/ viernes 8 de febrero de 2019

Epílogo

Ismael del Toro


Segunda parte


Particularmente en Atenas -así llamada para honrar a la diosa Atenea, diosa de la Sabiduría- bajo la conducción del poeta y estadista Solón, nació una constitución que redistribuyó el poder político para que no solamente las familias poderosas participaran de la política y las magistraturas, con la creación de dos cuerpos: el Aerópago o Senado, representando a los nobles, y una segunda cámara formada por cien representantes de las cuatro principales tribus antiguas de Atenas, elegidos al azar para un año de servicio.

La forma de autoridad democrática, el kratos del demos, la soberanía popular, nace, en el primero de los tres experimentos democráticos históricos que la humanidad se ha dado, siendo el segundo las ciudades-estados de la Italia del Norte en los siglos X y XI y el tercero y más reciente, el surgido de las revoluciones francesa y norteamericanas del siglo XVIII y cuya era es en la que vivimos.

Es verdad que la innovación democrática griega era aún insuficiente para nuestros parámetros modernos, al excluir a las mujeres y fundarse en la institución de la esclavitud, sin embargo, habrá que considerar que el sufragio exclusivamente masculino era la práctica común de las democracias contemporáneas hace unas cuantas décadas, lo que significa que la democracia es también la oportunidad para su propio perfeccionamiento.

En Mileto, Tales demostraba que detrás de los fenómenos de la naturaleza subyacían leyes susceptibles de ser descubiertas por la razón y no el simple capricho de los dioses. Ese pensamiento, la filosofía -el amor por la sabiduría- fue llevado a la vida pública por Sócrates, quien veía a la verdad como un camino a recorrerse en el contraste de ideas y argumentos, en el debate y la polémica, precisamente el camino de la democracia contemporánea que no admite verdades absolutas que al final conducen al despotismo. Sócrates también advirtió de los riesgos del sofismo y la demagogia (otra palabra de raíces griegas), del discurso deliberadamente falso que esconde una pretensión de poder descarnada en el engaño y la manipulación de las masas.

Fue este sofismo el que pervirtió la democracia ateniense y condenó a la muerte a Sócrates, lo que nunca perdonaría su discípulo, Platón, por lo que en consecuencia condenaría a las democracias en su obra La República como una forma inferior de gobierno a su sueño personal del rey-filósofo, en lo que fue la primera de una larga sucesión de utopías que anteponen lo ideal a lo posible y por ende derivan en totalitarismos, como en su época lo era el régimen militar espartano.

Sería Aristóteles quien recuperaría la esencia del pensamiento socrático para la vida social y no solamente su método. Y también sería Aristóteles, quien a través de las conquistas militares de su discípulo, Alejandro Magno, llevaría el espíritu helénico-ateniense al mundo mediterráneo y el Oriente Medio. El griego fue así lengua común del Oriente Medio y Egipto, donde se levantó la Biblioteca Real de Alejandría, fundada poco después de la muerte de Alejandro, gran centro de aprendizaje que albergaba hasta cinco mil estudiosos de todo el mundo conocido y que bien puede ser considerada la primera universidad. Los romanos llevarían este espíritu helénico, su arte, cultura, ciencia y política a lo largo de su imperio en el continente europeo y asiático.

Ismael del Toro


Segunda parte


Particularmente en Atenas -así llamada para honrar a la diosa Atenea, diosa de la Sabiduría- bajo la conducción del poeta y estadista Solón, nació una constitución que redistribuyó el poder político para que no solamente las familias poderosas participaran de la política y las magistraturas, con la creación de dos cuerpos: el Aerópago o Senado, representando a los nobles, y una segunda cámara formada por cien representantes de las cuatro principales tribus antiguas de Atenas, elegidos al azar para un año de servicio.

La forma de autoridad democrática, el kratos del demos, la soberanía popular, nace, en el primero de los tres experimentos democráticos históricos que la humanidad se ha dado, siendo el segundo las ciudades-estados de la Italia del Norte en los siglos X y XI y el tercero y más reciente, el surgido de las revoluciones francesa y norteamericanas del siglo XVIII y cuya era es en la que vivimos.

Es verdad que la innovación democrática griega era aún insuficiente para nuestros parámetros modernos, al excluir a las mujeres y fundarse en la institución de la esclavitud, sin embargo, habrá que considerar que el sufragio exclusivamente masculino era la práctica común de las democracias contemporáneas hace unas cuantas décadas, lo que significa que la democracia es también la oportunidad para su propio perfeccionamiento.

En Mileto, Tales demostraba que detrás de los fenómenos de la naturaleza subyacían leyes susceptibles de ser descubiertas por la razón y no el simple capricho de los dioses. Ese pensamiento, la filosofía -el amor por la sabiduría- fue llevado a la vida pública por Sócrates, quien veía a la verdad como un camino a recorrerse en el contraste de ideas y argumentos, en el debate y la polémica, precisamente el camino de la democracia contemporánea que no admite verdades absolutas que al final conducen al despotismo. Sócrates también advirtió de los riesgos del sofismo y la demagogia (otra palabra de raíces griegas), del discurso deliberadamente falso que esconde una pretensión de poder descarnada en el engaño y la manipulación de las masas.

Fue este sofismo el que pervirtió la democracia ateniense y condenó a la muerte a Sócrates, lo que nunca perdonaría su discípulo, Platón, por lo que en consecuencia condenaría a las democracias en su obra La República como una forma inferior de gobierno a su sueño personal del rey-filósofo, en lo que fue la primera de una larga sucesión de utopías que anteponen lo ideal a lo posible y por ende derivan en totalitarismos, como en su época lo era el régimen militar espartano.

Sería Aristóteles quien recuperaría la esencia del pensamiento socrático para la vida social y no solamente su método. Y también sería Aristóteles, quien a través de las conquistas militares de su discípulo, Alejandro Magno, llevaría el espíritu helénico-ateniense al mundo mediterráneo y el Oriente Medio. El griego fue así lengua común del Oriente Medio y Egipto, donde se levantó la Biblioteca Real de Alejandría, fundada poco después de la muerte de Alejandro, gran centro de aprendizaje que albergaba hasta cinco mil estudiosos de todo el mundo conocido y que bien puede ser considerada la primera universidad. Los romanos llevarían este espíritu helénico, su arte, cultura, ciencia y política a lo largo de su imperio en el continente europeo y asiático.