/ jueves 22 de agosto de 2019

Escalofrío inevitable

Entre las múltiples y sinceras amistades que he podido cultivar alrededor del mundo de la discapacidad, cuento con una que en especial le tengo gran afecto y admiración; se trata de un joven empresario a quien le ha ido maravillosamente bien en cuanto a negocios se refiere. Ernesto, de quien hablo, tiene cuatro hijos, entre ellos un varón de apenas nueve años que nació con parálisis cerebral severa.

De tal condición es esta discapacidad, que el pronóstico es un tanto desalentador: muchas terapias, constante atención, cuidado personal intensivo y pruebas médicas frecuentes, son algunas de las duras tareas que requiere el pequeño Ricardo. Así ha sido desde que nació y parece que así será su destino, por lo menos los siguientes años.

Desde que conozco a Ernesto y a su esposa he podido constatar la entrega, sin condiciones ni límites, que le han dado a su hijo. Hace unos días charlé con Ernesto y me comentó lleno de ilusiones que había encontrado en Estados Unidos una institución que le ofrecía todo tipo de cuidados y apoyos al pequeño Ricardo le aseguran estar al pendiente de sus terapias y de cualquier asunto referente a su salud física y mental, garantía ofrecida siempre y cuando internaran en forma permanente a su hijo; podrían visitarlo cuantas veces quisieran.

La dimensión y complejidad del tema me obligó a asumir la posición de simple oyente. Mi amigo dijo que ya había tomado la decisión de llevar a su hijo a dicha institución y que lo hacía tomando en consideración varias razones, siendo la principal salvar su matrimonio: la atención exigente y constante del pequeño había tensado la relación matrimonial y a punto estaba de romperse.

Luego Ernesto no sólo me pidió escucharlo sino además que le diera mi opinión. Dada la situación de privacidad que cada uno de estos escenarios presenta, sólo atiné a preguntarle que cómo se sentía, emocionalmente hablando, respecto a tan particular decisión. Fue sincero y me contesto que si bien por momentos, el voltear la mirada con su hijito Ricardo le conmovía, se resignaba y tomaba la decisión sin remordimiento: Tú sabes, me dijo, que durante nueve años hemos hecho todo lo que ha estado a nuestro alcance, viajes, incluso al extranjero, para escuchar otras opiniones que al fin del día han resultado infructuosos, han sido parte de los esfuerzos realizados en la búsqueda de alguna solución al caso de mi hijo. Ahora se trata, continuó diciendo, de la estabilidad familiar de poder atender a mi esposa y a mis otros tres hijos, por eso lo hago sintiendo que mi decisión es la búsqueda de una esperanza, además Andrés podrá contar con atenciones y un amparo confiable.

En la exposición de sus argumentos no se percibía ningún signo de ansiedad, es mas lo notaba contento. Insistió una vez más y me pregunto ¿Qué piensas? Ernesto, creo que cada uno de nosotros tenemos el inalienable derecho a vivir nuestra cercanía con la discapacidad como mejor nos parezca. Al final de cuentas se trata, le termine diciendo, de un asunto donde se debe conjugar, amorosamente, felicidad con justicia, además tu esposa esta de acuerdo.

Nota: Cuento con la aprobación de los personajes involucrados para publicar esta breve experiencia, los nombres son por supuesto ficticios.

Entre las múltiples y sinceras amistades que he podido cultivar alrededor del mundo de la discapacidad, cuento con una que en especial le tengo gran afecto y admiración; se trata de un joven empresario a quien le ha ido maravillosamente bien en cuanto a negocios se refiere. Ernesto, de quien hablo, tiene cuatro hijos, entre ellos un varón de apenas nueve años que nació con parálisis cerebral severa.

De tal condición es esta discapacidad, que el pronóstico es un tanto desalentador: muchas terapias, constante atención, cuidado personal intensivo y pruebas médicas frecuentes, son algunas de las duras tareas que requiere el pequeño Ricardo. Así ha sido desde que nació y parece que así será su destino, por lo menos los siguientes años.

Desde que conozco a Ernesto y a su esposa he podido constatar la entrega, sin condiciones ni límites, que le han dado a su hijo. Hace unos días charlé con Ernesto y me comentó lleno de ilusiones que había encontrado en Estados Unidos una institución que le ofrecía todo tipo de cuidados y apoyos al pequeño Ricardo le aseguran estar al pendiente de sus terapias y de cualquier asunto referente a su salud física y mental, garantía ofrecida siempre y cuando internaran en forma permanente a su hijo; podrían visitarlo cuantas veces quisieran.

La dimensión y complejidad del tema me obligó a asumir la posición de simple oyente. Mi amigo dijo que ya había tomado la decisión de llevar a su hijo a dicha institución y que lo hacía tomando en consideración varias razones, siendo la principal salvar su matrimonio: la atención exigente y constante del pequeño había tensado la relación matrimonial y a punto estaba de romperse.

Luego Ernesto no sólo me pidió escucharlo sino además que le diera mi opinión. Dada la situación de privacidad que cada uno de estos escenarios presenta, sólo atiné a preguntarle que cómo se sentía, emocionalmente hablando, respecto a tan particular decisión. Fue sincero y me contesto que si bien por momentos, el voltear la mirada con su hijito Ricardo le conmovía, se resignaba y tomaba la decisión sin remordimiento: Tú sabes, me dijo, que durante nueve años hemos hecho todo lo que ha estado a nuestro alcance, viajes, incluso al extranjero, para escuchar otras opiniones que al fin del día han resultado infructuosos, han sido parte de los esfuerzos realizados en la búsqueda de alguna solución al caso de mi hijo. Ahora se trata, continuó diciendo, de la estabilidad familiar de poder atender a mi esposa y a mis otros tres hijos, por eso lo hago sintiendo que mi decisión es la búsqueda de una esperanza, además Andrés podrá contar con atenciones y un amparo confiable.

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Nota: Cuento con la aprobación de los personajes involucrados para publicar esta breve experiencia, los nombres son por supuesto ficticios.

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