Editorial Editorial

  / lunes 15 de julio de 2019

Inseguridad, desconfianza y tejido social

CARLOS ANGUIANO ZAMUDIO

La tormenta desbordada de las consecuencias producidas por la inseguridad pública nos está nublando la vida cotidiana. Hoy en Jalisco, la inseguridad pública esta convertido en el tema principal de las conversaciones cotidianas. Prácticamente nos afecta y nos preocupa a todos. Esta situación se extiende por el territorio nacional, lamentablemente.

Nuestra sociedad está cambiando forzosamente de hábitos de traslado, protección personal y familiar, cuidado de la vivienda y de los bienes, actividades sociales e incluso hábitos de consumo. Estamos presenciando como emerge una cultura reactiva basada en el miedo, en la desconfianza, en la reducción del entorno y una convivencia social estrecha y complicada. Es tan clara la definición del problema mayor de nuestras vidas, que la inseguridad pública invadió a todos los estratos económicos y ha logrado un lamentable sitio principal consolidado en la mente de los ciudadanos en respuesta ante la pregunta de ¿Qué es lo peor del lugar en el que vives?

En él área metropolitana de Guadalajara, la inseguridad va en aumento. La tranquilidad familiar se reduce y la confianza en la policía es baja, similar a la que se tiene por los sindicatos, por debajo de los banqueros. Nuestra sociedad está rota. Paradójicamente, la población confía aún más en los policías que en sus legisladores, en sus gobiernos municipales y estatales, que son los menos confiables entre las instituciones de nuestra sociedad. (Encuesta de Confianza en las Instituciones 2018, visible en www.consulta.mx).

Esta situación, a nadie conviene y debemos lograr revertirla, toda vez que se ha vuelto crónica y a pesar de ello, puede causar estragos aún más destructivos, degenerando a nuestra sociedad, dando origen a múltiples problemas entre la relación entre gobernados y gobernantes. Por ello debemos ocuparnos en acciones incluyentes, sistemáticas, multilaterales, inmediatas y permanentes para combatir este padecimiento social, sus causas y sus consecuencias.

Además de combatir a la inseguridad pública, es impostergable que los gobiernos municipales, estatal y federal, impulsen políticas públicas transversales que revivan el sentido de identidad, promuevan la pertenencia entre los ciudadanos. Se han perdido costumbres, tradiciones, cultura. Nuestros rasgos provincianos poco a poco se esfuman por la frenética vida metropolitana.

Cada vez hay más habitantes en esta gran urbe y cada vez vivimos más aislados, sin convivencia, acelerados, inseguros, malhumorados. El tejido social tarda años en sanar. Requiere intervención del gobierno y estimular la participación activa vecinal. Es un buen momento para impulsar este tipo de acciones aprovechando que no hay elecciones próximas.

La gran deuda es abatir la delincuencia y recuperar nuestra seguridad pública, pero la gran apuesta de nuestros gobiernos es generar confianza, despertar conciencia, activar a los ciudadanos en la protección y mejora del lugar en el que viven y arrancar proyectos de mediano y largo plazo que signifiquen solidaridad, colaboración, corresponsabilidad y trabajo colectivo en la construcción del bienestar de las familias tapatías.

Varias generaciones de jaliscienses han sido afectadas y comprometidas por la inseguridad pública. Se deben aplicar ya medidas estratégicas que reviertan esta situación propiciando mejora inmediata pero con firme visión de largo plazo, para sanar a nuestra sociedad. Inculcación de cultura de paz, transmisión de valores, de principios, comunicación masiva de ejemplos, de casos de éxito, de buenas prácticas, emprender acciones tripartitas entre comunidad, sector privado y gobiernos deben ser incluidas en las políticas públicas y el ejercicio del poder público de nuestros gobernantes como prioridad.


www.inteligenciapolitica.org

CARLOS ANGUIANO ZAMUDIO

La tormenta desbordada de las consecuencias producidas por la inseguridad pública nos está nublando la vida cotidiana. Hoy en Jalisco, la inseguridad pública esta convertido en el tema principal de las conversaciones cotidianas. Prácticamente nos afecta y nos preocupa a todos. Esta situación se extiende por el territorio nacional, lamentablemente.

Nuestra sociedad está cambiando forzosamente de hábitos de traslado, protección personal y familiar, cuidado de la vivienda y de los bienes, actividades sociales e incluso hábitos de consumo. Estamos presenciando como emerge una cultura reactiva basada en el miedo, en la desconfianza, en la reducción del entorno y una convivencia social estrecha y complicada. Es tan clara la definición del problema mayor de nuestras vidas, que la inseguridad pública invadió a todos los estratos económicos y ha logrado un lamentable sitio principal consolidado en la mente de los ciudadanos en respuesta ante la pregunta de ¿Qué es lo peor del lugar en el que vives?

En él área metropolitana de Guadalajara, la inseguridad va en aumento. La tranquilidad familiar se reduce y la confianza en la policía es baja, similar a la que se tiene por los sindicatos, por debajo de los banqueros. Nuestra sociedad está rota. Paradójicamente, la población confía aún más en los policías que en sus legisladores, en sus gobiernos municipales y estatales, que son los menos confiables entre las instituciones de nuestra sociedad. (Encuesta de Confianza en las Instituciones 2018, visible en www.consulta.mx).

Esta situación, a nadie conviene y debemos lograr revertirla, toda vez que se ha vuelto crónica y a pesar de ello, puede causar estragos aún más destructivos, degenerando a nuestra sociedad, dando origen a múltiples problemas entre la relación entre gobernados y gobernantes. Por ello debemos ocuparnos en acciones incluyentes, sistemáticas, multilaterales, inmediatas y permanentes para combatir este padecimiento social, sus causas y sus consecuencias.

Además de combatir a la inseguridad pública, es impostergable que los gobiernos municipales, estatal y federal, impulsen políticas públicas transversales que revivan el sentido de identidad, promuevan la pertenencia entre los ciudadanos. Se han perdido costumbres, tradiciones, cultura. Nuestros rasgos provincianos poco a poco se esfuman por la frenética vida metropolitana.

Cada vez hay más habitantes en esta gran urbe y cada vez vivimos más aislados, sin convivencia, acelerados, inseguros, malhumorados. El tejido social tarda años en sanar. Requiere intervención del gobierno y estimular la participación activa vecinal. Es un buen momento para impulsar este tipo de acciones aprovechando que no hay elecciones próximas.

La gran deuda es abatir la delincuencia y recuperar nuestra seguridad pública, pero la gran apuesta de nuestros gobiernos es generar confianza, despertar conciencia, activar a los ciudadanos en la protección y mejora del lugar en el que viven y arrancar proyectos de mediano y largo plazo que signifiquen solidaridad, colaboración, corresponsabilidad y trabajo colectivo en la construcción del bienestar de las familias tapatías.

Varias generaciones de jaliscienses han sido afectadas y comprometidas por la inseguridad pública. Se deben aplicar ya medidas estratégicas que reviertan esta situación propiciando mejora inmediata pero con firme visión de largo plazo, para sanar a nuestra sociedad. Inculcación de cultura de paz, transmisión de valores, de principios, comunicación masiva de ejemplos, de casos de éxito, de buenas prácticas, emprender acciones tripartitas entre comunidad, sector privado y gobiernos deben ser incluidas en las políticas públicas y el ejercicio del poder público de nuestros gobernantes como prioridad.


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