Editorial Editorial

  / lunes 16 de septiembre de 2019

De Frente al Poder | Refundación, entre el horror y la fantasía

Óscar Ábrego

Como si se tratara de un triunfo soñado, el gobierno naranja y varios de sus secuaces políticos, festejaron el hecho de que -por mayoría- el pleno del Congreso del Estado haya aprobado la creación de la figura del Congreso Constituyente, cuyo propósito consiste en generar las condiciones necesarias para discutir la elaboración de una nueva Constitución y así justificar una narrativa basada en la Refundación de Jalisco.

Lo odioso del caso, es que mientras algunos festejaban la votación que se dio en el Poder Legislativo, ese mismo día -11 de agosto- nos enterábamos que con un total de 119 bolsas con restos humanos en su interior, la Fiscalía daba por concluidas las labores de recuperación de cadáveres en un predio de La Primavera, conocido por los vecinos del lugar como el pozo de los muertos.

Así pues, lo anterior retrata con suma nitidez la realidad paralela en la que experimentan su vida los actores del poder público con respecto de la población en general. Mientras que ellos hacen todo lo posible por darle valor a un simple vocablo, por otro lado, hay miles de familias que mantienen la esperanza de encontrar a sus desaparecidos en alguna de las fosas que, semana con semana, se descubren a lo largo y ancho de nuestro territorio.

Por eso en este mismo espacio he comentado sobre la pertinencia de abordar el asunto de la refundación con mucha mayor responsabilidad. Si el anhelo del gobernador consiste en pasar a la historia como El Refundador, es necesario que considere algunas variables.

En primer lugar, si vamos a hablar de refundación, antes hay que explicar en qué consiste, ya que a la luz del nulo interés que despierta entre la gente, se afirma que se pretende construir un nuevo orden social y cambiar de fondo el estado de las cosas, de tal modo que decir eso o nada, es exactamente lo mismo.

De igual manera, sería muy saludable para los impulsores de esta visión egocéntrica, admitir que el ánimo de la ciudadanía no está como para tirarles rollos mercadológicos. Quienes insisten en asegurar que la refundación era una aspiración de los jaliscienses, ofenden la inteligencia de cualquiera. Basta con salir a la calle para enterarse de que el ciudadano común lo que desea es reencontrase con la tranquilidad, rogándole a Dios que la tragedia no vaya a alcanzar a sus seres queridos.

Las encuestas son muy claras. La administración actual está reprobada y no se ve cómo vaya a recobrar las simpatías perdidas. En todos los sondeos de opinión, la inseguridad, la corrupción y la ineficiencia, delinean su perfil ante los ojos del gran elector.

Tengamos presente que la refundación es un proceso, no un concepto publicitario, de ahí que se tenga que emplear con bastante cuidado. Es cierto, necesitamos trazar nuevas rutas para retornar a una zona de mejor convivencia colectiva, pero eso no sucederá con la fastidiosa repetición de dicha palabreja.

Si Alfaro y sus adeptos aceptan que el horror y la fantasía son dos extremos incompatibles de una sola realidad, quizás entonces la refundación de la que tanto hablan y nadie entiende, por fin adquiera sentido.

Óscar Ábrego

Como si se tratara de un triunfo soñado, el gobierno naranja y varios de sus secuaces políticos, festejaron el hecho de que -por mayoría- el pleno del Congreso del Estado haya aprobado la creación de la figura del Congreso Constituyente, cuyo propósito consiste en generar las condiciones necesarias para discutir la elaboración de una nueva Constitución y así justificar una narrativa basada en la Refundación de Jalisco.

Lo odioso del caso, es que mientras algunos festejaban la votación que se dio en el Poder Legislativo, ese mismo día -11 de agosto- nos enterábamos que con un total de 119 bolsas con restos humanos en su interior, la Fiscalía daba por concluidas las labores de recuperación de cadáveres en un predio de La Primavera, conocido por los vecinos del lugar como el pozo de los muertos.

Así pues, lo anterior retrata con suma nitidez la realidad paralela en la que experimentan su vida los actores del poder público con respecto de la población en general. Mientras que ellos hacen todo lo posible por darle valor a un simple vocablo, por otro lado, hay miles de familias que mantienen la esperanza de encontrar a sus desaparecidos en alguna de las fosas que, semana con semana, se descubren a lo largo y ancho de nuestro territorio.

Por eso en este mismo espacio he comentado sobre la pertinencia de abordar el asunto de la refundación con mucha mayor responsabilidad. Si el anhelo del gobernador consiste en pasar a la historia como El Refundador, es necesario que considere algunas variables.

En primer lugar, si vamos a hablar de refundación, antes hay que explicar en qué consiste, ya que a la luz del nulo interés que despierta entre la gente, se afirma que se pretende construir un nuevo orden social y cambiar de fondo el estado de las cosas, de tal modo que decir eso o nada, es exactamente lo mismo.

De igual manera, sería muy saludable para los impulsores de esta visión egocéntrica, admitir que el ánimo de la ciudadanía no está como para tirarles rollos mercadológicos. Quienes insisten en asegurar que la refundación era una aspiración de los jaliscienses, ofenden la inteligencia de cualquiera. Basta con salir a la calle para enterarse de que el ciudadano común lo que desea es reencontrase con la tranquilidad, rogándole a Dios que la tragedia no vaya a alcanzar a sus seres queridos.

Las encuestas son muy claras. La administración actual está reprobada y no se ve cómo vaya a recobrar las simpatías perdidas. En todos los sondeos de opinión, la inseguridad, la corrupción y la ineficiencia, delinean su perfil ante los ojos del gran elector.

Tengamos presente que la refundación es un proceso, no un concepto publicitario, de ahí que se tenga que emplear con bastante cuidado. Es cierto, necesitamos trazar nuevas rutas para retornar a una zona de mejor convivencia colectiva, pero eso no sucederá con la fastidiosa repetición de dicha palabreja.

Si Alfaro y sus adeptos aceptan que el horror y la fantasía son dos extremos incompatibles de una sola realidad, quizás entonces la refundación de la que tanto hablan y nadie entiende, por fin adquiera sentido.

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