/ viernes 22 de mayo de 2020

Segregación en tiempos de pandemia

La segregación urbana se ha convertido junto con la “gentrificación” en un fenómeno cada vez más habitual en las ciudades mexicanas a partir de la búsqueda de una supuesta seguridad y en un fenómeno en el que primero surge la dispersión y la expulsión urbana de las clases populares que sólo encuentran una vivienda accesible a sus ingresos donde los fraccionamientos “baratos” llegan a carecer de los servicios urbanos más elementales.

No me refiero a colonias marginadas sin medios de transporte eficientes o sin la seguridad pública o la vigilancia permanente, sino incluso, a la conversión de algunas zonas en tierra de nadie para la autoridad y terreno propicio para la criminalidad impune, la ausencia de conectividad entre asentamientos, pero incluso en una deplorable recolección de basura, ausencia de parques, centros de abasto, edificaciones para la recreación y la cultura, señalética básica y un alto porcentaje de asentamientos carentes de banquetas y por supuesto los conocidos tandeos de agua potable.

Esa es la realidad concreta de millones de jaliscienses que forman parte de la segregación urbana a la cual algunos analistas como el académico Bernd Phanneistein geógrafo urbano alemán, nos llevan a calificarlos como una especie de guetos, es decir espacios de confinamiento urbano donde la masa proletaria suele aglutinarse sin otra alternativa que vivir en una constante resiliencia.

Ese puede ser el detonante del abandono de más de 5 millones de viviendas promovidas por el INFONAVIT en todo el territorio nacional, principalmente en los estados de México, Nuevo León y Jalisco.

En nuestro estado se han hecho característicos del crecimiento exponencial en municipios del Área Metropolitana de Guadalajara como Tlajomulco y Tonalá. Sin embargo, este fenómeno está haciendo rápidamente su aparición en ciudades como Puerto Vallarta y Zapopan. Pero en estos casos con el agregado lacerante del marcado contraste de las condiciones edificativas y del paisaje secuestrado para el disfrute de quienes pueden pagar magníficos departamentos en cotos privados en la Riviera Nayarita, Avenida Rafael Sanzio o Bugambilias y Santa Anita, con magnífica plusvalía y en contraste con decenas de miles de casas pequeñas atiborradas en colonias de alta densidad poblacional tipo Santa Fe en Tlajomulco o el Pitillal en Puerto Vallarta.

Surge de esta manera la multiplicación de la ciudad amurallada. Es decir, la falsa sensación de seguridad a partir de lo cual se recurre a la mercadotecnia, aun cuando poco después el número de viviendas abandonadas sea incontrolable mientras en aquellos fraccionamientos de alto nivel edificativo, que son los menos, la segregación en tiempos de esta pandemia que nos afecta, se llegue a convertir en expresión de la diferencia de clase.

Es decir, un confinamiento donde el proletariado se deben hacinar sin remedio, aún en esta falsa sensación de bienestar al denominarlos “closter”, mientras un porcentaje de población minoritaria puede observar los acontecimientos sociales desde la comodidad de la casa club de su fraccionamiento, un generoso jardín o la intimidad de alguna de las múltiples dependencias de su propia residencia. Y en el confort negado, por circunstancias a todos ajenas, en esta otra inevitable pandemia socioeconómica ya presente.

Y para comprobarlo, baste comparar las víctimas del coronavirus, por un lado, y por la inseguridad urbana, prácticamente al cuádruple por el otro.

Académico del CUAAD de la Universidad de Guadalajara

carlosm_orozco@hotmail.com

La segregación urbana se ha convertido junto con la “gentrificación” en un fenómeno cada vez más habitual en las ciudades mexicanas a partir de la búsqueda de una supuesta seguridad y en un fenómeno en el que primero surge la dispersión y la expulsión urbana de las clases populares que sólo encuentran una vivienda accesible a sus ingresos donde los fraccionamientos “baratos” llegan a carecer de los servicios urbanos más elementales.

No me refiero a colonias marginadas sin medios de transporte eficientes o sin la seguridad pública o la vigilancia permanente, sino incluso, a la conversión de algunas zonas en tierra de nadie para la autoridad y terreno propicio para la criminalidad impune, la ausencia de conectividad entre asentamientos, pero incluso en una deplorable recolección de basura, ausencia de parques, centros de abasto, edificaciones para la recreación y la cultura, señalética básica y un alto porcentaje de asentamientos carentes de banquetas y por supuesto los conocidos tandeos de agua potable.

Esa es la realidad concreta de millones de jaliscienses que forman parte de la segregación urbana a la cual algunos analistas como el académico Bernd Phanneistein geógrafo urbano alemán, nos llevan a calificarlos como una especie de guetos, es decir espacios de confinamiento urbano donde la masa proletaria suele aglutinarse sin otra alternativa que vivir en una constante resiliencia.

Ese puede ser el detonante del abandono de más de 5 millones de viviendas promovidas por el INFONAVIT en todo el territorio nacional, principalmente en los estados de México, Nuevo León y Jalisco.

En nuestro estado se han hecho característicos del crecimiento exponencial en municipios del Área Metropolitana de Guadalajara como Tlajomulco y Tonalá. Sin embargo, este fenómeno está haciendo rápidamente su aparición en ciudades como Puerto Vallarta y Zapopan. Pero en estos casos con el agregado lacerante del marcado contraste de las condiciones edificativas y del paisaje secuestrado para el disfrute de quienes pueden pagar magníficos departamentos en cotos privados en la Riviera Nayarita, Avenida Rafael Sanzio o Bugambilias y Santa Anita, con magnífica plusvalía y en contraste con decenas de miles de casas pequeñas atiborradas en colonias de alta densidad poblacional tipo Santa Fe en Tlajomulco o el Pitillal en Puerto Vallarta.

Surge de esta manera la multiplicación de la ciudad amurallada. Es decir, la falsa sensación de seguridad a partir de lo cual se recurre a la mercadotecnia, aun cuando poco después el número de viviendas abandonadas sea incontrolable mientras en aquellos fraccionamientos de alto nivel edificativo, que son los menos, la segregación en tiempos de esta pandemia que nos afecta, se llegue a convertir en expresión de la diferencia de clase.

Es decir, un confinamiento donde el proletariado se deben hacinar sin remedio, aún en esta falsa sensación de bienestar al denominarlos “closter”, mientras un porcentaje de población minoritaria puede observar los acontecimientos sociales desde la comodidad de la casa club de su fraccionamiento, un generoso jardín o la intimidad de alguna de las múltiples dependencias de su propia residencia. Y en el confort negado, por circunstancias a todos ajenas, en esta otra inevitable pandemia socioeconómica ya presente.

Y para comprobarlo, baste comparar las víctimas del coronavirus, por un lado, y por la inseguridad urbana, prácticamente al cuádruple por el otro.

Académico del CUAAD de la Universidad de Guadalajara

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