Francisco García Pimentel

  / jueves 9 de agosto de 2018

La historia de las naranjas

Por Francisco García Pimentel


Juan trabajaba en una empresa desde hace dos años. Siempre fue muy serio, dedicado y cumplidor con sus obligaciones. Llegaba siempre muy puntual y estaba orgulloso de que en un año no había recibido amonestación alguna.

Cierto día, buscó al gerente para hacerle un reclamo: “Señor, trabajo en la empresa desde hace dos años con bastante esfuerzo y estoy muy a gusto con mi puesto, pero siento que se me ha tratado con cierta injusticia. Fernando, mi compañero, ingresó a un puesto igual que el mío apenas hace seis meses y ya se le ha promovido a supervisor”

El gerente respondió: “Juan, mientras resolvemos esto, quisiera pedirte que me ayudes a solucionar un problema. Quiero dar fruta al personal para la sobremesa del almuerzo de hoy. Averigua si tienen naranjas en la bodega de la esquina”.

Juan se esmeró en cumplir con el encargo y en solo cinco minutos estaba de vuelta. El gerente le pregunto:

- Juan, ¿qué averiguaste?

- Señor, sí tienen naranjas a la venta.

- ¿Y cuánto cuestan?

Juan respondió:

- Ah, no pregunté eso.

- Ok, pero ¿viste si tenían suficientes naranjas para todo el personal?

- Tampoco pregunté eso, señor.

- Ok, ¿hay alguna fruta que pueda sustituir a la naranja?

- No sé, señor, pero creo…

- Bueno –dijo el gerente- no te preocupes. Siéntate un momento por favor.

El gerente tomó el teléfono y mandó a llamar a Fernando. Cuando se presentó, le dio las mismas instrucciones que Juan, y a los diez minutos estaba de vuelta.

- Señor, tienen naranjas para todo el personal; y si lo prefiere, también tienen plátano, papaya, melón y mango. La naranja está a $10 pesos el kilo, el plátano a $12, la papaya y el melón a $13; y me dicen que si compramos por mayoreo, nos dan descuento del 8%. He dejado apartada la naranja, pero si usted elije otra fruta debo de regresar para recoger el pedido.

- Muchas gracias, Fernando –dijo el gerente-, pero espera un momento.

Y volteando de nuevo con Juan, le preguntó:

- Entonces, Juan ¿qué me decías?

- Este, mmm, nada señor, eso es todo. Muchísimas gracias y con su permiso.

Juan se retiró. Y tú… ¿has hecho hoy tu mejor trabajo con inteligencia, o nada más con ganas? Por esto mismo, haz siempre tu mejor esfuerzo aún en las tareas más sencillas, sé curioso y apasiónate con lo que haces, ya que de otra forma nadie te confiará las tareas de mayor importancia >>.

Ese era el texto, y lo guardé en el cajón de mi escritorio, para casi olvidarlo.

Poco tiempo después, un compañero de trabajo me hizo el mismo comentario: “llevo ya tres años trabajando aquí, pero no me han subido el sueldo ni me han promovido. Otros que llegaron después han corrido con mejor suerte… ¿Y a mí cuándo me toca?”

Yo sonreí, abrí mi cajón y le di el texto. En esta vida nada “nos toca”; ni nada nos merecemos; ni nadie nos premiará solamente por cumplir. Hay que abrir los ojos, dar el kilómetro extra y servir a los demás con pasión y creatividad. La diferencia entre alguien con éxito y alguien que se quedó atorado suele ser, sencillamente, que el exitoso supo ver más allá de las naranjas.


@franciscogpr


Por Francisco García Pimentel


Juan trabajaba en una empresa desde hace dos años. Siempre fue muy serio, dedicado y cumplidor con sus obligaciones. Llegaba siempre muy puntual y estaba orgulloso de que en un año no había recibido amonestación alguna.

Cierto día, buscó al gerente para hacerle un reclamo: “Señor, trabajo en la empresa desde hace dos años con bastante esfuerzo y estoy muy a gusto con mi puesto, pero siento que se me ha tratado con cierta injusticia. Fernando, mi compañero, ingresó a un puesto igual que el mío apenas hace seis meses y ya se le ha promovido a supervisor”

El gerente respondió: “Juan, mientras resolvemos esto, quisiera pedirte que me ayudes a solucionar un problema. Quiero dar fruta al personal para la sobremesa del almuerzo de hoy. Averigua si tienen naranjas en la bodega de la esquina”.

Juan se esmeró en cumplir con el encargo y en solo cinco minutos estaba de vuelta. El gerente le pregunto:

- Juan, ¿qué averiguaste?

- Señor, sí tienen naranjas a la venta.

- ¿Y cuánto cuestan?

Juan respondió:

- Ah, no pregunté eso.

- Ok, pero ¿viste si tenían suficientes naranjas para todo el personal?

- Tampoco pregunté eso, señor.

- Ok, ¿hay alguna fruta que pueda sustituir a la naranja?

- No sé, señor, pero creo…

- Bueno –dijo el gerente- no te preocupes. Siéntate un momento por favor.

El gerente tomó el teléfono y mandó a llamar a Fernando. Cuando se presentó, le dio las mismas instrucciones que Juan, y a los diez minutos estaba de vuelta.

- Señor, tienen naranjas para todo el personal; y si lo prefiere, también tienen plátano, papaya, melón y mango. La naranja está a $10 pesos el kilo, el plátano a $12, la papaya y el melón a $13; y me dicen que si compramos por mayoreo, nos dan descuento del 8%. He dejado apartada la naranja, pero si usted elije otra fruta debo de regresar para recoger el pedido.

- Muchas gracias, Fernando –dijo el gerente-, pero espera un momento.

Y volteando de nuevo con Juan, le preguntó:

- Entonces, Juan ¿qué me decías?

- Este, mmm, nada señor, eso es todo. Muchísimas gracias y con su permiso.

Juan se retiró. Y tú… ¿has hecho hoy tu mejor trabajo con inteligencia, o nada más con ganas? Por esto mismo, haz siempre tu mejor esfuerzo aún en las tareas más sencillas, sé curioso y apasiónate con lo que haces, ya que de otra forma nadie te confiará las tareas de mayor importancia >>.

Ese era el texto, y lo guardé en el cajón de mi escritorio, para casi olvidarlo.

Poco tiempo después, un compañero de trabajo me hizo el mismo comentario: “llevo ya tres años trabajando aquí, pero no me han subido el sueldo ni me han promovido. Otros que llegaron después han corrido con mejor suerte… ¿Y a mí cuándo me toca?”

Yo sonreí, abrí mi cajón y le di el texto. En esta vida nada “nos toca”; ni nada nos merecemos; ni nadie nos premiará solamente por cumplir. Hay que abrir los ojos, dar el kilómetro extra y servir a los demás con pasión y creatividad. La diferencia entre alguien con éxito y alguien que se quedó atorado suele ser, sencillamente, que el exitoso supo ver más allá de las naranjas.


@franciscogpr


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