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Cotos: la exclusión quellegó ¿para quedarse?

  • Editorial

Por CARLOS M. OROZCO SANTILLAN*

Salvo algunos habitantes que reconocen en la ciudad un factor de integración, pertenencia, identidad y calidad de vida inherente a la dinámica en comunidad abierta en  solidaridad y aculturación a través del espacio público, lo cierto es que la mayoría de los ciudadanos de Guadalajara preferirían vivir en un espacio amurallado aparentemente al margen de las estadísticas que colocan a México y nuestras ciudades como algunas de las más peligrosas del mundo. No parece exageración cuando organizaciones civiles de alta credibilidad como México Evalúa, a través de su directora Edna Jaime, han señalado la gravedad de los 3 mil homicidios al mes que suceden en nuestro país, como una cifra escandalosa y sin precedente en la historia nacional.

Estos índices de inseguridad fortalecen al mercado de fraccionamientos amurallados o cotos que en realidad se autoexcluyen del resto de la ciudad a través de una percepción de seguridad artificial cuando en la realidad el peligro resulta inevitable para todos aquellos que la usamos como un derecho cotidiano, y como parte del 70% de la población que vivimos, todos, en zonas urbanas.

Sin embargo, este fenómeno de tendencias y factores nacionales no tienen parámetro mayor que en Guadalajara, en cuya Área Metropolitana se ha calculado en un  15% y creciendo el área habitable que ha sido convertida en casi 2,500 fraccionamientos, de los cuales la mitad se encuentra sólo en el municipio de Zapopan, según señaló hace poco el investigador de la Universidad de Passau Bern Pfannenstein, y quien encabeza el proyecto de restauración e intervención social del gobierno municipal de Tlajomulco.

Esta expresión urbana, de moda en Guadalajara desde hace más de diez años, está ligada a la violación sistemática de los planes parciales de desarrollo urbano y la corrupción gubernamental a través del comodato que hacen los municipios para  el usufructo de vialidades públicas por fraccionadores privados que venden el producto  inmobiliario sin mencionar a los compradores el origen irregular de esas vialidades internas que al final le pertenecen y deberán regresar a todos los ciudadanos, condenados hoy a padecer el estrés vial ante la falta de arterias que desahoguen el vertiginoso crecimiento de automotores como consecuencia del pésimo servicio del transporte urbano en toda el Área Metropolitana de Guadalajara.

Si las variables transversales de los fraccionamientos amurallados son la inseguridad, el pésimo transporte urbano y la especulación del suelo, debemos suponer que, de no cambiarse las políticas públicas en materia de igualdad y corrupción, todo indica que los cotos y su falsa percepción de seguridad interior, más allá de la segregación de una clase social pudiente, llegaron a Guadalajara probablemente para quedarse.

 

Presidente del Colegio de Arquitectos y Urbanistas de Jalisco

carlosm_orozco@hotmail.com