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Tomar la solidaridad como guía

  • Editorial

José Luis Cuellar de Dios

El fenómeno de la migración es tan antiguo como el hombre mismo; según fuentes confiables se afirma que el Pitecántropos erectus pisó el planeta hace un millón de años, es entonces un fenómeno desde la prehistoria que ha provocado cambios culturales, sociales y en general de conductas humanas. Sin embargo en pleno siglo XXI con siete mil 200 millones de habitantes, más de la mitad en condiciones de extrema pobreza, la migración se ha convertido en un serio y preocupante fenómeno humanitario con aroma de tragedia, es un mal convertido en la negación de la vida ya que cada uno de los millones de migrantes viven temporalmente en lugares que no les pertenecen generando el horrible espectáculo de la mas injusta y absoluta miseria.

La historias individuales, todas ellas trágicas, de cada uno de los migrantes, nos debería obligar hacer un paréntesis en nuestra cotidianidad para reflexionar acerca de nuestro sentido de caridad, de solidaridad humana, reflexión que en una primera instancia nos hará ver con claridad el enfermizo culto al dinero que se ha desarrollado a través de miles de años, en otras palabras, migrantes versus personas vacías de humanidad.

Considerando lo anterior, es de reconocer el trabajo que viene realizando en la Ciudad de México el Programa Aldeas Infantiles SOS, Institución filantrópica en la que concurren el Instituto Nacional de Migración (INM por sus siglas) y la Comisión Mexicana de Ayuda a los Refugiados (COMAR por sus siglas). Este organismo nació apenas hace dos años en los que intensamente se trabaja diariamente a favor de niños migrantes, solos o acompañados, buscando fundamentalmente reintegrarlos con sus familias a sus lugares de origen.

La operación de las casas hogar esta a cargo de mujeres que se convierten en “mamás” SOS, en el más amplio sentido de la definición: cuidado, orientación y educación, todo ello con la marca indeleble del amor ajenas a cualquier tentación de protagonismo, tentación dañina que insita a nuestra condición humana. Ejemplo de verdadera compasión y no pretender parapetarnos falsamente tras el adjetivo “filántropo”, la filantropía paga y paga bien, es un mundo lleno de energía y creatividad, es fecundo y exaltante.

INM y COMAR hacen suyas las carencias de estos niños migrantes, mejor aun, las metabolizan, mujeres sobre todo con un alto coeficiente de humanidad.

Los habitantes de este país se dan de bruces con la violencia que aparece en todas partes y a todas horas, en especial en ciertas ciudades, violencia que avanza alcanzando niveles verdaderamente alarmantes; ante tal condición debemos convencernos de que sin amor el mundo está perdido, lo que hace esta noble tarea es un acto de absoluto y desinteresado amor por el prójimo, darles un hogar a los niños migrantes, seres humanos que pasan hambre, frío y miles de peligros es un acto con alto sentido espiritual; las “mamás” SOS ayudan en esta tarea ajenas a rencillas, envidias y vanidades que con tanta frecuencia se presentan, actitudes que terminan por destartalar cualquier buena iniciativa.

La labor aquí señalada debe dar aliento a toda la sociedad en el sentido de que pueden los que creen poder, son ejemplos que nunca pasan sino que duran para siempre. La sociedad mexicana progresa, es indudable, pero lo hace marcadamente en el sentido material, lo que confirma que se necesita un cambio que consista en una reconstrucción moral responsable y esmerada. Por lo pronto un “laus Dei” a INM y CONSAR.