/ domingo 28 de junio de 2020

Desgano y desgobierno

Allegados al primer cerco de la aristocracia naranja me confiaron hace días que –como lo escribí en mi pasada colaboración- existe un evidente desgano en el ingeniero Enrique Alfaro. Pero -según me dicen- el asunto va más allá, pues no sólo él acusa un notorio fastidio al frente del gobierno, sino que ocurre algo similar con un buen número de sus colaboradores en el aparato burocrático.

No es para menos. Las mismas fuentes además me confirman lo que he asegurado con anterioridad en más de una ocasión; sucede que en su larga travesía, no son pocos los alfaristas que albergaron el anhelo de que su llegada al gobierno estatal, se traduciría en grandes negocios y una vida gloriosa. Es decir, la tan soñada conquista del más alto nivel público, significaría ostentar el poder de un modo impune y procaz.

Para su desgracia, la situación del Estado es incompatible con dicha fantasía. Desde el momento en que se sentaron en las sillas, comenzaron a experimentar esa perturbadora incomodidad que acontece cuando es obvio que los planes fueron diseñados al margen de la realidad. Mientras que por una parte se toparon con la dificultad de imponer criterios dictatoriales, por otro lado se percataron de que los protocolos de transparencia complicarían el cumplimiento de compromisos económicos pactados con quienes patrocinaron las campañas.

Por eso a muchos funcionarios se les percibe ansiosos y desconcertados, como que no encuentran su lugar en medio de la incertidumbre que provoca militar en un proyecto fallido. Si a esto se le agrega que su guía está más inmerso en su agenda personal que en la institucional, entonces la confusión se vuelve extrema.

La cosa se complica porque nadie les da instrucciones precisas de cómo proceder en el abandono. Me comentan que en algunas oficinas ya no saben qué hacer con tantas señales encontradas. Si bien en ciertas dependencias aún prevalece la ilusión de que su jefe político dará el salto hacia la presidencia de la República, la verdad es que el tremendo deterioro que ha sufrido la imagen de su comandante, está haciendo mella en la moral de la tropa.

Cuando nos referimos al desgobierno, hay que hacerlo desde la perspectiva de que en la administración emecista no existe orden ni rumbo. El pleito con López Obrador, la inseguridad, la pandemia y la dificultad para acceder al dinero, los volvió reactivos.

Es claro que al tratarse de una gestión unipersonal, cualquier intento por alinearse a un cronograma o a un modelo sistémico de ejecución, está destinado al fracaso. Y es que el peculiar estilo del mandatario le hace suponer que los temas importantes siempre deben pasar por su aduana. Sin embargo, cualquiera que tenga un mínimo de nociones sobre el liderazgo efectivo, sabe que el equipo, y no él, es la plataforma sobre la que se construye el éxito.

Hoy que tenemos conocimiento de cuántos cientos de millones de pesos de nuestros impuestos se han ido por el excusado debido a la absurda necedad de auto promoverse, Alfaro Ramírez todavía está a tiempo de corregir y asumir con serenidad su grave responsabilidad como titular del Ejecutivo. No creo que alguien -en su sano juicio- quiera que en el futuro sea recordado como el peor político de su generación, cuando tuvo la mejor oportunidad para escribir una buena historia. Aunque le cueste trabajo creerlo, somos más los que deseamos verlo cerca de la gente y lejos de la autoproclamada “sociedad civil”, que tanto daño le hace a Jalisco.

Un gobierno egocéntrico, impredecible e inestable, que ha perdido el ánimo de trascender por la vía de los resultados, lo único que tiene garantizado es que más temprano que tarde, será juzgado de forma implacable por un pueblo ofendido y ninguneado.

Allegados al primer cerco de la aristocracia naranja me confiaron hace días que –como lo escribí en mi pasada colaboración- existe un evidente desgano en el ingeniero Enrique Alfaro. Pero -según me dicen- el asunto va más allá, pues no sólo él acusa un notorio fastidio al frente del gobierno, sino que ocurre algo similar con un buen número de sus colaboradores en el aparato burocrático.

No es para menos. Las mismas fuentes además me confirman lo que he asegurado con anterioridad en más de una ocasión; sucede que en su larga travesía, no son pocos los alfaristas que albergaron el anhelo de que su llegada al gobierno estatal, se traduciría en grandes negocios y una vida gloriosa. Es decir, la tan soñada conquista del más alto nivel público, significaría ostentar el poder de un modo impune y procaz.

Para su desgracia, la situación del Estado es incompatible con dicha fantasía. Desde el momento en que se sentaron en las sillas, comenzaron a experimentar esa perturbadora incomodidad que acontece cuando es obvio que los planes fueron diseñados al margen de la realidad. Mientras que por una parte se toparon con la dificultad de imponer criterios dictatoriales, por otro lado se percataron de que los protocolos de transparencia complicarían el cumplimiento de compromisos económicos pactados con quienes patrocinaron las campañas.

Por eso a muchos funcionarios se les percibe ansiosos y desconcertados, como que no encuentran su lugar en medio de la incertidumbre que provoca militar en un proyecto fallido. Si a esto se le agrega que su guía está más inmerso en su agenda personal que en la institucional, entonces la confusión se vuelve extrema.

La cosa se complica porque nadie les da instrucciones precisas de cómo proceder en el abandono. Me comentan que en algunas oficinas ya no saben qué hacer con tantas señales encontradas. Si bien en ciertas dependencias aún prevalece la ilusión de que su jefe político dará el salto hacia la presidencia de la República, la verdad es que el tremendo deterioro que ha sufrido la imagen de su comandante, está haciendo mella en la moral de la tropa.

Cuando nos referimos al desgobierno, hay que hacerlo desde la perspectiva de que en la administración emecista no existe orden ni rumbo. El pleito con López Obrador, la inseguridad, la pandemia y la dificultad para acceder al dinero, los volvió reactivos.

Es claro que al tratarse de una gestión unipersonal, cualquier intento por alinearse a un cronograma o a un modelo sistémico de ejecución, está destinado al fracaso. Y es que el peculiar estilo del mandatario le hace suponer que los temas importantes siempre deben pasar por su aduana. Sin embargo, cualquiera que tenga un mínimo de nociones sobre el liderazgo efectivo, sabe que el equipo, y no él, es la plataforma sobre la que se construye el éxito.

Hoy que tenemos conocimiento de cuántos cientos de millones de pesos de nuestros impuestos se han ido por el excusado debido a la absurda necedad de auto promoverse, Alfaro Ramírez todavía está a tiempo de corregir y asumir con serenidad su grave responsabilidad como titular del Ejecutivo. No creo que alguien -en su sano juicio- quiera que en el futuro sea recordado como el peor político de su generación, cuando tuvo la mejor oportunidad para escribir una buena historia. Aunque le cueste trabajo creerlo, somos más los que deseamos verlo cerca de la gente y lejos de la autoproclamada “sociedad civil”, que tanto daño le hace a Jalisco.

Un gobierno egocéntrico, impredecible e inestable, que ha perdido el ánimo de trascender por la vía de los resultados, lo único que tiene garantizado es que más temprano que tarde, será juzgado de forma implacable por un pueblo ofendido y ninguneado.