Armando Maya Castro

  / martes 15 de enero de 2019

Los jesuitas en tiempo de Isabel I

La Compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola en 1540, sigue dando de qué hablar. Hoy por otras causas, ya no tanto por su experiencia de más de cuatro siglos en la educación. Hace unos días, específicamente en diciembre pasado, algunos miembros de la compañía a la que pertenece el papa Francisco fueron señalados en Estados Unidos como implicados en abusos a menores.

En diciembre pasado, la comunidad ignaciana en Maryland dio a conocer los nombres de los jesuitas "que han sido acusados creíblemente de abusos asexuales a menores desde 1950", señala un comunicado de la organización en ese estado de la Unión Americana.

Estos casos de pederastia clerical, que no son tan frecuentes entre los jesuitas, se incorporarán a su historia, en la que podemos encontrar una labor extraordinaria en materia educativa, pero también algunos casos de intolerancia religiosa cometidos por éstos en el pasado, sobre todo en la Gran Bretaña, luego de que esta nación europea se separara definitivamente de Roma, en el reinado de Enrique VIII, el monarca que rompió con Roma, luego de que el papa Clemente VII se negara a otorgarle la anulación de su matrimonio con Catalina de Aragón para poder casarse con Ana Bolena.

Me remontaré al momento histórico en que Inglaterra cerró sus puertas a la Compañía de Jesús, en tiempo de la reina Isabel I. En ese tiempo, los jesuitas que maniobraban secretamente en territorio inglés planeaban asesinar a la monarca. Para protegerse de la amenaza de éstos, Isabel se rodeó “de espías y de policía secreta, para librarse de los puñales de tan terribles enemigos, afirma el escritor Fernando Garrido en su libro ¡Pobres Jesuitas!

Este autor refiere que la presencia de los jesuitas en la Gran Bretaña fue un acuerdo tomado en 1579 por el papa y el general de la Compañía de Jesús. Para cumplir puntualmente las órdenes de sus superiores, los ignacianos se disfrazaron y mintieron cuantas veces fue necesario, usurpando títulos y nombres.

El papa, convencido de que con la ayuda de los jesuitas lograría el retorno de Inglaterra al redil católico, ordenó a éstos pasar a Irlanda, donde habrían de “preparar una sublevación contra la reina”. Más tarde, “sesenta y cuatro jesuitas ingleses, escoceses e irlandeses, que juraron emplear todos sus esfuerzos [e incluso] sufrir el martirio”, se dirigieron a Londres para consumar su siniestro plan: arrancar la vida y la corona a la princesa de las Islas Británicas.

¿Lograron los jesuitas en Gran Bretaña su principal cometido? La respuesta es no, esto a pesar de las acciones del pontífice romano, de María Tudor y de los religiosos fundados por Ignacio de Loyola. Lo que sí lograron fue que algunos ingleses retornaran al catolicismo, aunque no todos, como Roma pretendía.

En aquellos años, los católicos que había en Inglaterra fueron alentados por los jesuitas a incumplir los preceptos del anglicanismo. Como resultado de esta incitación, muchos católicos ingleses resistieron la autoridad de la reina, convencidos por los emisarios del papa de la supremacía de éste.

Cuando la reina descubrió la trama, ordenó la detención de los jesuitas que operaban con sigilo en territorio británico. Algunos de ellos, tras haber sido “juzgados”, fueron condenados a muerte por el delito de regicidio, así como por su penetración clandestina en territorio inglés. Los jesuitas Edmundo Campién, Radulfo Skerwin y Alejandro Briant, fueron estrangulados, decapitados y divididos en pedazos de forma cruel y lamentable, con lo que el anglicanismo demostró que, en materia de intolerancia religiosa, no era diferente a la Iglesia católica.

El único premio conseguido por los ignacianos antes mencionados fue su inmediata canonización. La elevación de éstos a los altares por parte del papa Gregorio XIII, alentó a los jesuitas en territorio inglés a seguir adelante con sus prácticas desestabilizadoras, generando más violencia de una parte y de otra.

Tras el “martirio” de los jesuitas en Inglaterra, los católicos ingleses en ese país pusieron en práctica las enseñanzas jesuitas, desdeñando las órdenes de la reina y los principios doctrinales del anglicanismo. Esta actitud se observó principalmente entre los jóvenes que alborotaban las universidades, acarreando hacia ellos y hacia los demás católicos del reino, brutal persecución de parte de los ingleses leales a la corona inglesa. El hostigamiento anglicano fue de tal magnitud, que los mismos católicos de España "ponían el grito en el cielo contra el gobierno inglés, porque perseguía a los católicos romanos, ensalzando hasta las nubes el valor de los jesuitas", señala Fernando Garrido, quien lamenta que los católicos españoles se quejaran de lo mismo que ellos hacían en agravio de los protestantes españoles, "atormentados y quemados vivos por la Inquisición".

La Compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola en 1540, sigue dando de qué hablar. Hoy por otras causas, ya no tanto por su experiencia de más de cuatro siglos en la educación. Hace unos días, específicamente en diciembre pasado, algunos miembros de la compañía a la que pertenece el papa Francisco fueron señalados en Estados Unidos como implicados en abusos a menores.

En diciembre pasado, la comunidad ignaciana en Maryland dio a conocer los nombres de los jesuitas "que han sido acusados creíblemente de abusos asexuales a menores desde 1950", señala un comunicado de la organización en ese estado de la Unión Americana.

Estos casos de pederastia clerical, que no son tan frecuentes entre los jesuitas, se incorporarán a su historia, en la que podemos encontrar una labor extraordinaria en materia educativa, pero también algunos casos de intolerancia religiosa cometidos por éstos en el pasado, sobre todo en la Gran Bretaña, luego de que esta nación europea se separara definitivamente de Roma, en el reinado de Enrique VIII, el monarca que rompió con Roma, luego de que el papa Clemente VII se negara a otorgarle la anulación de su matrimonio con Catalina de Aragón para poder casarse con Ana Bolena.

Me remontaré al momento histórico en que Inglaterra cerró sus puertas a la Compañía de Jesús, en tiempo de la reina Isabel I. En ese tiempo, los jesuitas que maniobraban secretamente en territorio inglés planeaban asesinar a la monarca. Para protegerse de la amenaza de éstos, Isabel se rodeó “de espías y de policía secreta, para librarse de los puñales de tan terribles enemigos, afirma el escritor Fernando Garrido en su libro ¡Pobres Jesuitas!

Este autor refiere que la presencia de los jesuitas en la Gran Bretaña fue un acuerdo tomado en 1579 por el papa y el general de la Compañía de Jesús. Para cumplir puntualmente las órdenes de sus superiores, los ignacianos se disfrazaron y mintieron cuantas veces fue necesario, usurpando títulos y nombres.

El papa, convencido de que con la ayuda de los jesuitas lograría el retorno de Inglaterra al redil católico, ordenó a éstos pasar a Irlanda, donde habrían de “preparar una sublevación contra la reina”. Más tarde, “sesenta y cuatro jesuitas ingleses, escoceses e irlandeses, que juraron emplear todos sus esfuerzos [e incluso] sufrir el martirio”, se dirigieron a Londres para consumar su siniestro plan: arrancar la vida y la corona a la princesa de las Islas Británicas.

¿Lograron los jesuitas en Gran Bretaña su principal cometido? La respuesta es no, esto a pesar de las acciones del pontífice romano, de María Tudor y de los religiosos fundados por Ignacio de Loyola. Lo que sí lograron fue que algunos ingleses retornaran al catolicismo, aunque no todos, como Roma pretendía.

En aquellos años, los católicos que había en Inglaterra fueron alentados por los jesuitas a incumplir los preceptos del anglicanismo. Como resultado de esta incitación, muchos católicos ingleses resistieron la autoridad de la reina, convencidos por los emisarios del papa de la supremacía de éste.

Cuando la reina descubrió la trama, ordenó la detención de los jesuitas que operaban con sigilo en territorio británico. Algunos de ellos, tras haber sido “juzgados”, fueron condenados a muerte por el delito de regicidio, así como por su penetración clandestina en territorio inglés. Los jesuitas Edmundo Campién, Radulfo Skerwin y Alejandro Briant, fueron estrangulados, decapitados y divididos en pedazos de forma cruel y lamentable, con lo que el anglicanismo demostró que, en materia de intolerancia religiosa, no era diferente a la Iglesia católica.

El único premio conseguido por los ignacianos antes mencionados fue su inmediata canonización. La elevación de éstos a los altares por parte del papa Gregorio XIII, alentó a los jesuitas en territorio inglés a seguir adelante con sus prácticas desestabilizadoras, generando más violencia de una parte y de otra.

Tras el “martirio” de los jesuitas en Inglaterra, los católicos ingleses en ese país pusieron en práctica las enseñanzas jesuitas, desdeñando las órdenes de la reina y los principios doctrinales del anglicanismo. Esta actitud se observó principalmente entre los jóvenes que alborotaban las universidades, acarreando hacia ellos y hacia los demás católicos del reino, brutal persecución de parte de los ingleses leales a la corona inglesa. El hostigamiento anglicano fue de tal magnitud, que los mismos católicos de España "ponían el grito en el cielo contra el gobierno inglés, porque perseguía a los católicos romanos, ensalzando hasta las nubes el valor de los jesuitas", señala Fernando Garrido, quien lamenta que los católicos españoles se quejaran de lo mismo que ellos hacían en agravio de los protestantes españoles, "atormentados y quemados vivos por la Inquisición".

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