/ viernes 29 de mayo de 2020

Hacinamiento urbano: ¿problema o solución?

El concepto de hacinamiento no es nuevo, de hecho el interés primigenio de los seres humanos nos ha llevado a atiborrar las viviendas desde la caverna hasta el rascacielos multifamiliar. En ese contexto histórico se entrelazan académicos de la sociocrítica urbana como el español Manuel Castells y de la psicología conductista Iván Pavlov, este último quien aportó la experimentación en laboratorio a partir del amontonamiento de los seres vivos y su autodestrucción cuando no existe una programación instintiva para la colaboración colectiva y la solidaridad.

Ese instinto primitivo es lo que nos lleva a la agresividad en el confinamiento y explica el crecimiento exponencial de la agresividad intrafamiliar y doméstica denunciadas en esta pandemia, representativa también, de los índices de criminalidad conocidos por todos en los barrios marginados y expulsados de los primeros cuadros en la ciudad latinoamericana o industrial de cualquier parte del mundo.

Sin embargo, a México llegó la arquitectura y el urbanismo modernos con una experiencia original diferente, cuando el extraordinario arquitecto jalisciense Alejandro Zohn Rosenthal propuso una arquitectura para la democracia, e hizo magníficos multifamiliares en Guadalajara. Sólo intentó consecuentar el funcionalismo desarrollado por Walter Gropius como la necesidad consecuente a la reconstrucción de las principales ciudades europeas devastadas en la primera y segunda guerras mundiales. Ciudades enteras fueron totalmente borradas de los mapas edificativos como pude personalmente comprobarlo luego de su increíble reconstrucción, como Varsovia, Berlín, San Petersburgo, Paris, Tokio, Moscú y Londres, epicentros de los mutuos propósitos de destrucción masiva del siglo pasado. A tal grado que debieron ser reconstruidas, con los primeros multifamiliares que debían dotar de vivienda a millones de familias, víctimas de esa devastación.

Ese concepto de “existensium minimum” del arquitecto Gropius simbolizó prácticamente el inicio del Movimiento Moderno en la arquitectura y el urbanismo y nos dotó, a la humanidad entera, de una solución práctica y accesible pero hoy defenestrada por otros flagelos no sólo de la emergencia sanitaria sino principalmente de la desigualdad y pobreza inherentes al capitalismo subdesarrollado.

Es decir, no es lo mismo un edificio de viviendas colectivas o multifamiliares en cualquiera de esas ciudades del primer mundo, cuando sus habitantes cuentan con plazas, parques, zonas arboladas; bibliotecas y universidades además de centros escolares para todos los niveles, así como centros de abasto estratégicamente construidos para la accesibilidad de todos los ciudadanos y una vida comunitaria que contrasta con nuestros barrios hacinados, marginados y expulsados lejos de nuestros magníficos centros urbanos ampliamente rebasados en las zonas metropolitanas de Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey, Cuernavaca y Puebla, sólo por mencionar algunos.

No obstante, en un país donde la planeación urbana sólo es teoría en la formación universitaria de arquitectos y urbanistas, la realidad concreta se identifica por una “gentrificación”, es decir expulsión de los barrios tradicionales hacia la periferia o frente a los extraordinarios fraccionamientos de la alta rentabilidad inmobiliaria, donde subyace una realidad especulativa y corrupta de los tres niveles de gobierno, se reconozca o no.

O cuando menos, ese es el panorama insultante que cada vez aparece más en ciudades medias jaliscienses de alto índice de crecimiento como Puerto Vallarta, Tepic, Tepatitlán, Zapotlanejo y Ocotlán, sólo por mencionar algunas. ¿Quién detendrá ese desordenado crecimiento?

Académico del CUAAD de la Universidad de Guadalajara

carlosm_orozco@hotmail.com

El concepto de hacinamiento no es nuevo, de hecho el interés primigenio de los seres humanos nos ha llevado a atiborrar las viviendas desde la caverna hasta el rascacielos multifamiliar. En ese contexto histórico se entrelazan académicos de la sociocrítica urbana como el español Manuel Castells y de la psicología conductista Iván Pavlov, este último quien aportó la experimentación en laboratorio a partir del amontonamiento de los seres vivos y su autodestrucción cuando no existe una programación instintiva para la colaboración colectiva y la solidaridad.

Ese instinto primitivo es lo que nos lleva a la agresividad en el confinamiento y explica el crecimiento exponencial de la agresividad intrafamiliar y doméstica denunciadas en esta pandemia, representativa también, de los índices de criminalidad conocidos por todos en los barrios marginados y expulsados de los primeros cuadros en la ciudad latinoamericana o industrial de cualquier parte del mundo.

Sin embargo, a México llegó la arquitectura y el urbanismo modernos con una experiencia original diferente, cuando el extraordinario arquitecto jalisciense Alejandro Zohn Rosenthal propuso una arquitectura para la democracia, e hizo magníficos multifamiliares en Guadalajara. Sólo intentó consecuentar el funcionalismo desarrollado por Walter Gropius como la necesidad consecuente a la reconstrucción de las principales ciudades europeas devastadas en la primera y segunda guerras mundiales. Ciudades enteras fueron totalmente borradas de los mapas edificativos como pude personalmente comprobarlo luego de su increíble reconstrucción, como Varsovia, Berlín, San Petersburgo, Paris, Tokio, Moscú y Londres, epicentros de los mutuos propósitos de destrucción masiva del siglo pasado. A tal grado que debieron ser reconstruidas, con los primeros multifamiliares que debían dotar de vivienda a millones de familias, víctimas de esa devastación.

Ese concepto de “existensium minimum” del arquitecto Gropius simbolizó prácticamente el inicio del Movimiento Moderno en la arquitectura y el urbanismo y nos dotó, a la humanidad entera, de una solución práctica y accesible pero hoy defenestrada por otros flagelos no sólo de la emergencia sanitaria sino principalmente de la desigualdad y pobreza inherentes al capitalismo subdesarrollado.

Es decir, no es lo mismo un edificio de viviendas colectivas o multifamiliares en cualquiera de esas ciudades del primer mundo, cuando sus habitantes cuentan con plazas, parques, zonas arboladas; bibliotecas y universidades además de centros escolares para todos los niveles, así como centros de abasto estratégicamente construidos para la accesibilidad de todos los ciudadanos y una vida comunitaria que contrasta con nuestros barrios hacinados, marginados y expulsados lejos de nuestros magníficos centros urbanos ampliamente rebasados en las zonas metropolitanas de Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey, Cuernavaca y Puebla, sólo por mencionar algunos.

No obstante, en un país donde la planeación urbana sólo es teoría en la formación universitaria de arquitectos y urbanistas, la realidad concreta se identifica por una “gentrificación”, es decir expulsión de los barrios tradicionales hacia la periferia o frente a los extraordinarios fraccionamientos de la alta rentabilidad inmobiliaria, donde subyace una realidad especulativa y corrupta de los tres niveles de gobierno, se reconozca o no.

O cuando menos, ese es el panorama insultante que cada vez aparece más en ciudades medias jaliscienses de alto índice de crecimiento como Puerto Vallarta, Tepic, Tepatitlán, Zapotlanejo y Ocotlán, sólo por mencionar algunas. ¿Quién detendrá ese desordenado crecimiento?

Académico del CUAAD de la Universidad de Guadalajara

carlosm_orozco@hotmail.com

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