Armando Maya Castro

  / martes 20 de agosto de 2019

Respeto, indispensable para la convivencia pacífica

El respeto hacia todas las creencias religiosas constituye uno de los principios indispensables para la convivencia pacífica y el cese de conflictos por motivos religiosos. Las democracias que se precian de serlo, incluida la nuestra, sólo podrán operar de manera efectiva si somos capaces de construir una cultura de respeto hacia las convicciones y modos de vida distintos al propio.

El verdadero problema para el logro de la mencionada convivencia en un mundo con alta diversidad religiosa es la exaltación de un credo sobre los demás, una situación que ha generado innumerables conflictos a través de los siglos: cruzadas, guerras de religión y el establecimiento de inquisiciones: la medieval, la italiana (Santo Oficio) y la española.

Hoy por hoy, personas bien intencionadas -eso creo- proponen el ecumenismo como camino hacia la paz y solución de los problemas que producen las diferencias religiosas. El camino, en mi opinión, no es el ecumenismo que promueve el diálogo interreligioso, sino el respeto absoluto a la forma de creer de las personas, independientemente de que dichas creencias sean desdeñadas por la intolerancia religiosa que, a pesar de las acciones en su contra, de las leyes creadas para suprimirla, y de lo que disponen los tratados internacionales de derechos humanos, se niega a desaparecer.

El problema es que de un tiempo a la fecha resulta complicado encontrar en nuestro entorno social respeto hacia las convicciones religiosas de los demás. Lo que sí encontramos con frecuencia son grupos y personas que, a la usanza medieval, continúan negándose a admitir que los seres humanos tienen derecho a pensar, creer y decidir libremente.

Me remonto a la Edad Media porque en ese periodo histórico brilló por su ausencia la cultura de respeto que aún no acabamos de construir, razón por la cual seguimos anhelándola. Cualquier persona que haya estudiado lo acontecido en ese tiempo sabe que la intolerancia religiosa de aquella época tenía el propósito de suprimir la competencia de grupos religiosos como los cátaros y valdenses, a los que la Iglesia de Roma veía como una amenaza, y a quienes calificó como herejes y enemigos de la fe.

A pesar de que nos separan varias centurias del medievo, que se caracterizó por su arraigado oscurantismo y superstición, el violento rechazo a la diversidad religiosa continúa siendo un problema que, por su magnitud y gravedad, reclama soluciones jurídicas urgentes. Para lograrlo es necesario el involucramiento de todos los sectores de la sociedad, los cuales deben ignorar las voces intolerantes que irresponsablemente dicen: que resuelvan el problema quienes lo sufren.

Esto no cabe en un país como el nuestro, donde la Secretaría de Gobernación tiene registradas 9 mil 358 asociaciones religiosas, una cifra que deja en claro que “México tiene una gran diversidad religiosa formada por minorías que enriquecen a la sociedad y van creando una sociedad multicultural donde la mexicanidad crece”, tal como lo señala la presentación de la encuesta Enadis 2012.

Por esta multiculturalidad, el combate a la discriminación e intolerancia religiosa debe continuar con firmeza en el ámbito de las leyes, pues sólo éstas pueden contribuir de manera significativa a la disminución de males como el creciente discurso de odio en redes sociales y medios de comunicación.

Apoyemos decididamente el quehacer de los promotores y defensores de las libertades fundamentales, como la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), que a principios de julio “ordenó a las secretarías de Educación de los 32 estados medidas cautelares para proteger a los creyentes de la iglesia La Luz del Mundo”, quienes han sido blanco del discurso de odio desde la detención del apóstol Naasón Joaquín García en California, Estados Unidos.

La CNDH pidió, en concreto, “que se implementen, en coordinación con las autoridades educativas de cada entidad federativa, las acciones y medidas necesarias para prevenir, evitar y, en su caso sancionar, todo acto de perjuicio, discursos de odio y/discriminación en contra de los niños, niñas, adolescentes y creyentes de La Luz del Mundo en todos los planteles educativos, desde inicial hasta educación superior, tanto en los planteles públicos como en los privados”.

A pesar de estas medidas cautelares, y de las acciones que han realizado las comisiones estatales de derechos humanos para evitar discriminación contra los fieles de La Luz del Mundo, este tipo de casos se siguen dando en varias partes de México y el mundo.

Ejemplo de lo antes dicho es que, en el desarrollo de la Santa Convocación 2019, que reunió a más de 600 mil fieles en la ciudad de Guadalajara, se presentaron varios casos de discriminación: camiones apedreados, bardas pintarrajeadas durante la caminata Juventud con Valores, con el propósito de incriminar a los jóvenes que participaron en esta actividad, que reunió en el centro de la Perla de Occidente a más de 150 mil jóvenes presentes en la festividad más importante de esta asociación religiosa.

