Editorial Editorial

  / domingo 29 de septiembre de 2019

La sociedad cambia, los políticos no


Carlos Anguiano


La acumulación de vapor, bien canalizada, produce movimiento. Es el principio de máquinas poderosas. En 2018, era tal la acumulación de vapor proveniente del hartazgo, del rencor, del coraje, de la impotencia, del descrédito de nuestros gobernantes, que empujó la victoria electoral de Andrés Manuel López Obrador en México y de Enrique Alfaro Ramírez en Jalisco. Ganaron claramente. Y con su triunfo quitaron la presión del vapor acumulado.

Quienes piensan que con la transición democrática llegaba a su fin una serie de impunidades, de corruptelas, de hechos vergonzosos que desde el gobierno causaban furia, impotencia, llanto y desconfianza, no estaban en lo correcto, pues cambiar al partido en el poder no fue solución ni vacuna contra quienes llegaron nuevos y con el total de la esperanza, y en el transcurso de su gobierno no han dejado de gastarla. El Presidente se mantiene en niveles aceptables. El Gobernador consumió ya la mitad de lo que tenía.

El fenómeno de la popularidad de AMLO se entiende en principio por recaer en quien por cerca de 25 años hizo campaña electoral ininterrumpida, presentándose ante la sociedad como disruptivo, como diferente, como honesto, como justiciero contra todos los que dañaron al pueblo –y no estaban junto a el entre sus filas-; se entiende también por ser indiscutiblemente diferente a las ultimas generaciones de políticos, que de cualquier partido parecían confeccionados bajo el mismo molde, con el mismo patrón de conducta, discursos similares y perversidades equivalentes. Enrique Alfaro se subió en el tren sin dirigirlo, se acomodó en la ola y procuró la percepción de que también él era diferente. Tras atajos mentales, el electorado local le concedió el beneficio de la duda.

Las fallas reiteradas de quienes antes de él nos gobernaron, abrió la mente de los electores y encontraron en los nuevos gobernantes, la respuesta a la inquietante pregunta de, ¿y ahora qué hacemos? Falló el rojo y el azul. El amarillo no existe, los demás no pintan. Si lo lógico no funcionó, vamos a votar por lo ilógico. Y así, el voto de castigo empoderó y legitimó, provocando renovación, frescura, novedad, más no talento, capacidad ni buen sentido en el estado que guardan nuestros gobiernos federal y estatal.

Se consume el tiempo de sus encargos y no parecen dar señales objetivas de que son mejores gobernando. Si tuvieron razón en lo que argumentaron del pasado. El hartazgo popular era evidente, real, se podía tocar, se sentía por todos lados. Indudablemente López y Alfaro, Alfaro y López, fueron los mejores candidatos. Lo hicieron sumamente bien. Ahora quizá los mexicanos entendamos lo que es la democracia y tomemos la lección de que los mejores candidatos no significa que serán los mejores gobernando. Hacer campaña es espectáculo, es show, es fiesta; gobernar es un conflicto permanente, un dilema constante, un laberinto muchas veces sin salida. Hay quienes sirven para hacer campaña, pero cuando ganen, deberían de rodearse de los que saben gobernar.

El sexenio es una joya de nuestra democracia. Ciclos cortos, oportunidades para dirigir y reorientar al gobierno, corregir e impulsar políticas públicas, a sabiendas de que durara 6 años con elección intermedia incluida y la ventana de la revocación del mandato rondando para terminar anticipadamente el mandato popular en caso de descarrillarse en el camino.

Al parecer, nuestra sociedad cambió, pero los políticos no. El vapor empieza a acumularse y la presión social buscara salida, de no corregir su rumbo y sorprendernos dando resultados mucho mejor que como lo han hecho.


www.inteligenciapolitica.org


Carlos Anguiano


La acumulación de vapor, bien canalizada, produce movimiento. Es el principio de máquinas poderosas. En 2018, era tal la acumulación de vapor proveniente del hartazgo, del rencor, del coraje, de la impotencia, del descrédito de nuestros gobernantes, que empujó la victoria electoral de Andrés Manuel López Obrador en México y de Enrique Alfaro Ramírez en Jalisco. Ganaron claramente. Y con su triunfo quitaron la presión del vapor acumulado.

Quienes piensan que con la transición democrática llegaba a su fin una serie de impunidades, de corruptelas, de hechos vergonzosos que desde el gobierno causaban furia, impotencia, llanto y desconfianza, no estaban en lo correcto, pues cambiar al partido en el poder no fue solución ni vacuna contra quienes llegaron nuevos y con el total de la esperanza, y en el transcurso de su gobierno no han dejado de gastarla. El Presidente se mantiene en niveles aceptables. El Gobernador consumió ya la mitad de lo que tenía.

El fenómeno de la popularidad de AMLO se entiende en principio por recaer en quien por cerca de 25 años hizo campaña electoral ininterrumpida, presentándose ante la sociedad como disruptivo, como diferente, como honesto, como justiciero contra todos los que dañaron al pueblo –y no estaban junto a el entre sus filas-; se entiende también por ser indiscutiblemente diferente a las ultimas generaciones de políticos, que de cualquier partido parecían confeccionados bajo el mismo molde, con el mismo patrón de conducta, discursos similares y perversidades equivalentes. Enrique Alfaro se subió en el tren sin dirigirlo, se acomodó en la ola y procuró la percepción de que también él era diferente. Tras atajos mentales, el electorado local le concedió el beneficio de la duda.

Las fallas reiteradas de quienes antes de él nos gobernaron, abrió la mente de los electores y encontraron en los nuevos gobernantes, la respuesta a la inquietante pregunta de, ¿y ahora qué hacemos? Falló el rojo y el azul. El amarillo no existe, los demás no pintan. Si lo lógico no funcionó, vamos a votar por lo ilógico. Y así, el voto de castigo empoderó y legitimó, provocando renovación, frescura, novedad, más no talento, capacidad ni buen sentido en el estado que guardan nuestros gobiernos federal y estatal.

Se consume el tiempo de sus encargos y no parecen dar señales objetivas de que son mejores gobernando. Si tuvieron razón en lo que argumentaron del pasado. El hartazgo popular era evidente, real, se podía tocar, se sentía por todos lados. Indudablemente López y Alfaro, Alfaro y López, fueron los mejores candidatos. Lo hicieron sumamente bien. Ahora quizá los mexicanos entendamos lo que es la democracia y tomemos la lección de que los mejores candidatos no significa que serán los mejores gobernando. Hacer campaña es espectáculo, es show, es fiesta; gobernar es un conflicto permanente, un dilema constante, un laberinto muchas veces sin salida. Hay quienes sirven para hacer campaña, pero cuando ganen, deberían de rodearse de los que saben gobernar.

El sexenio es una joya de nuestra democracia. Ciclos cortos, oportunidades para dirigir y reorientar al gobierno, corregir e impulsar políticas públicas, a sabiendas de que durara 6 años con elección intermedia incluida y la ventana de la revocación del mandato rondando para terminar anticipadamente el mandato popular en caso de descarrillarse en el camino.

Al parecer, nuestra sociedad cambió, pero los políticos no. El vapor empieza a acumularse y la presión social buscara salida, de no corregir su rumbo y sorprendernos dando resultados mucho mejor que como lo han hecho.


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