Enrique Velázquez González

  / miércoles 19 de junio de 2019

Construcción de la democracia

En México tenemos una democracia joven, de eso no hay discusión. Durante muchos años hemos solidificando nuestro régimen. No ha sido sencillo, claro está que no todo ha sido positivo, pero en un balance general creo que hoy estamos mejor que ayer. Basta con echar un vistazo al pasado para recordar los tiempos del partido hegemónico, ellos organizaban y ganaban las elecciones en un proceso de total simulación. Después, vino la apertura a la competencia política, el partidazo perdió por primera vez (1989) unos comicios en el norte del país en una especie de gesto del régimen de enviar señales de apertura a la disputa político-electoral. De ahí se devino la institucionalización de lo que sería el IFE (1990), órgano con independencia constitucional que por primera vez permitía dar certeza en las contiendas electorales en el país.


Nuestro sistema electoral nace de una desconfianza mayúscula a nuestro sistema político. El hoy INE antes IFE nació de la incapacidad de creerle a la autoridad. De ahí que la construcción del IFE fue una isla de luz democrática en la llamada transición. En un inicio las atribuciones fueron claras: organizar las elecciones nacionales y subnacionales de este país. Sin embargo, elección tras elección se construyó una regla no formal en donde el partido o los partidos perdedores de la elección presidencial inmediata anterior ponían sobre la mesa la posibilidad de una reforma política-electoral que permitía establecer una cancha pareja para las elecciones venideras. Es decir, nuestro sistema se va adecuando a la necesidad de las distintas fuerzas políticas que compiten por hacerse del poder.


Esta semana el vicecoordinador de la bancada de Morena, Pablo Gómez, manifestó que quiere tirar al niño con todo y el agua sucia de la bañera; declarar que su iniciativa de reforma política irá en sentido de la desaparición del Consejo General del INE y de los Organismos Públicos Locales Electorales es atentar contra la democracia de nuestro país. Resulta paradójico que una persona que fue parte de la exigencia de crear un órgano autónomo que se convirtiera en árbitro electoral (IFE) y en el que además participó como representante del PRD -cuando pertenecía a este partido- hoy promueva un retroceso como el que expresa.


Toda reforma política debe nacer de un conceso de todas las fuerzas, no arrebatos de esta naturaleza. El logro de tener un organismo como el INE no puede ser abatido de la forma en la que se propone. Una reforma de esta índole debe buscar el fortalecimiento de las debilidades del instituto, la certeza electoral y la construcción democrática.

En México tenemos una democracia joven, de eso no hay discusión. Durante muchos años hemos solidificando nuestro régimen. No ha sido sencillo, claro está que no todo ha sido positivo, pero en un balance general creo que hoy estamos mejor que ayer. Basta con echar un vistazo al pasado para recordar los tiempos del partido hegemónico, ellos organizaban y ganaban las elecciones en un proceso de total simulación. Después, vino la apertura a la competencia política, el partidazo perdió por primera vez (1989) unos comicios en el norte del país en una especie de gesto del régimen de enviar señales de apertura a la disputa político-electoral. De ahí se devino la institucionalización de lo que sería el IFE (1990), órgano con independencia constitucional que por primera vez permitía dar certeza en las contiendas electorales en el país.


Nuestro sistema electoral nace de una desconfianza mayúscula a nuestro sistema político. El hoy INE antes IFE nació de la incapacidad de creerle a la autoridad. De ahí que la construcción del IFE fue una isla de luz democrática en la llamada transición. En un inicio las atribuciones fueron claras: organizar las elecciones nacionales y subnacionales de este país. Sin embargo, elección tras elección se construyó una regla no formal en donde el partido o los partidos perdedores de la elección presidencial inmediata anterior ponían sobre la mesa la posibilidad de una reforma política-electoral que permitía establecer una cancha pareja para las elecciones venideras. Es decir, nuestro sistema se va adecuando a la necesidad de las distintas fuerzas políticas que compiten por hacerse del poder.


Esta semana el vicecoordinador de la bancada de Morena, Pablo Gómez, manifestó que quiere tirar al niño con todo y el agua sucia de la bañera; declarar que su iniciativa de reforma política irá en sentido de la desaparición del Consejo General del INE y de los Organismos Públicos Locales Electorales es atentar contra la democracia de nuestro país. Resulta paradójico que una persona que fue parte de la exigencia de crear un órgano autónomo que se convirtiera en árbitro electoral (IFE) y en el que además participó como representante del PRD -cuando pertenecía a este partido- hoy promueva un retroceso como el que expresa.


Toda reforma política debe nacer de un conceso de todas las fuerzas, no arrebatos de esta naturaleza. El logro de tener un organismo como el INE no puede ser abatido de la forma en la que se propone. Una reforma de esta índole debe buscar el fortalecimiento de las debilidades del instituto, la certeza electoral y la construcción democrática.

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