Twitter: @armayacastro


El respeto hacia todas las creencias religiosas constituye uno de los principios indispensables para la convivencia pacífica y el cese de conflictos por motivos religiosos. Las democracias que se precian de serlo, incluida la nuestra, sólo podrán operar de manera efectiva si somos capaces de construir una cultura de respeto hacia las convicciones y modos de vida distintos al propio.

El verdadero problema para el logro de la mencionada convivencia en un mundo con alta diversidad religiosa es la exaltación de un credo sobre los demás, una situación que ha generado innumerables conflictos a través de los siglos: cruzadas, guerras de religión y el establecimiento de inquisiciones: la medieval, la italiana (Santo Oficio) y la española.

Hoy por hoy, personas bien intencionadas -eso creo- proponen el ecumenismo como camino hacia la paz y solución de los problemas que producen las diferencias religiosas. El camino, en mi opinión, no es el ecumenismo que promueve el diálogo interreligioso, sino el respeto absoluto a la forma de creer de las personas, independientemente de que dichas creencias sean desdeñadas por la intolerancia religiosa que, a pesar de las acciones en su contra, de las leyes creadas para suprimirla, y de lo que disponen los tratados internacionales de derechos humanos, se niega a desaparecer.

El problema es que de un tiempo a la fecha resulta complicado encontrar en nuestro entorno social respeto hacia las convicciones religiosas de los demás. Lo que sí encontramos con frecuencia son grupos y personas que, a la usanza medieval, continúan negándose a admitir que los seres humanos tienen derecho a pensar, creer y decidir libremente.

Me remonto a la Edad Media porque en ese periodo histórico brilló por su ausencia la cultura de respeto que aún no acabamos de construir, razón por la cual seguimos anhelándola. Cualquier persona que haya estudiado lo acontecido en ese tiempo sabe que la intolerancia religiosa de aquella época tenía el propósito de suprimir la competencia de grupos religiosos como los cátaros y valdenses, a los que la Iglesia de Roma veía como una amenaza, y a quienes calificó como herejes y enemigos de la fe.

A pesar de que nos separan varias centurias del medievo, que se caracterizó por su arraigado oscurantismo y superstición, el violento rechazo a la diversidad religiosa continúa siendo un problema que, por su magnitud y gravedad, reclama soluciones jurídicas urgentes. Para lograrlo es necesario el involucramiento de todos los sectores de la sociedad, los cuales deben ignorar las voces intolerantes que irresponsablemente dicen: que resuelvan el problema quienes lo sufren.

Esto no cabe en un país como el nuestro, donde la Secretaría de Gobernación tiene registradas 9 mil 358 asociaciones religiosas, una cifra que deja en claro que “México tiene una gran diversidad religiosa formada por minorías que enriquecen a la sociedad y van creando una sociedad multicultural donde la mexicanidad crece”, tal como lo señala la presentación de la encuesta Enadis 2012.

Por esta multiculturalidad, el combate a la discriminación e intolerancia religiosa debe continuar con firmeza en el ámbito de las leyes, pues sólo éstas pueden contribuir de manera significativa a la disminución de males como el creciente discurso de odio en redes sociales y medios de comunicación.

Apoyemos decididamente el quehacer de los promotores y defensores de las libertades fundamentales, como la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), que a principios de julio “ordenó a las secretarías de Educación de los 32 estados medidas cautelares para proteger a los creyentes de la iglesia La Luz del Mundo”, quienes han sido blanco del discurso de odio desde la detención del apóstol Naasón Joaquín García en California, Estados Unidos.

La CNDH pidió, en concreto, “que se implementen, en coordinación con las autoridades educativas de cada entidad federativa, las acciones y medidas necesarias para prevenir, evitar y, en su caso sancionar, todo acto de perjuicio, discursos de odio y/discriminación en contra de los niños, niñas, adolescentes y creyentes de La Luz del Mundo en todos los planteles educativos, desde inicial hasta educación superior, tanto en los planteles públicos como en los privados”.

A pesar de estas medidas cautelares, y de las acciones que han realizado las comisiones estatales de derechos humanos para evitar discriminación contra los fieles de La Luz del Mundo, este tipo de casos se siguen dando en varias partes de México y el mundo.

Ejemplo de lo antes dicho es que, en el desarrollo de la Santa Convocación 2019, que reunió a más de 600 mil fieles en la ciudad de Guadalajara, se presentaron varios casos de discriminación: camiones apedreados, bardas pintarrajeadas durante la caminata Juventud con Valores, con el propósito de incriminar a los jóvenes que participaron en esta actividad, que reunió en el centro de la Perla de Occidente a más de 150 mil jóvenes presentes en la festividad más importante de esta asociación religiosa.

Twitter: @armayacastro


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