José Luis Cuéllar De Dios

  / jueves 1 de agosto de 2019

La huella de su ejemplo

En estos malhadados y violentos tiempos, de pronto se percibe un halo de esperanza al enterarse de las obras de solidaridad de seres portadores de una aureola de intensa luminosidad que entregan su vida y sus afanes en bien del prójimo.

Tales son los casos de la joven pakistaní Malala Yousafzai---23 años---y del ya maduro indio Kailash Satyaharti---67 años---quienes, por su importante y generosa labor filantrópica en beneficio de los niños y jóvenes, fueron galardonados con el premio Nobel de la Paz 2014 considerando su labor en la búsqueda e implementación de políticas globales que les reporten beneficios tanto en su acceso a la educación como en su seguridad física y desarrollo. Lo más importante es que dichas obras no solo han permanecido sino que han logrado ampliarse y tomarse como ejemplo.

De pronto el veleidoso destino puso en el concierto mundial de la fama a dos personajes con marcadas diferencias: edades, origen, creencias religiosas y genero pero con una admirable y agradecible coincidencia: su profundo sentido humanitario; vaya paradoja: mientras que la Academia de Suecia informaba a los dos premios Nobel de su merecido reconocimiento hace ya cinco años, los combates entre milicias de sus dos países se recrudecían y causaban muerte y destrucción.

Recordemos que Malala fue objeto de una severa agresión que casi le cuesta la vida, con todo y eso decidió seguir su lucha “por el derecho de todos los menores a la educación”, educación que bien sabe la pakistaní es la que concede la diferencia entre callar o decir. Kailash por su parte, ha venido trabajando, desde hace 40 años “en contra de la opresión de los niños y jóvenes”.

El trabajo obsesivo y fascinante de ambos personajes está dirigido a sectores sociales que han vivido sometidos a tratos crueles e inhumanos; niños y jóvenes que en los inicios de su vida ya muestran en sus rostros las llagas del oprobio; ahí está la jovencita Malala y el indio Kailash empeñados en construir auténticos horizontes a grupos altamente vulnerables para los que todo apoyo es poco. El mensaje que mandan al mundo es, justicia y solidaridad para los niños y jóvenes, solo así la humanidad podrá caminar sin el rostro lleno de vergüenza. Cuantos atributos se requieren para llevar a cabo la labor que hacen estos ejemplares seres humanos, solo diligencia, cuidado, eficacia, sinceridad, pero sobre todo una clara conciencia de que el abandono de los niños y jóvenes es el primer paso a la descomposición moral, como la que vivimos ahora mismo en nuestro maltratado país.

Dos seres extraordinariamente caritativos con mucho de virtuosismo que nos hacen alimentar esperanzas con todo y que grupos radicales pakistaníes hayan amenazado de muerte a Malala. Con tales ejemplos, a pregunta es obligada ¿cuándo y cuantos ejemplos como los de estos dos personajes, Malala y Kailash, aparecerán en el horizonte de nuestro país tomando en cuenta que vivimos una severa crisis para la que se requiere hacer lo necesario, no lo imposible?

En estos malhadados y violentos tiempos, de pronto se percibe un halo de esperanza al enterarse de las obras de solidaridad de seres portadores de una aureola de intensa luminosidad que entregan su vida y sus afanes en bien del prójimo.

Tales son los casos de la joven pakistaní Malala Yousafzai---23 años---y del ya maduro indio Kailash Satyaharti---67 años---quienes, por su importante y generosa labor filantrópica en beneficio de los niños y jóvenes, fueron galardonados con el premio Nobel de la Paz 2014 considerando su labor en la búsqueda e implementación de políticas globales que les reporten beneficios tanto en su acceso a la educación como en su seguridad física y desarrollo. Lo más importante es que dichas obras no solo han permanecido sino que han logrado ampliarse y tomarse como ejemplo.

De pronto el veleidoso destino puso en el concierto mundial de la fama a dos personajes con marcadas diferencias: edades, origen, creencias religiosas y genero pero con una admirable y agradecible coincidencia: su profundo sentido humanitario; vaya paradoja: mientras que la Academia de Suecia informaba a los dos premios Nobel de su merecido reconocimiento hace ya cinco años, los combates entre milicias de sus dos países se recrudecían y causaban muerte y destrucción.

Recordemos que Malala fue objeto de una severa agresión que casi le cuesta la vida, con todo y eso decidió seguir su lucha “por el derecho de todos los menores a la educación”, educación que bien sabe la pakistaní es la que concede la diferencia entre callar o decir. Kailash por su parte, ha venido trabajando, desde hace 40 años “en contra de la opresión de los niños y jóvenes”.

El trabajo obsesivo y fascinante de ambos personajes está dirigido a sectores sociales que han vivido sometidos a tratos crueles e inhumanos; niños y jóvenes que en los inicios de su vida ya muestran en sus rostros las llagas del oprobio; ahí está la jovencita Malala y el indio Kailash empeñados en construir auténticos horizontes a grupos altamente vulnerables para los que todo apoyo es poco. El mensaje que mandan al mundo es, justicia y solidaridad para los niños y jóvenes, solo así la humanidad podrá caminar sin el rostro lleno de vergüenza. Cuantos atributos se requieren para llevar a cabo la labor que hacen estos ejemplares seres humanos, solo diligencia, cuidado, eficacia, sinceridad, pero sobre todo una clara conciencia de que el abandono de los niños y jóvenes es el primer paso a la descomposición moral, como la que vivimos ahora mismo en nuestro maltratado país.

Dos seres extraordinariamente caritativos con mucho de virtuosismo que nos hacen alimentar esperanzas con todo y que grupos radicales pakistaníes hayan amenazado de muerte a Malala. Con tales ejemplos, a pregunta es obligada ¿cuándo y cuantos ejemplos como los de estos dos personajes, Malala y Kailash, aparecerán en el horizonte de nuestro país tomando en cuenta que vivimos una severa crisis para la que se requiere hacer lo necesario, no lo imposible?

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