Enrique Velázquez González

  / jueves 14 de noviembre de 2019

Evo Morales: ni bueno ni malo

Durante los últimos meses, y me atrevería a decir que, durante los últimos años, los mexicanos queremos ver todo negro o blanco, olvidando que existen los grises. Así ha ocurrido con el tema de Evo Morales y Bolivia, por un lado, están quienes festejan el golpe de Estado, que Evo haya tenido que salir huyendo de su país y critican que México haya ofrecido asilo; por otro están quienes lo defienden a capa y espada sin señalar el fraude electoral que cometió. En los países de América Latina las dictaduras y los golpes de Estado forman parte importante de la historia, por ello comprender un poco más sobre estos fenómenos ayudará a entender que en este caso el tema tiene matices y es necesario establecerlos.

Evo Morales cumplió tres periodos como presidente de Bolivia, la Constitución de ese país no permite una reelección más, sin embargo, el ahora expresidente llamó a elecciones en octubre pasado, en las que se postuló nuevamente y se proclamó ganador en medio de irregularidades en el conteo de los votos. Estoy de acuerdo en que estas acciones son indefendibles, quienes no estamos de acuerdo con el golpe de Estado también debemos criticar prácticas antidemocráticas como estas, es deber de todos cuidar los procesos electorales que a lo largo de décadas nos ha costado construir en los países latinoamericanos.

Por otro lado, tampoco podemos decir que lo sucedido no es un golpe de Estado, porque un comandante de las Fuerzas Armadas no “recomienda” la dimisión de su presidente de manera explícita solo para desbloquear la crisis política; un presidente y su familia no reciben amenazas y no tiene que salir huyendo de su país si lo que está viviendo no es verdaderamente violento y pone en riesgo su vida. Ante esto, la respuesta del gobierno mexicano no podía ser otra. Ofrecer asilo político es una tradición de nuestra política exterior, cumple con nuestra Constitución, con tratados y convenciones internacionales que México ha firmado a lo largo de su historia, además de ser un gesto humanitario y de respeto a los derechos humanos que tanta falta nos hace en todo el mundo.

Sucesos como este nos ayudan a entender que los fenómenos políticos y sociales requieren estudiarlos, revisar la historia y los contextos donde se desenvuelven para tener la mayor objetividad posible y no juzgar como bueno o malo las actuaciones de un personaje que más bien se encuentra entre los grises.

Durante los últimos meses, y me atrevería a decir que, durante los últimos años, los mexicanos queremos ver todo negro o blanco, olvidando que existen los grises. Así ha ocurrido con el tema de Evo Morales y Bolivia, por un lado, están quienes festejan el golpe de Estado, que Evo haya tenido que salir huyendo de su país y critican que México haya ofrecido asilo; por otro están quienes lo defienden a capa y espada sin señalar el fraude electoral que cometió. En los países de América Latina las dictaduras y los golpes de Estado forman parte importante de la historia, por ello comprender un poco más sobre estos fenómenos ayudará a entender que en este caso el tema tiene matices y es necesario establecerlos.

Evo Morales cumplió tres periodos como presidente de Bolivia, la Constitución de ese país no permite una reelección más, sin embargo, el ahora expresidente llamó a elecciones en octubre pasado, en las que se postuló nuevamente y se proclamó ganador en medio de irregularidades en el conteo de los votos. Estoy de acuerdo en que estas acciones son indefendibles, quienes no estamos de acuerdo con el golpe de Estado también debemos criticar prácticas antidemocráticas como estas, es deber de todos cuidar los procesos electorales que a lo largo de décadas nos ha costado construir en los países latinoamericanos.

Por otro lado, tampoco podemos decir que lo sucedido no es un golpe de Estado, porque un comandante de las Fuerzas Armadas no “recomienda” la dimisión de su presidente de manera explícita solo para desbloquear la crisis política; un presidente y su familia no reciben amenazas y no tiene que salir huyendo de su país si lo que está viviendo no es verdaderamente violento y pone en riesgo su vida. Ante esto, la respuesta del gobierno mexicano no podía ser otra. Ofrecer asilo político es una tradición de nuestra política exterior, cumple con nuestra Constitución, con tratados y convenciones internacionales que México ha firmado a lo largo de su historia, además de ser un gesto humanitario y de respeto a los derechos humanos que tanta falta nos hace en todo el mundo.

Sucesos como este nos ayudan a entender que los fenómenos políticos y sociales requieren estudiarlos, revisar la historia y los contextos donde se desenvuelven para tener la mayor objetividad posible y no juzgar como bueno o malo las actuaciones de un personaje que más bien se encuentra entre los grises.

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