Editorial Editorial

  / domingo 19 de mayo de 2019

El karma y Casa Jalisco

Óscar Ábrego

Nadie en sus cinco sentidos puede alegrarse por lo que le ocurre a Jalisco y su Gobierno. Y es que nunca antes una administración estatal había iniciado con tan mala fortuna, o debo decir, con un karma implacable y notorio.

Entandamos por karma la acción o energía que se deriva de los actos, palabras y pensamientos de las personas. Karma es una palabra en sánscrito que obedece a la Ley de Causa y Efecto. Esto significa que para cada acción, hay una reacción de fuerza equivalente en la dirección opuesta.

Por supuesto que no será esta ocasión la oportunidad para hacer un despliegue de los fundamentos del budismo o la física cuántica; sin embargo, sí pretendo exponer cuál es mi hipótesis sobre lo que le pasa a quienes dirigen el poder ejecutivo en nuestra entidad.

Para ello, quiero citar el ejemplo que con mayor claridad explica el propósito de esta columna. Las primeras acciones emprendidas por la actual gestión, fue desaparecer entes ciudadanos –como el Instituto Jalisciense de las Mujeres (IJM)- sin ningún argumento de carácter técnico. Se pensó que el bono post electoral era suficiente para rediseñar un organigrama a modo y crear figuras “sociales” alineadas al nuevo orden político.

Pero justo en el marco de protestas locales, nacionales e incluso internacionales, de entidades defensoras de los derechos de la mujer y que se pronunciaban por la permanencia del precitado organismo, el pasado 25 de abril, Vanesa Gaytán Ochoa, fue acuchillada por su esposo fuera de Casa Jalisco, residencia oficial del gobernador Enrique Alfaro Ramírez, principal promotor de la liquidación del IJM y quien esa mañana se encontraba en reunión con su gabinete de seguridad.

Pues derivado de dicha tragedia, viene a cuenta una pregunta: ¿cómo podemos explicarnos, más allá de la cadena de casualidades aparentes, que este feminicidio se haya perpetrado casi en la puerta del símbolo del poder en Jalisco?

Desde mi perspectiva, no se trató de otra cosa más que del karma que ha generado este Gobierno.

Y es que hay señales muy potentes que confirman que desde el gabinete y las cómodas oficinas gubernamentales, se ha creado una atmósfera que no abona a la concordia entre todos los sectores y tampoco contribuye a la serenidad de una sociedad agraviada y doliente. La indiferencia y el desprecio por quienes no aplauden sus ideas y líneas de acción, se ha convertido en el rasgo preponderante de este incipiente sexenio. Y si hay duda de que esto es muy mal visto por la población, basta con analizar las encuestas que lo ubican por debajo de la media tabla en el plano nacional.

Por eso creo que los daños y grafitis del viernes pasado, cuando decenas de familias que tienen desaparecidos a sus parientes e hijos acudieron a Casa Jalisco para exigir detalles sobre las investigaciones sin recibir una mínima respuesta, son un síntoma que debe atenderse con extrema prudencia. Si alguien piensa que denunciarlos penalmente por esas acciones es una forma de propinar una buena “lección” a quienes dominados por el sufrimiento y la impotencia osaron con pintarrajear el hogar del mandatario, podría nutrir aún más la energía a la que hago referencia.

Ahora bien, si hubo infiltrados que se valieron de la protesta para hacer de las suyas, entonces que se les aplique la ley con todo rigor, pero a esos, no a quienes de modo legítimo reclaman atención y resultados.

Insisto, nadie con tres dedos de frente debería celebrar lo que padece nuestro Estado. Me resisto a suponer que no hay remedio ni fórmula para hacerle frente a una inseguridad que en los años recientes se ha llevado a más de ocho mil mujeres y hombres.

Pero mientras tanto, en lo que alguien da con la anhelada solución a este horror, hay que recomendarle al gobierno naranja que renuncie a la descalificación y el pleito como sello distintivo de su maltrecha autoridad, porque hay un karma que nunca cede y siempre se revela.

