrales obreras amenazaron con “salir a la calle” si el próximo ocupante del Palacio del Elíseo se atreve a modificar el Código de Trabajo, un volumen que contiene 10 mil 600 artículos y pesa casi tres kilos.

En todo caso, el país vive un lento proceso de desindustrialización que se traduce en cuantiosas deslocalizaciones, incluidos los sectores clave como telecomunicaciones, electrónica, industria automotriz, aeroespacial y armamento. El sector terciario, que produce cerca del 80 por ciento del PIB francés y emplea más del 75 por ciento de la población activa, también experimentó su propia crisis. Primer destino turístico del mundo que recibió 84.5 millones de extranjeros en 2015, el país resultó afectado por los atentados de París en 2015 y de Niza en 2016.

Si bien durante la campaña Marine Le Pen insistió en denunciar que el país recibe “toda la miseria del mundo”  —expresión poco feliz acuñada por ex primer ministro Michel Rocard—, la realidad sobre la inmigración es diferente. Desde hace 15 años, Francia se ubica entre los últimos países de la OCDE en número de migrantes. Las llegadas anuales representan 0.4 por ciento de la población, mientras la media de los 35 países de la organización se sitúa en 0.8 por ciento.

En total, el país cuenta con 5.9 millones de inmigrantes. Es decir, 8.5 por ciento de la población total, contra un promedio de 12.5 por ciento en la OCDE. En cuanto a los refugiados, en 2016 la cifra se elevó a 31 mil. En el mismo periodo, Alemania recibió 800 mil migrantes.

Con la mirada puesta en esas cifras, es probable que para evitar una crisis de nervios el futuro presidente se sienta tentado a imitar a sus compatriotas: los franceses —el pueblo más pesimista de la Tierra, según todas las encuestas internacionales—  consumen 136 millones de cajas de tranquilizantes por año.

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