Luis Sánchez

  / domingo 31 de marzo de 2019

#MeToo y la cultura de paz


Para la mayor parte de la historia, 'Anónimo' era una mujer". Virginia Woolf

Estos últimos días, han salido a la luz mediante redes sociales denuncias, la mayoría anónimas y unas más personales, señalando comportamientos, actitudes y actos de violencia machista en casi todos los órdenes de la vida de nuestro estado: la academia y las universidades, partidos políticos, los activismos de izquierda, la literatura, la cultura y los medios de comunicación. Estas denuncias, constituidas en una voz colectiva, buscan visibilizar y levantar la voz acerca de estas conductas.

Esta voz colectiva es un reflejo de un cambio social que está pendiente de instalarse: quienes crecimos con padres y madres que nacieron entre los años 40’s y 60’s hemos bebido de una cultura que tenía por pilares la caballerosidad, un amor ‘cortés’ y un rol injusto para la mujer, donde se limitaba su participación política, social y laboral. Aún no se ha instalado la nueva era en donde las sensibilidades a temas de género que son mucho más comunes que hace 20 años. Se ha avanzado, pero queda mucho por aprender.

Las denuncias de esas voces colectivas son un llamado de atención, como lo han dicho varias mujeres denunciantes, para poder cambiar las prácticas sociales, laborales y políticas que nos rigen, no para señalar casos individuales que deben de resolverse de manera satisfactoria, pero que son más un síntoma que una causa de una sociedad que no encuentra cómo responder de buena manera a las mujeres violentadas y, sobre todo, prevenir cualquier agresión contra ellas.

Hay herramientas valiosas para hacerlo: hay listas de conductas para saber diferenciar las actitudes machistas de las agresiones físicas, todas dañinas, pero unas más graves y merecedoras de atención inmediata, unas más que deben de ser objeto de esfuerzos de pedagogía y aprendizaje entre los hombres, usando siempre la pedagogía de paz que implica justicia y tolerancia: reconocer la educación tradicional de varios, las tradiciones sociales e incluso religiosas y la formación familiar. Todo lo anterior es válido que exista en una persona, ninguno de nosotros vino de la nada, tenemos un contexto. Sin embargo, mientras haya disposición de aprender y corregir, debemos de hacerlo de la mano de la pedagogía de paz.

Cierro diciendo que es bueno reconocer que estamos en una etapa intermedia del cambio social: hemos hecho una cierta conciencia de qué debe de cambiar. Sin embargo, los agentes de cambio deben de salir de las redes y tomar la calle, los espacios familiares y sociales para instalar una cultura de paz con perspectiva de género. En la paz, después del error siempre humano viene el reconocimiento, la reparación del daño y se instala una nueva convivencia. Vamos a vivir juntos y si éste es un buen momento para reparar y construir paz, hagámoslo todos, sin colores ni equipos, sin distingo alguno.

* Secretario General PAN Guadalajara.


Para la mayor parte de la historia, 'Anónimo' era una mujer". Virginia Woolf

Estos últimos días, han salido a la luz mediante redes sociales denuncias, la mayoría anónimas y unas más personales, señalando comportamientos, actitudes y actos de violencia machista en casi todos los órdenes de la vida de nuestro estado: la academia y las universidades, partidos políticos, los activismos de izquierda, la literatura, la cultura y los medios de comunicación. Estas denuncias, constituidas en una voz colectiva, buscan visibilizar y levantar la voz acerca de estas conductas.

Esta voz colectiva es un reflejo de un cambio social que está pendiente de instalarse: quienes crecimos con padres y madres que nacieron entre los años 40’s y 60’s hemos bebido de una cultura que tenía por pilares la caballerosidad, un amor ‘cortés’ y un rol injusto para la mujer, donde se limitaba su participación política, social y laboral. Aún no se ha instalado la nueva era en donde las sensibilidades a temas de género que son mucho más comunes que hace 20 años. Se ha avanzado, pero queda mucho por aprender.

Las denuncias de esas voces colectivas son un llamado de atención, como lo han dicho varias mujeres denunciantes, para poder cambiar las prácticas sociales, laborales y políticas que nos rigen, no para señalar casos individuales que deben de resolverse de manera satisfactoria, pero que son más un síntoma que una causa de una sociedad que no encuentra cómo responder de buena manera a las mujeres violentadas y, sobre todo, prevenir cualquier agresión contra ellas.

Hay herramientas valiosas para hacerlo: hay listas de conductas para saber diferenciar las actitudes machistas de las agresiones físicas, todas dañinas, pero unas más graves y merecedoras de atención inmediata, unas más que deben de ser objeto de esfuerzos de pedagogía y aprendizaje entre los hombres, usando siempre la pedagogía de paz que implica justicia y tolerancia: reconocer la educación tradicional de varios, las tradiciones sociales e incluso religiosas y la formación familiar. Todo lo anterior es válido que exista en una persona, ninguno de nosotros vino de la nada, tenemos un contexto. Sin embargo, mientras haya disposición de aprender y corregir, debemos de hacerlo de la mano de la pedagogía de paz.

Cierro diciendo que es bueno reconocer que estamos en una etapa intermedia del cambio social: hemos hecho una cierta conciencia de qué debe de cambiar. Sin embargo, los agentes de cambio deben de salir de las redes y tomar la calle, los espacios familiares y sociales para instalar una cultura de paz con perspectiva de género. En la paz, después del error siempre humano viene el reconocimiento, la reparación del daño y se instala una nueva convivencia. Vamos a vivir juntos y si éste es un buen momento para reparar y construir paz, hagámoslo todos, sin colores ni equipos, sin distingo alguno.

* Secretario General PAN Guadalajara.

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