Armando Maya Castro

  / sábado 8 de junio de 2019

Las almas se ganan por el amor de Dios, no por la fuerza

El Edicto de Milán del año 313 d. C., conocido también como “La tolerancia del cristianismo”, estableció el catolicismo como religión oficial del Imperio romano.

Publicado por los emperadores Constantino y Licinio en Roma, el edicto en cuestión suministró a la Iglesia católica una situación social predilecta que ante no había tenido.

Esta institución fue la que pactó con Constantino, no la Iglesia que Jesucristo fundó cuando estuvo sobre la faz de la tierra, cuyos intereses eran predominantemente espirituales, no propios de este mundo, como lo expresó el fundamento y fundador de la Iglesia: “Mi reino no es de este mundo”.

La iglesia que se alió con el Estado se convirtió al amparo de éste en una institución poderosa y numerosa. Aprovechó estas circunstancias para embestir con violencia a cualquier persona o grupo que rechazara o pusiera en duda sus doctrinas.

Su fusión con el Estado dio a luz una Iglesia que construiría su historia no sobre cimientos de amor, que echó al olvido las enseñanzas de paz y respeto que brotaron de los labios de Jesucristo el Hijo de Dios.

Las contribuciones más importantes a la intolerancia religiosa de la época fueron aportadas por la Iglesia que favorecida en todo por Constantino.

Para dimensionar los niveles de intolerancia religiosa, resultado de las acciones de la Iglesia imperial, leamos el testimonio de Juan Foxe, autor de la obra El libro de los mártires:

“Llegamos ahora a un período en el que la persecución, bajo el ropaje del cristianismo, cometió más enormidades que las que jamás infamaron los anales del paganismo”.

Peter de la Rosa, en su libro Vicarios de Cristo, señala la diferencia entre las persecuciones de los emperadores contra la Iglesia primitiva, y las de los católicos en agravio de los opositores al catolicismo: “En la última y más cruel persecución bajo el emperador Diocleciano perecieron alrededor de dos mil cristianos; mientras que “en la primera acción sanguinaria de la cruzada del papa Inocencio se triplicó el número de muertos”.

A lo largo y ancho de la Edad Media, esta institución, alejada de las enseñanzas de amor de Jesucristo, adoptó el pavor como instrumento de consolidación y florecimiento. Buscó su consolidación a través de métodos violentos que Jesucristo y sus apóstoles hubieran reprobado contundentemente en su tiempo.

En contraste con la Iglesia instaurada por Jesucristo, la iglesia medieval mostraba un perfil diferente: era otra institución, con distintos intereses, y con diferentes métodos para obtenerlos. Octavio Paz, el más grande pensador y poeta de nuestro México, escribió: “es muy distinto ser apóstol de una Iglesia perseguida a ser jerarca de una Iglesia triunfante”.

Con estas palabras, el premio Nóbel de Literatura establece una diferencia entre los clérigos de la iglesia perseguida y los eclesiásticos de la Iglesia favorecida por el imperio. Política y económicamente, el cobijo imperial convirtió al catolicismo en una religión “triunfante” y, por lo tanto, distinta en todos los sentidos a la Iglesia primitiva.

Aunque los teólogos católicos se esfuerzan en demostrar que la Iglesia católica es la misma que Jesucristo fundó, las evidencias bíblicas e históricas indican que la institución imperial y la Iglesia fundada por Jesucristo eran diametralmente opuestas.

En el siglo IV, el obispo romano procuró la alianza del César para derrocar la antigua religión pagana, que tenía entre los habitantes del Imperio innumerables partidarios, y gozaba de la difusión que el propio Senado le había dado. Su eliminación absoluta habría de complicarse, por ello nació un proceso conocido como sincretismo o mezcla de religiones. Lo anterior obedecía a los intereses del emperador, quien pugnaba por la unificación del imperio. El sincretismo recién aparecido no preocupó a los jerarcas de la iglesia católica, pues el principal interés de éstos era conservar y ensanchar ese estado privilegiado que en ese tiempo disfrutaban.

La mezcla y fusión del catolicismo con la antigua religión pagana de Roma trajo como consecuencia un sinnúmero de discrepancias teológicas que se fueron multiplicando con el correr del tiempo, y que llegaron a acarrear entre los propios jerarcas del catolicismo excomuniones mutuas.

Respecto a esta mixtura, el célebre historiador Mauricio de la Chàtre asevera convencido: “de esa mezcla nace el catolicismo romano posterior”.

Aunque al principio no existía una doctrina definida, varios clérigos protestaron por el establecimiento de algunos dogmas que, a juicio de ellos, eran doctrinas heterodoxas, es decir, no ajustadas a la ortodoxia católica.

Las doctrinas que no se ceñían a la enseñanza oficial de Roma fueron cuestionadas en varias ocasiones por los teólogos de la época. Fue durante el brote de estas discrepancias cuando la intolerancia religiosa se puso de manifiesto y etiquetó a los disidentes como herejes que debían ser perseguidos y procesados por la inquisición.

La maquinaria que en la Edad Media fue utilizada para suprimir la herejía, nunca hubiera sido utilizada por Jesucristo y sus apóstoles en el siglo primero de nuestra era, pues estos hombres ejercieron su ministerio convencidos de que las almas se ganan por el amor de Dios, no por la fuerza.

