/ martes 26 de noviembre de 2019

No al discurso de odio

Uno de los compromisos asumidos por las Naciones Unidas, cuyo nacimiento tuvo lugar el 24 de octubre de 1945, es “fortalecer la tolerancia mediante el fomento de la comprensión mutua entre las culturas y los pueblos”.

Por tal motivo, en 1995, los países miembros de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) adoptaron la Declaración de Principios sobre la Tolerancia, que afirma, entre otras cosas, que “la tolerancia no es indulgencia o indiferencia, sino que es el respeto y el saber apreciar la riqueza y variedad de las culturas del mundo y las distintas formas de expresión de los seres humanos”.

Un año después, específicamente en 1996, la ONU invitó a los Estados Miembros “a celebrar el 16 de noviembre de cada año, el Día Internacional de la Tolerancia”, dando seguimiento “al Año de las Naciones Unidas para la Tolerancia de 1995, proclamado por la Asamblea General en 1993 por iniciativa de la UNESCO”.

En la reciente celebración del Día Internacional para la Tolerancia, la ONU volvió a destacar la necesidad de practicar la tolerancia, una virtud que, de acuerdo con el discurso de este organismo internacional, “contribuye a sustituir la cultura de la guerra por la de la paz al crear armonía en la diferencia”.

En lo personal considero que el discurso en favor de la tolerancia empleado por la ONU hasta este día debe transitar hacia el de una cultura de respeto pleno en favor de la diversidad, principalmente en un tiempo como el actual, en que el discurso de odio que se promueve cotidianamente en redes sociales se ha convertido en una amenaza para algunos grupos minoritarios.

El discurso de odio que se viraliza en redes sociales se apoya un día sí y el otro también en las famosas fake news o noticias falsas, que buscan desinformar y, con ello, desprestigiar, engañar y manipular a la opinión pública.

Su difusión a través de redes sociales, televisión, prensa y portales de noticias promueve un mensaje criminal de inferioridad que perjudica a ciertas minorías étnicas y religiosas, a las que se responsabiliza de varios de los males que hoy por hoy afectan a la humanidad.

Este creciente mal debe atacarse desde la educación, en las escuelas, pero sobre todo en el seno familiar, donde la pérdida de valores ha llevado a la sociedad de hoy a practicar una de las formas más preocupantes de racismo y discriminación: el discurso de odio, que para algunas voces es la punta del iceberg de las viejas formas de intolerancia religiosa que alcanzaron su cenit en la Edad Media.

Lo primero es identificar en Internet tales incitaciones al odio, así como la amenaza que ese discurso irracional representa para los grupos que son objeto de discriminación. Y la idea no es identificarlos para convertirlos en blanco de ataques semejantes a los que ellos despliegan en la red de redes. Hacer esto último equivaldría a colocarnos en el mismo nivel en que esas personas y grupos se han colocado.

Se trata no de actuar por reacción o bajo el impulso de un absurdo sentimiento de venganza, que se puede convertir con el correr del tiempo en una sed insaciable de venganza que nos lleve a actuar semejante a ellos o peor que ellos. Se trata de que tengamos la capacidad de involucrar a los promotores de ese odio cibernético en un diálogo de altura, que les permita entender que vivimos en un mundo donde la diversidad ideológica, religiosa y étnica tiene derecho a existir y a ser respetada, más que a ser tolerada.

Pensemos en lo que puede y debe hacerse de acuerdo con el llamado que el pasado mes de septiembre lanzaran treinta expertos y expertas independientes de la ONU, quienes –alarmados por el aumento de mensajes de odio en Internet– se unieron para publicar una carta abierta “pidiendo a los Estados y a las empresas de redes sociales que tomen medidas con el fin de frenar la propagación del discurso de odio.”

Los signatarios advirtieron sobre el peligro de describir a “grupos enteros de personas como peligrosas o inferiores”, al tiempo de traer a nuestra memoria que este tipo de prácticas han ocasionado “tragedias catastróficas en el pasado”, algo que podemos y debemos evitar en la medida de nuestras posibilidades.

Aquí el llamado de la ONU: “Instamos a los Estados a promover y adoptar políticas de tolerancia. Los Estados deben trabajar activamente hacia políticas que garanticen los derechos a la igualdad y la no discriminación y la libertad de expresión, así como el derecho a vivir una vida libre de violencia, a través de la promoción de la tolerancia, la diversidad y la defensa de las opiniones pluralistas”.

El llamado de la ONU es bueno, pero sería mucho mejor si en lugar de llamar a la tolerancia se hiciera un llamado a respetar de manera absoluta la diversidad, algo que urge promover en un mundo donde el odio y la violencia avanzan de manera preocupante.

