/ miércoles 1 de julio de 2020

Dos años de seis

Nuestra democracia moderna se construye y se repara constantemente. Durante el siglo XX México fue gobernado por 71 años por el Partido revolucionario Institucional. A inicio del siglo XXI, el Partido Acción Nacional alcanzó la transición democrática, hilando dos sexenios consecutivos de gobierno, que dieron paso a vaivenes electorales, con transiciones zig zagueantes que permitieron el regreso al poder del Partido Revolucionario Institucional en 2012, mismo que volvió a perder en 2018 arribando en la nueva transición el Movimiento de Regeneración Nacional.

La turbulencia y conflictividad de gobernar una nación en trazos cortos, oscilando entre los extremos ideológicos y el centro, han sido el precio para obtener por la vía democrática, en las urnas, no por la fuerza, oportunidades que la gente logró para intentar vigilar a los políticos, para forzar la transparencia, la rendición de cuentas y el combate a la corrupción, acotando el poder, descarrilando las facultades discrecionales de los presidentes en turno, respetando la legalidad, transitando hacia la gobernanza al involucrarse la sociedad en el proceso mismo del gobierno.

Los mexicanos avanzamos por la vía de las urnas en la construcción de nuestra democracia. Logramos sin guerras ni revueltas darle poder y fuerza al voto, dando golpes de timón en los momentos correctos, fortaleciendo la soberanía popular, defendiendo la democracia como el camino legal, justo y correcto para hacer los cambios necesarios que el país y su pueblo necesitan.

A dos años del triunfo del actual Presidente, Andrés Manuel López Obrador, la expectativa de transformar al sistema político y la satisfacción de los gobernados aún no es alcanzada. Persiste la necesidad de cambios, de transformaciones, de ajustes, de remodelar el país para alcanzar mejores niveles de bienestar, menor desigualdad, mayor calidad de vida, con equidad, con justicia. En el recuento histórico se revela que los periodos de gobierno constitucional divididos en sexenios han sido un acierto. En México la no reelección ha sido benéfica y es una bandera que hay que defender y custodiar, para evitar a cualquier precio darle todo el poder a ninguna facción ideológica, grupo en el poder, partido o persona alguna.

Gobernar es consecuencia de la política, noble actividad humana que a lo largo de la historia universal registra repetidos hechos donde el abuso, la codicia, la soberbia, el egocentrismo, la perdida de la sensibilidad social y la lucha por obtener conquistas personales en lugar de beneficios sociales, de la mano de otras debilidades humanas, potencializadas por las tentaciones del poder, ponen en riesgo a cualquiera a caer, perdiendo el buen juicio, afectando el interés superior de la colectividad.

Por ello los gobernantes y todos los funcionarios en puestos clave deben ser cambiados de adscripción cada cierto tiempo, para que no creen conflictos de interés, relaciones perniciosas, complicidades y caídas en la corrupción. El poder no debe extenderse por periodos prolongados, pues la posibilidad de descontrol y abuso del mismo se vuelve inminente. Los riesgos son muchos de olvidarlo. Seis años de buen o mal gobierno es un periodo que debe recorrerse, con la salvedad de faltas graves, de actos delictivos o del juicio popular expresado en la figura de la revocación de mandato. De no ser así, el presidente debe cubrir su sexenio, cumplir el mandato popular y dar paso al refresco democrático para que alguien más continúe la tarea para bien de la patria.

www.inteligenciapolitica.org

@carlosanguianoz en Twitter

Nuestra democracia moderna se construye y se repara constantemente. Durante el siglo XX México fue gobernado por 71 años por el Partido revolucionario Institucional. A inicio del siglo XXI, el Partido Acción Nacional alcanzó la transición democrática, hilando dos sexenios consecutivos de gobierno, que dieron paso a vaivenes electorales, con transiciones zig zagueantes que permitieron el regreso al poder del Partido Revolucionario Institucional en 2012, mismo que volvió a perder en 2018 arribando en la nueva transición el Movimiento de Regeneración Nacional.

La turbulencia y conflictividad de gobernar una nación en trazos cortos, oscilando entre los extremos ideológicos y el centro, han sido el precio para obtener por la vía democrática, en las urnas, no por la fuerza, oportunidades que la gente logró para intentar vigilar a los políticos, para forzar la transparencia, la rendición de cuentas y el combate a la corrupción, acotando el poder, descarrilando las facultades discrecionales de los presidentes en turno, respetando la legalidad, transitando hacia la gobernanza al involucrarse la sociedad en el proceso mismo del gobierno.

Los mexicanos avanzamos por la vía de las urnas en la construcción de nuestra democracia. Logramos sin guerras ni revueltas darle poder y fuerza al voto, dando golpes de timón en los momentos correctos, fortaleciendo la soberanía popular, defendiendo la democracia como el camino legal, justo y correcto para hacer los cambios necesarios que el país y su pueblo necesitan.

A dos años del triunfo del actual Presidente, Andrés Manuel López Obrador, la expectativa de transformar al sistema político y la satisfacción de los gobernados aún no es alcanzada. Persiste la necesidad de cambios, de transformaciones, de ajustes, de remodelar el país para alcanzar mejores niveles de bienestar, menor desigualdad, mayor calidad de vida, con equidad, con justicia. En el recuento histórico se revela que los periodos de gobierno constitucional divididos en sexenios han sido un acierto. En México la no reelección ha sido benéfica y es una bandera que hay que defender y custodiar, para evitar a cualquier precio darle todo el poder a ninguna facción ideológica, grupo en el poder, partido o persona alguna.

Gobernar es consecuencia de la política, noble actividad humana que a lo largo de la historia universal registra repetidos hechos donde el abuso, la codicia, la soberbia, el egocentrismo, la perdida de la sensibilidad social y la lucha por obtener conquistas personales en lugar de beneficios sociales, de la mano de otras debilidades humanas, potencializadas por las tentaciones del poder, ponen en riesgo a cualquiera a caer, perdiendo el buen juicio, afectando el interés superior de la colectividad.

Por ello los gobernantes y todos los funcionarios en puestos clave deben ser cambiados de adscripción cada cierto tiempo, para que no creen conflictos de interés, relaciones perniciosas, complicidades y caídas en la corrupción. El poder no debe extenderse por periodos prolongados, pues la posibilidad de descontrol y abuso del mismo se vuelve inminente. Los riesgos son muchos de olvidarlo. Seis años de buen o mal gobierno es un periodo que debe recorrerse, con la salvedad de faltas graves, de actos delictivos o del juicio popular expresado en la figura de la revocación de mandato. De no ser así, el presidente debe cubrir su sexenio, cumplir el mandato popular y dar paso al refresco democrático para que alguien más continúe la tarea para bien de la patria.

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