/ domingo 6 de octubre de 2019

La otra crisis, la de credibilidad



Óscar Ábrego

Jalisco, como nunca en su historia, atraviesa por una serie de crisis que han deteriorado el convivio colectivo. Lo perturbador de esto, es que en buena medida, el gobierno estatal y la mayoría de los legisladores, contribuyen –ya no sabemos si de manera intencional- con el debilitamiento de las instituciones y el enojo social que se siente y escucha en las calles.

Mientras que por un lado tenemos a funcionarios incompetentes y distantes, por el otro, vemos cómo una gavilla de diputados atiende agendas que nada tienen que ver con los reclamos más sensibles de la gente, y por si fuera poco, en el ambiente se percibe un halo de corrupción que ya supera –con mucho- la percepción de descomposición que se dio en el sexenio de Emilio González Márquez.

Es decir, en apenas diez meses, esta administración perdió lo único que no debía perder tan pronto: la credibilidad. Y con ello, la confianza del gran electorado y la población en general.

El tema se vuelve más complejo, si analizamos las consecuencias de que el alfarismo transite por una ruta que no conecta con las vías por las que andan las familias jaliscienses. Es notorio que la clase gubernamental de hoy está más atenta a las grandes transacciones que a las necesidades del pueblo. De hecho, si se observa con atención qué hay detrás de cada una de las licitaciones, siempre tendremos la sensación de que hay alguien que se lleva una tajada del contrato, por más que se hagan anuncios espectaculares de transparencia y rendición de cuentas.

El irreversible estado en que se encuentra esta gestión, es que luego de darse a conocer el negociazo del programa “A toda máquina”, como la obsesiva intención por concretar la venta de la Villa Panamericana, es poco menos que imposible que desde el gabinete haya quien se atreva a pronunciar la palabra honestidad. Así pues, sin la calidad moral para usufructuar este valor universal, el régimen naranja estará bajo sospecha de modo permanente.

Es en esta tesitura, que entonces debemos sumar a las de seguridad y salud, la crisis de credibilidad, ésta como causa de la soberbia y la torpeza en el quehacer público de los emecistas. La impericia para combatir la violencia y la epidemia del dengue, confirman esta aseveración.

El agravio consiste en que este gobierno trabaja para sí mismo, no para beneficio de la ciudad y las regiones. Estamos de nuevo ante una generación que es presa de las fauces del egocentrismo y los placeres banales. Lo que le importa son sus apetitos de gloria; lo demás se vuelve intrascendente porque no forma parte de su vocación primordial. Sus intereses resultan incompatibles con el sufrimiento de una madre que llora por la desaparición de su hija, ya que en varias secretarías y direcciones la mirada está puesta sobre la pareja en turno, no en los problemas de la comunidad.

Por ello, es conveniente que algunos integrantes del primer cerco del ingeniero Enrique Alfaro entiendan algo. Gobernar no es igual que una carrera de autos, como lo suponen. Es falso que la premisa que dice “no importa cómo inicie, sino cómo termine”, aplica para los asuntos del poder ejecutivo.

Y es que la experiencia nos ha enseñado que cuando un gobierno comienza mal, concluye peor.





Óscar Ábrego

Jalisco, como nunca en su historia, atraviesa por una serie de crisis que han deteriorado el convivio colectivo. Lo perturbador de esto, es que en buena medida, el gobierno estatal y la mayoría de los legisladores, contribuyen –ya no sabemos si de manera intencional- con el debilitamiento de las instituciones y el enojo social que se siente y escucha en las calles.

Mientras que por un lado tenemos a funcionarios incompetentes y distantes, por el otro, vemos cómo una gavilla de diputados atiende agendas que nada tienen que ver con los reclamos más sensibles de la gente, y por si fuera poco, en el ambiente se percibe un halo de corrupción que ya supera –con mucho- la percepción de descomposición que se dio en el sexenio de Emilio González Márquez.

Es decir, en apenas diez meses, esta administración perdió lo único que no debía perder tan pronto: la credibilidad. Y con ello, la confianza del gran electorado y la población en general.

El tema se vuelve más complejo, si analizamos las consecuencias de que el alfarismo transite por una ruta que no conecta con las vías por las que andan las familias jaliscienses. Es notorio que la clase gubernamental de hoy está más atenta a las grandes transacciones que a las necesidades del pueblo. De hecho, si se observa con atención qué hay detrás de cada una de las licitaciones, siempre tendremos la sensación de que hay alguien que se lleva una tajada del contrato, por más que se hagan anuncios espectaculares de transparencia y rendición de cuentas.

El irreversible estado en que se encuentra esta gestión, es que luego de darse a conocer el negociazo del programa “A toda máquina”, como la obsesiva intención por concretar la venta de la Villa Panamericana, es poco menos que imposible que desde el gabinete haya quien se atreva a pronunciar la palabra honestidad. Así pues, sin la calidad moral para usufructuar este valor universal, el régimen naranja estará bajo sospecha de modo permanente.

Es en esta tesitura, que entonces debemos sumar a las de seguridad y salud, la crisis de credibilidad, ésta como causa de la soberbia y la torpeza en el quehacer público de los emecistas. La impericia para combatir la violencia y la epidemia del dengue, confirman esta aseveración.

El agravio consiste en que este gobierno trabaja para sí mismo, no para beneficio de la ciudad y las regiones. Estamos de nuevo ante una generación que es presa de las fauces del egocentrismo y los placeres banales. Lo que le importa son sus apetitos de gloria; lo demás se vuelve intrascendente porque no forma parte de su vocación primordial. Sus intereses resultan incompatibles con el sufrimiento de una madre que llora por la desaparición de su hija, ya que en varias secretarías y direcciones la mirada está puesta sobre la pareja en turno, no en los problemas de la comunidad.

Por ello, es conveniente que algunos integrantes del primer cerco del ingeniero Enrique Alfaro entiendan algo. Gobernar no es igual que una carrera de autos, como lo suponen. Es falso que la premisa que dice “no importa cómo inicie, sino cómo termine”, aplica para los asuntos del poder ejecutivo.

Y es que la experiencia nos ha enseñado que cuando un gobierno comienza mal, concluye peor.



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