Agustín Hernández González

  / viernes 11 de mayo de 2018

Campañas de odio

Hace algún tiempo, asistiendo a un diplomado relativo a la libertad de expresión como la manifestación de un derecho humano fundamental, me preguntaba y preguntaba a los participantes acerca de dónde está el límite a ese derecho, si es que existía alguno.

Luego de un intenso y acalorado debate concluimos mayoritariamente que en todo caso resultaba mejor admitir el abuso de este derecho, que pensar siquiera en coartarlo, para en cambio pronunciarnos unánimemente en respetar, facilitar y promover su ejercicio porque, además, significa una posibilidad de entendimiento entre los seres humanos, si bien en el marco de la tolerancia que todos debemos a las opiniones ajenas, que se producen obviamente en consonancia con dicho derecho elemental. Recordemos los efectos y consecuencias de la publicación de Charlie Hebdó, aludiendo al líder espiritual del pueblo musulmán.

No obstante, cuando alguien realiza manifestaciones de odio, como al parecer lo hizo la semana pasada el analista político Ricardo Alemán al reproducir un twitt en el que se aludía a atentados cometidos por fans en contra de sus líderes o ídolos, ahí mencionados, para luego preguntar el autor del twitt a los simpatizantes del candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, ustedes cuándo; al surgir tales manifestaciones, al parecer incitando a la comisión de actos violentos, o esa interpretación se le dio a esta expresión de Alemán, -la cual provocó su despido de varios espacios noticiosos-, entonces surge de nuevo la gran pregunta: ¿debe tener límites el derecho a la libertad de expresión? Y otra más: a quien así se exprese, ¿debería imponérsele una sanción penal o pecuniaria? Ricardo Alemán sostiene que es víctima de una persecución, de un linchamiento, y que al censurársele se ha violentado la libertad de expresión.

En realidad, la línea entre el uso y el abuso de ese derecho, e incluso su utilización facciosa o perversa, en mi opinión es sumamente delgada y por tanto resulta difícil establecer cuándo se convierte en falta y hasta en delito una expresión, una opinión, aun cuando el más elemental sentido común debiera indicarnos la diferencia. Es por ello que me resulta interesante y ahora preocupante que a otras figuras públicas quienes igualmente en estos tiempos políticos han abusado de dicho derecho, ellos hasta el hartazgo o profiriendo exhortos o amenazas y advertencias, veladas o directas, acerca de temas vinculados con la campaña presidencial en curso, nadie les toque ni con el pétalo de una rosa y hasta se les festeje, como así ha ocurrido en Tv, en redes o también en mítines y plazas públicas por parte de integrantes de los equipos de los candidatos o de “analistas”, o de cualquiera que decida lanzar a esta arena su cuarto de espadas.

Pero cuidado, porque aunque a ellos no se les haya cuestionado ni censurado, tales son también manifestaciones de odio, de violencia que desatan los ánimos, despiertan confrontación y encono que puede derivar igualmente en desgracias.

Por tanto, con el mismo énfasis con el que se juzgó a Alemán, debiera observarse la conducta y las letras y palabras de todos, al menos para exhortarlos a la civilidad y al ejercicio responsable de ese derecho. Los candidatos no son ajenos a la responsabilidad que pesa sobre sus equipos y simpatizantes. Ellos deberán responder de lo que sus coordinadores, voceros o representantes digan y hagan, así como de sus propias actitudes y declaraciones. No queremos un México intolerante ni faccioso, vengan de donde vengan estas amenazas. Cuidado! Los extremos son peligrosos!


Hace algún tiempo, asistiendo a un diplomado relativo a la libertad de expresión como la manifestación de un derecho humano fundamental, me preguntaba y preguntaba a los participantes acerca de dónde está el límite a ese derecho, si es que existía alguno.

Luego de un intenso y acalorado debate concluimos mayoritariamente que en todo caso resultaba mejor admitir el abuso de este derecho, que pensar siquiera en coartarlo, para en cambio pronunciarnos unánimemente en respetar, facilitar y promover su ejercicio porque, además, significa una posibilidad de entendimiento entre los seres humanos, si bien en el marco de la tolerancia que todos debemos a las opiniones ajenas, que se producen obviamente en consonancia con dicho derecho elemental. Recordemos los efectos y consecuencias de la publicación de Charlie Hebdó, aludiendo al líder espiritual del pueblo musulmán.

No obstante, cuando alguien realiza manifestaciones de odio, como al parecer lo hizo la semana pasada el analista político Ricardo Alemán al reproducir un twitt en el que se aludía a atentados cometidos por fans en contra de sus líderes o ídolos, ahí mencionados, para luego preguntar el autor del twitt a los simpatizantes del candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, ustedes cuándo; al surgir tales manifestaciones, al parecer incitando a la comisión de actos violentos, o esa interpretación se le dio a esta expresión de Alemán, -la cual provocó su despido de varios espacios noticiosos-, entonces surge de nuevo la gran pregunta: ¿debe tener límites el derecho a la libertad de expresión? Y otra más: a quien así se exprese, ¿debería imponérsele una sanción penal o pecuniaria? Ricardo Alemán sostiene que es víctima de una persecución, de un linchamiento, y que al censurársele se ha violentado la libertad de expresión.

En realidad, la línea entre el uso y el abuso de ese derecho, e incluso su utilización facciosa o perversa, en mi opinión es sumamente delgada y por tanto resulta difícil establecer cuándo se convierte en falta y hasta en delito una expresión, una opinión, aun cuando el más elemental sentido común debiera indicarnos la diferencia. Es por ello que me resulta interesante y ahora preocupante que a otras figuras públicas quienes igualmente en estos tiempos políticos han abusado de dicho derecho, ellos hasta el hartazgo o profiriendo exhortos o amenazas y advertencias, veladas o directas, acerca de temas vinculados con la campaña presidencial en curso, nadie les toque ni con el pétalo de una rosa y hasta se les festeje, como así ha ocurrido en Tv, en redes o también en mítines y plazas públicas por parte de integrantes de los equipos de los candidatos o de “analistas”, o de cualquiera que decida lanzar a esta arena su cuarto de espadas.

Pero cuidado, porque aunque a ellos no se les haya cuestionado ni censurado, tales son también manifestaciones de odio, de violencia que desatan los ánimos, despiertan confrontación y encono que puede derivar igualmente en desgracias.

Por tanto, con el mismo énfasis con el que se juzgó a Alemán, debiera observarse la conducta y las letras y palabras de todos, al menos para exhortarlos a la civilidad y al ejercicio responsable de ese derecho. Los candidatos no son ajenos a la responsabilidad que pesa sobre sus equipos y simpatizantes. Ellos deberán responder de lo que sus coordinadores, voceros o representantes digan y hagan, así como de sus propias actitudes y declaraciones. No queremos un México intolerante ni faccioso, vengan de donde vengan estas amenazas. Cuidado! Los extremos son peligrosos!


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