Óscar Ábrego

Nadie en sus cinco sentidos puede alegrarse por lo que le ocurre a Jalisco y su Gobierno. Y es que nunca antes una administración estatal había iniciado con tan mala fortuna, o debo decir, con un karma implacable y notorio.

Entandamos por karma la acción o energía que se deriva de los actos, palabras y pensamientos de las personas. Karma es una palabra en sánscrito que obedece a la Ley de Causa y Efecto. Esto significa que para cada acción, hay una reacción de fuerza equivalente en la dirección opuesta.

Por supuesto que no será esta ocasión la oportunidad para hacer un despliegue de los fundamentos del budismo o la física cuántica; sin embargo, sí pretendo exponer cuál es mi hipótesis sobre lo que le pasa a quienes dirigen el poder ejecutivo en nuestra entidad.

Para ello, quiero citar el ejemplo que con mayor claridad explica el propósito de esta columna. Las primeras acciones emprendidas por la actual gestión, fue desaparecer entes ciudadanos –como el Instituto Jalisciense de las Mujeres (IJM)- sin ningún argumento de carácter técnico. Se pensó que el bono post electoral era suficiente para rediseñar un organigrama a modo y crear figuras “sociales” alineadas al nuevo orden político.

Pero justo en el marco de protestas locales, nacionales e incluso internacionales, de entidades defensoras de los derechos de la mujer y que se pronunciaban por la permanencia del precitado organismo, el pasado 25 de abril, Vanesa Gaytán Ochoa, fue acuchillada por su esposo fuera de Casa Jalisco, residencia oficial del gobernador Enrique Alfaro Ramírez, principal promotor de la liquidación del IJM y quien esa mañana se encontraba en reunión con su gabinete de seguridad.

Pues derivado de dicha tragedia, viene a cuenta una pregunta: ¿cómo podemos explicarnos, más allá de la cadena de casualidades aparentes, que este feminicidio se haya perpetrado casi en la puerta del símbolo del poder en Jalisco?

Desde mi perspectiva, no se trató de otra cosa más que del karma que ha generado este Gobierno.

Y es que hay señales muy potentes que confirman que desde el gabinete y las cómodas oficinas gubernamentales, se ha creado una atmósfera que no abona a la concordia entre todos los sectores y tampoco contribuye a la serenidad de una sociedad agraviada y doliente. La indiferencia y el desprecio por quienes no aplauden sus ideas y líneas de acción, se ha convertido en el rasgo preponderante de este incipiente sexenio. Y si hay duda de que esto es muy mal visto por la población, basta con analizar las encuestas que lo ubican por debajo de la media tabla en el plano nacional.

Por eso creo que los daños y grafitis del viernes pasado, cuando decenas de familias que tienen desaparecidos a sus parientes e hijos acudieron a Casa Jalisco para exigir detalles sobre las investigaciones sin recibir una mínima respuesta, son un síntoma que debe atenderse con extrema prudencia. Si alguien piensa que denunciarlos penalmente por esas acciones es una forma de propinar una buena “lección” a quienes dominados por el sufrimiento y la impotencia osaron con pintarrajear el hogar del mandatario, podría nutrir aún más la energía a la que hago referencia.

Ahora bien, si hubo infiltrados que se valieron de la protesta para hacer de las suyas, entonces que se les aplique la ley con todo rigor, pero a esos, no a quienes de modo legítimo reclaman atención y resultados.

Insisto, nadie con tres dedos de frente debería celebrar lo que padece nuestro Estado. Me resisto a suponer que no hay remedio ni fórmula para hacerle frente a una inseguridad que en los años recientes se ha llevado a más de ocho mil mujeres y hombres.

Pero mientras tanto, en lo que alguien da con la anhelada solución a este horror, hay que recomendarle al gobierno naranja que renuncie a la descalificación y el pleito como sello distintivo de su maltrecha autoridad, porque hay un karma que nunca cede y siempre se revela.

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