José Luis Cuéllar De Dios

  / jueves 23 de mayo de 2019

El octavo día

La creación se llevo seis días, aquella fatigosa tarea, hasta para Dios -había creado al hombre- requirió de un séptimo como descanso. Revisando lo hecho, el Creador se dio cuenta de que algo faltaba: ¿Cómo atenuar nuestra insita inclinación a la protervia humana que dejaría frecuentemente un balance que se inclinaría a distinguir nuestra especie con la marca de no humanidad?

Me tacharán de injusto y cruel, se dijo Dios, al saber que una cosa era lo que pretendía otra, muy diferente, lo que ocurriría. Bien sabía Dios que con suma facilidad nos convertiríamos en sepultureros ávidos y locuaces del primer y último fin de la creación: la felicidad. A ella opondríamos sistemáticamente actitudes de vanidad, soberbia, egoísmo, crueldad, frivolidad, mentiras, inmoralidades, fraudes; actitudes, en fin, que se convertirían en distintivos del ser humano. Por un momento pensó en disfrutar del placer de retroceder, pronto descartó la idea cuando apareció otra mejor: con puntería divina y la inminente certeza de que nos proporcionaba un colectivo, condescendiente e ingenuo, que estimularía nuestro espíritu y nuestros sentidos Dios creó el octavo día, a los niños y niñas con algún tipo de discapacidad: Parálisis cerebral, Discapacidad Intelectual, Síndrome Down, Autismo y otros etcéteras estarían presentes para traernos un mensaje de paz, caridad, humildad, perdón, amor, paciencia, tolerancia y justicia.

Aún quedaba un par de pendientes por resolver, ¿Cómo hacer para que estos niños y niñas, portavoces de dicha y felicidad llamaran la atención? Además: ¿quiénes serían los elegidos para tan sublime tarea? Ambas interrogantes las solucionó con sabiduría divina, no siempre comprendida a la luz de nuestra inteligencia. Lo primero fue crearlos con una serie de limitaciones, físicas e intelectuales, con el fin de que el hombre se acercara a ellos para conocerlos primero, después para protegerlos y mimarlos imitando su cauda de virtudes. El segundo pendiente: convocaría, cada día, a todas las almas a las que les daría un cuerpo, para que en forma, libre, soberana e individual decidieran venir a este mundo a sufrir penalidades y sufrimientos sólo soportables por seres dotados de una mezcla poderosa de bondad, humildad y amor a Dios, serían mártires por elección, representantes de infancia perpetua.

Sumisos por vocación y factores de concordia, no han dejado, desde la creación, de aparecer los niños y niñas discapacitados. Aún no les hemos facilitado su tarea, los seguimos discriminando, olvidando e incluso agrediéndoles. Con todo y todo, ahí queda el octavo día como el de la creación de la belleza sin mácula, gozo de la perfección, virtuosa revelación, queda como mensaje, breve e inconmensurable, no enviado ni como mandamiento ni como instrucción, sólo como recomendación coherente y además iluminadora.

A estas alturas de aquella obra perfecta vale la pena hacernos una simple y elemental pregunta: ¿estaremos cumpliendo con el plan de Dios? Que cada uno se conteste así mismo.


La creación se llevo seis días, aquella fatigosa tarea, hasta para Dios -había creado al hombre- requirió de un séptimo como descanso. Revisando lo hecho, el Creador se dio cuenta de que algo faltaba: ¿Cómo atenuar nuestra insita inclinación a la protervia humana que dejaría frecuentemente un balance que se inclinaría a distinguir nuestra especie con la marca de no humanidad?

Me tacharán de injusto y cruel, se dijo Dios, al saber que una cosa era lo que pretendía otra, muy diferente, lo que ocurriría. Bien sabía Dios que con suma facilidad nos convertiríamos en sepultureros ávidos y locuaces del primer y último fin de la creación: la felicidad. A ella opondríamos sistemáticamente actitudes de vanidad, soberbia, egoísmo, crueldad, frivolidad, mentiras, inmoralidades, fraudes; actitudes, en fin, que se convertirían en distintivos del ser humano. Por un momento pensó en disfrutar del placer de retroceder, pronto descartó la idea cuando apareció otra mejor: con puntería divina y la inminente certeza de que nos proporcionaba un colectivo, condescendiente e ingenuo, que estimularía nuestro espíritu y nuestros sentidos Dios creó el octavo día, a los niños y niñas con algún tipo de discapacidad: Parálisis cerebral, Discapacidad Intelectual, Síndrome Down, Autismo y otros etcéteras estarían presentes para traernos un mensaje de paz, caridad, humildad, perdón, amor, paciencia, tolerancia y justicia.

Aún quedaba un par de pendientes por resolver, ¿Cómo hacer para que estos niños y niñas, portavoces de dicha y felicidad llamaran la atención? Además: ¿quiénes serían los elegidos para tan sublime tarea? Ambas interrogantes las solucionó con sabiduría divina, no siempre comprendida a la luz de nuestra inteligencia. Lo primero fue crearlos con una serie de limitaciones, físicas e intelectuales, con el fin de que el hombre se acercara a ellos para conocerlos primero, después para protegerlos y mimarlos imitando su cauda de virtudes. El segundo pendiente: convocaría, cada día, a todas las almas a las que les daría un cuerpo, para que en forma, libre, soberana e individual decidieran venir a este mundo a sufrir penalidades y sufrimientos sólo soportables por seres dotados de una mezcla poderosa de bondad, humildad y amor a Dios, serían mártires por elección, representantes de infancia perpetua.

Sumisos por vocación y factores de concordia, no han dejado, desde la creación, de aparecer los niños y niñas discapacitados. Aún no les hemos facilitado su tarea, los seguimos discriminando, olvidando e incluso agrediéndoles. Con todo y todo, ahí queda el octavo día como el de la creación de la belleza sin mácula, gozo de la perfección, virtuosa revelación, queda como mensaje, breve e inconmensurable, no enviado ni como mandamiento ni como instrucción, sólo como recomendación coherente y además iluminadora.

A estas alturas de aquella obra perfecta vale la pena hacernos una simple y elemental pregunta: ¿estaremos cumpliendo con el plan de Dios? Que cada uno se conteste así mismo.


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