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El poder y la autocrítica

  • Editorial

 

 

Miguel Jiménez Ibáñez

En el primer discurso como presidente del CEN del PRI, Enrique Ochoa, pidió autocrítica. Debe entenderse que da luz verde a sus copartidistas para que expresen sus gustos y disgustos. ¿Cree el amable lector que la gente del poder, la casta dorada de la política y la burocracia, empoltronada en el presupuesto acepte que algo o mucho de su trabajo, como dizque servidor público, esté incompleto, que esté bien o de plano sea insatisfactorio? Es encomiable esa invitación, pero suena ociosa.

Cuando los presuntos servidores públicos o dizque representantes populares ostentan el poder gracias al voto popular, se olvidan de las promesas. Cuando piden el voto, ronronean y suplican. Cuando rinden protesta o desde que son aspirantes y se creen seguros, salta el súper ego y se endiosan y gruñen, y muerden. Esto manifiesta la inmadurez en el oficio político o desvergüenza o cinismo. Peor aun  cuando esos burócratas se dejan cercar por compadrazgos y familiares que no buscan servir, sino simplemente servirse.

Mucho espacio, más tiempo/aire, múltiples discursos y críticas y quejas al por mayor se han vertido en torno a la conducta antisocial, de los vividores de la política y el erario tanto públicos como privados y la situación del país parece muy distinta a lo que dicen los discursos y los informes de gobierno. Esto no tiene color: todos maquillan cifras y hechos y acceden fácilmente a las simulaciones y complicidades.

La invitación de los hombres en el poder para que haya denuncias ciudadanas resultan pura demagogia. Los requisitos jurídicos que se deben acatar en cualquier crítica o denuncia, son barreras que, si bien tienen razón de ser, se convierten en temor o en imposibilidad de que se aplique la justicia.

La autocrítica siempre debe practicarse desde la primera persona pero para solucionar problemas no para amagar o hacer escarnio social. Lástima que a la gente en el poder, esto le cae como el puntapié que produce orquitis. La gente metida en la política se engolosina al grado de perder la realidad. Y se ofende y actúa contra los críticos sin valorar adecuadamente los señalamientos. Destierro, encierro y entierro, sigue siendo la fórmula para “solucionar” problemas y diferencias políticas que por lo general agudizan los problemas y, por supuesto marginan la demagógica autocrítica solicitada por los del poder.

¿Cuántas ocasiones en los medios informativos, en la calle y  en todos lados, la gente critica, comenta, se queja y muestra su descontento? Se ha dicho el exceso de gastos superfluos. La malhechura de las depredadoras obras públicas que quitan pasos peatonales en remodelaciones o ampliación en avenidas como en el anillo periférico de la zona metropolitana o en otras vialidades; la mala calidad de los materiales y lo malhecho de las obras; la inseguridad que cada día es mayor; y la infinidad de anomalías que crítica la ciudadanía, se la lleva el viento. De qué sirve que se pida la autocrítica política, social y económica dirigida a oídos sordos? Años y años de la crítica social que  solamente es escuchada, cuando el momento político lo requiere, pero poco o nada atendida. Se destapan malos manejos económicos, de la justicia y de otros rubros y prevalece el escándalo por lo general mediático, y poco se aplican las leyes. Harta la injusticia económica salarial y la gente cada día odia más a las instituciones y a sus depredadores.  Cierto o falso? Usted podrá tener  afición por algún partido político y si pone de candidato a un pillo, por quién votaría? Y…qué pasa?