Editorial Editorial

  / domingo 11 de agosto de 2019

Tiempos violentos

Óscar Ábrego

¿En qué momento la barbarie se apoderó de nuestras ciudades? ¿Cómo es posible que por las calles del territorio nacional, anden sin cargo de conciencia alguno, individuos dispuestos a cometer atrocidades como la ocurrida en Uruapan la semana pasada? ¿Qué clase de gente se pasea por ahí ejecutando y descuartizando personas sin ningún tipo de respeto por la vida?

Incluso para quienes somos estudiosos del comportamiento humano, resulta todo un reto descifrar lo que sucede en el subconsciente colectivo de nuestra nación. Si bien este fenómeno no es nuevo, lo más preocupante es que se ha convertido en algo común, es más, en algo casi normal.

Hay quienes tratan de explicarlo desde la perspectiva de la pérdida de valores; aunque me parece que el nivel de sadismo y furia al que se ha llegado, se inscribe más en una mutación social que ni siquiera entiende lo que significa -por ejemplo- la compasión. Y es que vivimos en un ambiente tan hostil, que mantenerse al margen parece poco menos que imposible.

Este deterioro en el comportamiento de un buen porcentaje de mexicanos, que incluye a mujeres y adolescentes, requiere mucho más que una estrategia de Estado. El grado de descomposición por el que atravesamos, impone la elaboración de un plan integral que incorpore variables que den con la ecuación correcta y nos ayude a resolver la fórmula para contener la masacre.

No existe un diagnóstico preciso que devele las motivaciones de fondo que tiene un muchacho de 16 años para incorporarse a una banda delincuencial y convertirse en sicario. Acaso hay ciertas hipótesis, como la falta de oportunidades, la desintegración familiar o la apología del narcotráfico que sin escrúpulos y con toda impunidad hacen las cadenas televisivas; sin embargo, no contamos con ningún instrumento teórico o empírico que nos indique la ruta que debemos tomar para recomponer el rumbo y alcanzar la paz.

Sobre el particular, creo que uno de los elementos clave que podría darnos luz, es el hecho de que la criminalidad forma parte de la agenda gubernamental por tratarse de un asunto de seguridad prioritaria, pero la sociedad no ha hecho suya la causa por dos razones fundamentales: temor y desconfianza.

Así las cosas, y en virtud de que la violencia ya es parte de nuestras relaciones cotidianas, bien haríamos si la analizamos desde una visión multidisciplinaria, con el fin de que las conclusiones que se deriven de ello, superen el discurso oficial. Tengamos en cuenta que las políticas públicas aplicadas al tema de la inseguridad –al menos en los últimos tres sexenios- han sido un tremendo fracaso, de ahí la urgencia de que el abordaje se dé desde un ángulo en el que los gobiernos atiendan recomendaciones y se alejen de las ocurrencias e improvisaciones.

La experiencia nos grita a la cara que la tranquilidad no llegará a los hogares del país, si el hampa y los malhechores se organizan mejor que todos nosotros.


Óscar Ábrego

¿En qué momento la barbarie se apoderó de nuestras ciudades? ¿Cómo es posible que por las calles del territorio nacional, anden sin cargo de conciencia alguno, individuos dispuestos a cometer atrocidades como la ocurrida en Uruapan la semana pasada? ¿Qué clase de gente se pasea por ahí ejecutando y descuartizando personas sin ningún tipo de respeto por la vida?

Incluso para quienes somos estudiosos del comportamiento humano, resulta todo un reto descifrar lo que sucede en el subconsciente colectivo de nuestra nación. Si bien este fenómeno no es nuevo, lo más preocupante es que se ha convertido en algo común, es más, en algo casi normal.

Hay quienes tratan de explicarlo desde la perspectiva de la pérdida de valores; aunque me parece que el nivel de sadismo y furia al que se ha llegado, se inscribe más en una mutación social que ni siquiera entiende lo que significa -por ejemplo- la compasión. Y es que vivimos en un ambiente tan hostil, que mantenerse al margen parece poco menos que imposible.

Este deterioro en el comportamiento de un buen porcentaje de mexicanos, que incluye a mujeres y adolescentes, requiere mucho más que una estrategia de Estado. El grado de descomposición por el que atravesamos, impone la elaboración de un plan integral que incorpore variables que den con la ecuación correcta y nos ayude a resolver la fórmula para contener la masacre.

No existe un diagnóstico preciso que devele las motivaciones de fondo que tiene un muchacho de 16 años para incorporarse a una banda delincuencial y convertirse en sicario. Acaso hay ciertas hipótesis, como la falta de oportunidades, la desintegración familiar o la apología del narcotráfico que sin escrúpulos y con toda impunidad hacen las cadenas televisivas; sin embargo, no contamos con ningún instrumento teórico o empírico que nos indique la ruta que debemos tomar para recomponer el rumbo y alcanzar la paz.

Sobre el particular, creo que uno de los elementos clave que podría darnos luz, es el hecho de que la criminalidad forma parte de la agenda gubernamental por tratarse de un asunto de seguridad prioritaria, pero la sociedad no ha hecho suya la causa por dos razones fundamentales: temor y desconfianza.

Así las cosas, y en virtud de que la violencia ya es parte de nuestras relaciones cotidianas, bien haríamos si la analizamos desde una visión multidisciplinaria, con el fin de que las conclusiones que se deriven de ello, superen el discurso oficial. Tengamos en cuenta que las políticas públicas aplicadas al tema de la inseguridad –al menos en los últimos tres sexenios- han sido un tremendo fracaso, de ahí la urgencia de que el abordaje se dé desde un ángulo en el que los gobiernos atiendan recomendaciones y se alejen de las ocurrencias e improvisaciones.

La experiencia nos grita a la cara que la tranquilidad no llegará a los hogares del país, si el hampa y los malhechores se organizan mejor que todos nosotros.


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