Editorial Editorial

  / domingo 20 de octubre de 2019

El secretario fallido

Óscar Ábrego

“Quien se arrodilla para lograr la paz, se queda con la humillación y con la guerra”.

Sir Winston Churchill


La función sustantiva del Estado es garantizar la seguridad de la población. De ahí que tenga la facultad de utilizar todos los medios legales posibles –incluido el despliegue de las fuerzas armadas- para salvaguardar la vida de sus gobernados y mantener la paz a lo largo y ancho del territorio nacional.

Por eso las balaceras y masacres ocurridas durante la semana pasada en Michoacán, Guerrero y Sinaloa, merecen que echemos un vistazo a quien, por encargo del presidente, es el responsable operativo de las estrategias para combatir todas las expresiones delictivas que se encuadran en el fuero federal.

Francisco Alfonso Durazo Montaño, Secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, cuyo mayor mérito previo a su actual encomienda fue ser el secretario particular del expresidente Vicente Fox, ha dejado muy en claro que no cuenta con la aptitud necesaria para ocupar uno de los cargos más desafiantes y complejos.

Más diestro para el discurso mediático que efectivo en sus tareas fundamentales, este funcionario también debe hacer entender a su jefe que los abrazos y las proclamas de amor y paz no pueden derrotar a los poderosos grupos criminales que controlan más del 35 por ciento de nuestras comunidades y ayuntamientos.

Durazo no solo tiene el grave compromiso de atender la misión para la que fue contratado, sino también para hacer rectificar a un mandatario que es tan terco como la realidad que nos asola. Al ser uno de sus más cercanos colaboradores, está obligado a abrirle los ojos a López Obrador, quien insiste en ver un México pletórico de dicha, cuando hay miles de familias que sufren a diario como consecuencia de las crueles, sanguinarias y bien organizadas, mafias delictuosas.

Sin duda que los brutales acontecimientos en Tepochica, Aguililla y Culiacán, marcarán de aquí en adelante la era de Andrés Manuel. Y aunque es probable que la liberación de Ovidio Guzmán López evitó que los balazos y bloqueos alcanzaran una dimensión equiparable al terrorismo, lo cierto es que el “operativo” volvió a despertar fundadas sospechas y evidenció la pobre capacidad de gestión del gabinete de seguridad.

El otro riesgo -tan peligroso como el implacable y permanente acecho del narcotráfico- es el mensaje que se les envía a los policías municipales y estatales, soldados, marinos y elementos de la Guardia Nacional, quienes ven y sienten que sus vidas no son más que simple carne de cañón.

Ahora bien, si el señor Durazo es quien mantiene convencido a López Obrador de que no hay por qué dar un golpe de timón en materia del combate a la inseguridad, porque él piensa que ahí la lleva con su chamba y según sus datos vamos de maravilla, entonces los mexicanos estamos fritos.

Twitter: @oscarabrego111

Óscar Ábrego

“Quien se arrodilla para lograr la paz, se queda con la humillación y con la guerra”.

Sir Winston Churchill


La función sustantiva del Estado es garantizar la seguridad de la población. De ahí que tenga la facultad de utilizar todos los medios legales posibles –incluido el despliegue de las fuerzas armadas- para salvaguardar la vida de sus gobernados y mantener la paz a lo largo y ancho del territorio nacional.

Por eso las balaceras y masacres ocurridas durante la semana pasada en Michoacán, Guerrero y Sinaloa, merecen que echemos un vistazo a quien, por encargo del presidente, es el responsable operativo de las estrategias para combatir todas las expresiones delictivas que se encuadran en el fuero federal.

Francisco Alfonso Durazo Montaño, Secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, cuyo mayor mérito previo a su actual encomienda fue ser el secretario particular del expresidente Vicente Fox, ha dejado muy en claro que no cuenta con la aptitud necesaria para ocupar uno de los cargos más desafiantes y complejos.

Más diestro para el discurso mediático que efectivo en sus tareas fundamentales, este funcionario también debe hacer entender a su jefe que los abrazos y las proclamas de amor y paz no pueden derrotar a los poderosos grupos criminales que controlan más del 35 por ciento de nuestras comunidades y ayuntamientos.

Durazo no solo tiene el grave compromiso de atender la misión para la que fue contratado, sino también para hacer rectificar a un mandatario que es tan terco como la realidad que nos asola. Al ser uno de sus más cercanos colaboradores, está obligado a abrirle los ojos a López Obrador, quien insiste en ver un México pletórico de dicha, cuando hay miles de familias que sufren a diario como consecuencia de las crueles, sanguinarias y bien organizadas, mafias delictuosas.

Sin duda que los brutales acontecimientos en Tepochica, Aguililla y Culiacán, marcarán de aquí en adelante la era de Andrés Manuel. Y aunque es probable que la liberación de Ovidio Guzmán López evitó que los balazos y bloqueos alcanzaran una dimensión equiparable al terrorismo, lo cierto es que el “operativo” volvió a despertar fundadas sospechas y evidenció la pobre capacidad de gestión del gabinete de seguridad.

El otro riesgo -tan peligroso como el implacable y permanente acecho del narcotráfico- es el mensaje que se les envía a los policías municipales y estatales, soldados, marinos y elementos de la Guardia Nacional, quienes ven y sienten que sus vidas no son más que simple carne de cañón.

Ahora bien, si el señor Durazo es quien mantiene convencido a López Obrador de que no hay por qué dar un golpe de timón en materia del combate a la inseguridad, porque él piensa que ahí la lleva con su chamba y según sus datos vamos de maravilla, entonces los mexicanos estamos fritos.

Twitter: @oscarabrego111

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