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La danza de la lluvia

  • Editorial

 

Francisco García Pimentel

Se levantan las manos al final de la clase o la conferencia: ¿Qué pasa en Siria? ¿Qué pasa en Francia? ¿Qué pasa en Venezuela? ¿Qué pasa con Trump? Estas son las preguntas que todos los días se cuestionan, responden y discuten en noticieros, artículos, simposios y paneles. La gente quiere saber ¿cómo solucionamos los grandes problemas? ¿La pobreza, el hambre, la corrupción, la guerra? Teorías van y vienen, tesis son defendidas, publicadas y olvidadas. Sistemas políticos se elevan y caen.

Yo soy el primero que cree que todos los ciudadanos debemos de estar enterados de lo que pasa en nuestra ciudad, país y planeta. ¿De qué otra forma, si no, vamos a tener referencia y parámetro para tomar nuestras propias decisiones? ¿De qué otra manera sabremos conducirnos, si no conocemos nuestro auto, ni la carretera, ni el mapa ni el destino?

Y, sin embargo, el conocimiento de lo mucho no nos exime del trabajo en lo poco. Si bien las conversaciones y debates que tenemos usted y yo en los cafés, las redes y las conferencias pueden versar sobre todos los grandes temas, es inevitable el peso de esta verdad: que muy poco podemos hacer usted y yo por Siria, o Francia, Venezuela o Trump. Poco o nada podemos hacer por resolver el hambre, las guerras, la enfermedad o la corrupción en el mundo.

Igual nos preocupamos por todo eso, y nuestra conciencia descansa. Es una falacia predispositiva de la lógica conocida como “la ilusión de control”, o “la danza de la lluvia”: los seres humanos tendemos a creer que podemos controlar o al menos influir sobre eventos sobre los que no tenemos control alguno. Acaloradas discusiones, debates, banderas y likes en Facebook no sirven para nada más que para la autosatisfacción. No mejoran el mundo en lo absoluto.

Somos como el hombre loco, que mientras su casa se inunda ve las nubes y anuncia: ¡Esto es culpa del ciclo hidrológico! Y después se vuelve a dormir, tranquilo porque es experto. Es una actitud absurda y, además, por completo inútil. El hombre cuerdo, cuando su casa se inunda, rescata a sus hijos, alerta a su mujer, saca la cubeta, limpia su casa. Y luego, la de su vecino.

¿De qué nos sirve ser expertos en todo lo que pasa en el mundo, si nos negamos a hacer, literalmente, lo único que podemos hacer para mejorarlo?

Resuenan en mis oídos las palabras de la Madre Teresa de Calcuta en una entrevista: “La agonía de la soledad es la pobreza más grande hoy en día, sobre todo en los países ricos. Los despreciados, los no amados, los descuidados, los olvidados, los solos; esta es la pobreza de nuestro siglo”.

No te preguntes hoy a dónde va la humanidad, sino hasta dónde llegan tus manos. Puedes hacer un cambio, y uno grande, cuando las extiendes para ayudar. ¿No tienes dinero? No importa. Tienes fuerza, tiempo, oídos, palabras. La pobreza más grande es la soledad; el hambre más dolorosa, el olvido. Puedes hacer algo real, y eso no es ninguna falacia. ¿En dónde están tus padres, tus hermanos, tus primos, tus amigos? Ese es tu primer círculo de influencia. Allí puedes y debes hacer un cambio. ¿Tu comunidad, tu negocio, tu ciudad, tu colonia, tu parroquia? Ese es tu segundo círculo de influencia. ¿Puedes ir más allá y ayudar a los sirios o a los venezolanos? No lo opines: hazlo.

En el círculo exterior, en el que no se puede hacer nada, es donde viven los opinólogos y los expertos de biblioteca, los trolls y los tóxicos. Mentiría si digo que yo mismo no soy y he sido uno de ellos. Todos lo hemos sido. Pero viene siendo hora de poner nuestras manos en donde está nuestra lengua.

Sobran líderes que opinan desde la ignorancia, y faltan manos que trabajen desde el compromiso. Es necesario, claro, tener la vista puesta en el mundo; y aprender sobre las nubes para prevenir nuevas inundaciones. Pero que no se nos olvide tomar nuestra cubeta.

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El autor es abogado y master en política internacional. Cada viernes realiza una danza de la lluvia para que gane su Cruz Azul… pero tiene dos pies izquierdos. Síguelo en @franciscogpr