/ jueves 27 de agosto de 2020

Ciudad, inevitablemente resiliente

La resiliencia entendida como la capacidad de los seres humanos para adaptarse a condiciones de vida adversas es algo sumamente conocido en las ciudades mexicanas, y, seguramente tendrá una mayor importancia ante nuestras nuevas necesidades en medio de la contingencia sanitaria. Es decir, lo que ya padecíamos más otras adversidades acentuadas por la pandemia.

Algunas de estas parecerán virtudes, por ejemplo los 450 mil autos menos que dejaron de circular en las horas pico de ingreso a clases para incorporar a muchos niños y adolescentes a clases en línea. Lo que inevitablemente nos llevará a reconocer esa capacidad que deberemos desarrollar para que los niños mexicanos y, principalmente, los hijos de las familias con menos recursos económicos reciban educación en sus propios domicilios con o sin computadoras, con o sin internet, con o sin familiares con habilidades cibernéticas para no ver limitados, aún más, los derechos humanos al aprendizaje de millones de niños en nuestro país.

De la capacidad resiliente de un habitante de la Ciudad de México, como la zona urbana de mayor población en el mundo, podríamos aprender esa aceptación a compartir varias horas del día en el traslado a bordo del transporte público de un punto a otro para trabajar, estudiar o descansar en esa megalópolis, capital de la república mexicana.

Por su parte, la ciudad de Guadalajara no se queda atrás en esa adaptación poblacional al ver incumplida, con mucho tiempo, la promesa de un transporte colectivo urbano un poquito más eficiente, como la interminable Línea 3 del Tren Eléctrico y hasta una imaginaria y prometida Línea 4, capaz de conectar a las zonas proletarias del sur del área metropolitana con las zonas de mayor actividad económica, cultural y comercial de nuestra ciudad.

Sobre nuestra capacidad como tapatíos para sobrevivir con las reiteradas inundaciones en cada temporada pluvial, se ha escrito mucho, pero resulta dificil comprender la verdadera dimensión de ese fenómeno constante de no agregarse otra característica en las autoridades tapatías de cualquier institución pública, como es el hecho de hacer obra pública o intervenir una vialidad con cualquier propósito sin que medie comunicación social previa, notificación comunitaria o el despliegue del personal de seguridad vial necesario.

Así encontraremos dentro del aprendizaje cotidiano de un tapatío o jalisciense metropolitano, la agenda de resiliencia cotidiana que va más allá de la inseguridad vial, la falta de cultura de la mayoría de los conductores, la inexistencia de puentes peatonales y el anacrónico sistema de transporte público. Además debemos agregar la insolente ausencia del más elemental sistema de transporte peatonal como son las banquetas, en más de la mitad de las colonias populares.

Lo anterior, sin dejar de señalar el anacrónico sistema de semaforización fallido en cada chubasco y la falta de señalización preventiva que nos convierte en una urbe en la cual las normas de inclusión son letra muerta al no considerar en la vida cotidiana a las personas en sillas de ruedas, silentes, ciegos o débiles visuales y, en fin, todo aquel habitante para quien, sin lugar a dudas, la pandemia del COVID-19 acentuará todas nuestras deficiencias y sólo nos convocará a la ya conocida por todos nosotros, resiliencia urbana.

* Académico del CUAAD de la Universidad de Guadalajara

carlosm_orozco@hotmail.com

La resiliencia entendida como la capacidad de los seres humanos para adaptarse a condiciones de vida adversas es algo sumamente conocido en las ciudades mexicanas, y, seguramente tendrá una mayor importancia ante nuestras nuevas necesidades en medio de la contingencia sanitaria. Es decir, lo que ya padecíamos más otras adversidades acentuadas por la pandemia.

Algunas de estas parecerán virtudes, por ejemplo los 450 mil autos menos que dejaron de circular en las horas pico de ingreso a clases para incorporar a muchos niños y adolescentes a clases en línea. Lo que inevitablemente nos llevará a reconocer esa capacidad que deberemos desarrollar para que los niños mexicanos y, principalmente, los hijos de las familias con menos recursos económicos reciban educación en sus propios domicilios con o sin computadoras, con o sin internet, con o sin familiares con habilidades cibernéticas para no ver limitados, aún más, los derechos humanos al aprendizaje de millones de niños en nuestro país.

De la capacidad resiliente de un habitante de la Ciudad de México, como la zona urbana de mayor población en el mundo, podríamos aprender esa aceptación a compartir varias horas del día en el traslado a bordo del transporte público de un punto a otro para trabajar, estudiar o descansar en esa megalópolis, capital de la república mexicana.

Por su parte, la ciudad de Guadalajara no se queda atrás en esa adaptación poblacional al ver incumplida, con mucho tiempo, la promesa de un transporte colectivo urbano un poquito más eficiente, como la interminable Línea 3 del Tren Eléctrico y hasta una imaginaria y prometida Línea 4, capaz de conectar a las zonas proletarias del sur del área metropolitana con las zonas de mayor actividad económica, cultural y comercial de nuestra ciudad.

Sobre nuestra capacidad como tapatíos para sobrevivir con las reiteradas inundaciones en cada temporada pluvial, se ha escrito mucho, pero resulta dificil comprender la verdadera dimensión de ese fenómeno constante de no agregarse otra característica en las autoridades tapatías de cualquier institución pública, como es el hecho de hacer obra pública o intervenir una vialidad con cualquier propósito sin que medie comunicación social previa, notificación comunitaria o el despliegue del personal de seguridad vial necesario.

Así encontraremos dentro del aprendizaje cotidiano de un tapatío o jalisciense metropolitano, la agenda de resiliencia cotidiana que va más allá de la inseguridad vial, la falta de cultura de la mayoría de los conductores, la inexistencia de puentes peatonales y el anacrónico sistema de transporte público. Además debemos agregar la insolente ausencia del más elemental sistema de transporte peatonal como son las banquetas, en más de la mitad de las colonias populares.

Lo anterior, sin dejar de señalar el anacrónico sistema de semaforización fallido en cada chubasco y la falta de señalización preventiva que nos convierte en una urbe en la cual las normas de inclusión son letra muerta al no considerar en la vida cotidiana a las personas en sillas de ruedas, silentes, ciegos o débiles visuales y, en fin, todo aquel habitante para quien, sin lugar a dudas, la pandemia del COVID-19 acentuará todas nuestras deficiencias y sólo nos convocará a la ya conocida por todos nosotros, resiliencia urbana.

* Académico del CUAAD de la Universidad de Guadalajara

carlosm_orozco@hotmail.com