Uno de los compromisos asumidos por las Naciones Unidas, cuyo nacimiento tuvo lugar el 24 de octubre de 1945, es “fortalecer la tolerancia mediante el fomento de la comprensión mutua entre las culturas y los pueblos”.

Por tal motivo, en 1995, los países miembros de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) adoptaron la Declaración de Principios sobre la Tolerancia, que afirma, entre otras cosas, que “la tolerancia no es indulgencia o indiferencia, sino que es el respeto y el saber apreciar la riqueza y variedad de las culturas del mundo y las distintas formas de expresión de los seres humanos”.

Un año después, específicamente en 1996, la ONU invitó a los Estados Miembros “a celebrar el 16 de noviembre de cada año, el Día Internacional de la Tolerancia”, dando seguimiento “al Año de las Naciones Unidas para la Tolerancia de 1995, proclamado por la Asamblea General en 1993 por iniciativa de la UNESCO”.

En la reciente celebración del Día Internacional para la Tolerancia, la ONU volvió a destacar la necesidad de practicar la tolerancia, una virtud que, de acuerdo con el discurso de este organismo internacional, “contribuye a sustituir la cultura de la guerra por la de la paz al crear armonía en la diferencia”.

En lo personal considero que el discurso en favor de la tolerancia empleado por la ONU hasta este día debe transitar hacia el de una cultura de respeto pleno en favor de la diversidad, principalmente en un tiempo como el actual, en que el discurso de odio que se promueve cotidianamente en redes sociales se ha convertido en una amenaza para algunos grupos minoritarios.

El discurso de odio que se viraliza en redes sociales se apoya un día sí y el otro también en las famosas fake news o noticias falsas, que buscan desinformar y, con ello, desprestigiar, engañar y manipular a la opinión pública.

Su difusión a través de redes sociales, televisión, prensa y portales de noticias promueve un mensaje criminal de inferioridad que perjudica a ciertas minorías étnicas y religiosas, a las que se responsabiliza de varios de los males que hoy por hoy afectan a la humanidad.

Este creciente mal debe atacarse desde la educación, en las escuelas, pero sobre todo en el seno familiar, donde la pérdida de valores ha llevado a la sociedad de hoy a practicar una de las formas más preocupantes de racismo y discriminación: el discurso de odio, que para algunas voces es la punta del iceberg de las viejas formas de intolerancia religiosa que alcanzaron su cenit en la Edad Media.

Lo primero es identificar en Internet tales incitaciones al odio, así como la amenaza que ese discurso irracional representa para los grupos que son objeto de discriminación. Y la idea no es identificarlos para convertirlos en blanco de ataques semejantes a los que ellos despliegan en la red de redes. Hacer esto último equivaldría a colocarnos en el mismo nivel en que esas personas y grupos se han colocado.

Se trata no de actuar por reacción o bajo el impulso de un absurdo sentimiento de venganza, que se puede convertir con el correr del tiempo en una sed insaciable de venganza que nos lleve a actuar semejante a ellos o peor que ellos. Se trata de que tengamos la capacidad de involucrar a los promotores de ese odio cibernético en un diálogo de altura, que les permita entender que vivimos en un mundo donde la diversidad ideológica, religiosa y étnica tiene derecho a existir y a ser respetada, más que a ser tolerada.

Pensemos en lo que puede y debe hacerse de acuerdo con el llamado que el pasado mes de septiembre lanzaran treinta expertos y expertas independientes de la ONU, quienes –alarmados por el aumento de mensajes de odio en Internet– se unieron para publicar una carta abierta “pidiendo a los Estados y a las empresas de redes sociales que tomen medidas con el fin de frenar la propagación del discurso de odio.”

Los signatarios advirtieron sobre el peligro de describir a “grupos enteros de personas como peligrosas o inferiores”, al tiempo de traer a nuestra memoria que este tipo de prácticas han ocasionado “tragedias catastróficas en el pasado”, algo que podemos y debemos evitar en la medida de nuestras posibilidades.

Aquí el llamado de la ONU: “Instamos a los Estados a promover y adoptar políticas de tolerancia. Los Estados deben trabajar activamente hacia políticas que garanticen los derechos a la igualdad y la no discriminación y la libertad de expresión, así como el derecho a vivir una vida libre de violencia, a través de la promoción de la tolerancia, la diversidad y la defensa de las opiniones pluralistas”.

El llamado de la ONU es bueno, pero sería mucho mejor si en lugar de llamar a la tolerancia se hiciera un llamado a respetar de manera absoluta la diversidad, algo que urge promover en un mundo donde el odio y la violencia avanzan de manera preocupante.

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