El Edicto de Milán del año 313 d. C., conocido también como “La tolerancia del cristianismo”, estableció el catolicismo como religión oficial del Imperio romano.

Publicado por los emperadores Constantino y Licinio en Roma, el edicto en cuestión suministró a la Iglesia católica una situación social predilecta que ante no había tenido.

Esta institución fue la que pactó con Constantino, no la Iglesia que Jesucristo fundó cuando estuvo sobre la faz de la tierra, cuyos intereses eran predominantemente espirituales, no propios de este mundo, como lo expresó el fundamento y fundador de la Iglesia: “Mi reino no es de este mundo”.

La iglesia que se alió con el Estado se convirtió al amparo de éste en una institución poderosa y numerosa. Aprovechó estas circunstancias para embestir con violencia a cualquier persona o grupo que rechazara o pusiera en duda sus doctrinas.

Su fusión con el Estado dio a luz una Iglesia que construiría su historia no sobre cimientos de amor, que echó al olvido las enseñanzas de paz y respeto que brotaron de los labios de Jesucristo el Hijo de Dios.

Las contribuciones más importantes a la intolerancia religiosa de la época fueron aportadas por la Iglesia que favorecida en todo por Constantino.

Para dimensionar los niveles de intolerancia religiosa, resultado de las acciones de la Iglesia imperial, leamos el testimonio de Juan Foxe, autor de la obra El libro de los mártires:

“Llegamos ahora a un período en el que la persecución, bajo el ropaje del cristianismo, cometió más enormidades que las que jamás infamaron los anales del paganismo”.

Peter de la Rosa, en su libro Vicarios de Cristo, señala la diferencia entre las persecuciones de los emperadores contra la Iglesia primitiva, y las de los católicos en agravio de los opositores al catolicismo: “En la última y más cruel persecución bajo el emperador Diocleciano perecieron alrededor de dos mil cristianos; mientras que “en la primera acción sanguinaria de la cruzada del papa Inocencio se triplicó el número de muertos”.

A lo largo y ancho de la Edad Media, esta institución, alejada de las enseñanzas de amor de Jesucristo, adoptó el pavor como instrumento de consolidación y florecimiento. Buscó su consolidación a través de métodos violentos que Jesucristo y sus apóstoles hubieran reprobado contundentemente en su tiempo.

En contraste con la Iglesia instaurada por Jesucristo, la iglesia medieval mostraba un perfil diferente: era otra institución, con distintos intereses, y con diferentes métodos para obtenerlos. Octavio Paz, el más grande pensador y poeta de nuestro México, escribió: “es muy distinto ser apóstol de una Iglesia perseguida a ser jerarca de una Iglesia triunfante”.

Con estas palabras, el premio Nóbel de Literatura establece una diferencia entre los clérigos de la iglesia perseguida y los eclesiásticos de la Iglesia favorecida por el imperio. Política y económicamente, el cobijo imperial convirtió al catolicismo en una religión “triunfante” y, por lo tanto, distinta en todos los sentidos a la Iglesia primitiva.

Aunque los teólogos católicos se esfuerzan en demostrar que la Iglesia católica es la misma que Jesucristo fundó, las evidencias bíblicas e históricas indican que la institución imperial y la Iglesia fundada por Jesucristo eran diametralmente opuestas.

En el siglo IV, el obispo romano procuró la alianza del César para derrocar la antigua religión pagana, que tenía entre los habitantes del Imperio innumerables partidarios, y gozaba de la difusión que el propio Senado le había dado. Su eliminación absoluta habría de complicarse, por ello nació un proceso conocido como sincretismo o mezcla de religiones. Lo anterior obedecía a los intereses del emperador, quien pugnaba por la unificación del imperio. El sincretismo recién aparecido no preocupó a los jerarcas de la iglesia católica, pues el principal interés de éstos era conservar y ensanchar ese estado privilegiado que en ese tiempo disfrutaban.

La mezcla y fusión del catolicismo con la antigua religión pagana de Roma trajo como consecuencia un sinnúmero de discrepancias teológicas que se fueron multiplicando con el correr del tiempo, y que llegaron a acarrear entre los propios jerarcas del catolicismo excomuniones mutuas.

Respecto a esta mixtura, el célebre historiador Mauricio de la Chàtre asevera convencido: “de esa mezcla nace el catolicismo romano posterior”.

Aunque al principio no existía una doctrina definida, varios clérigos protestaron por el establecimiento de algunos dogmas que, a juicio de ellos, eran doctrinas heterodoxas, es decir, no ajustadas a la ortodoxia católica.

Las doctrinas que no se ceñían a la enseñanza oficial de Roma fueron cuestionadas en varias ocasiones por los teólogos de la época. Fue durante el brote de estas discrepancias cuando la intolerancia religiosa se puso de manifiesto y etiquetó a los disidentes como herejes que debían ser perseguidos y procesados por la inquisición.

La maquinaria que en la Edad Media fue utilizada para suprimir la herejía, nunca hubiera sido utilizada por Jesucristo y sus apóstoles en el siglo primero de nuestra era, pues estos hombres ejercieron su ministerio convencidos de que las almas se ganan por el amor de Dios, no por la fuerza.

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