/ miércoles 7 de noviembre de 2018

Cambio político: sobrevivir y encauzar la fuerza social

Carlos A. Anguiano Zamudio


Jalisco sin lugar a dudas, necesita un cambio. Los vaivenes democráticos que conllevan a la próxima transición del gobierno local, reflejan una constante histórica: la incapacidad manifiesta de los gobernantes de los últimos 25 años para usar, retener, aprovechar y transferir el poder a sus correligionarios.

Prevalece entre la ciudadanía la aspiración insatisfecha de encontrar guías, liderazgos perdurables, que muestren el camino, arropen a las individualidades locales, aglutinen los esfuerzos colectivos y favorezcan al cambio de mentalidad de la población, para impulsar una nueva cultura y regresar a los tiempos de pujanza, competitividad y prosperidad del Jalisco boyante que se fue y no hemos logrado volver a alcanzar.

Así sin más, nuestra sociedad se mueve divagante como un gran cuerpo sin cabeza. Escasos son los hijos de Jalisco que logran incursionar y prevalecer en las ligas nacionales de los diferentes ámbitos de la vida en comunidad. Hemos perdido cohesión, fuerza, reputación, competitividad y renombre.

Estamos lejos de tener la luz y esplendor que alcanzamos en el pasado y desaprovechamos nuestras fortalezas: ni nuestra población, territorio, clima, productividad ni recursos naturales han sido factores suficientes para relanzar al estado a recuperar los primeros planos nacionales.

Próximos a que Enrique Alfaro Ramírez ejerza el poder público como Gobernador del Estado, destaca que asumirá la gubernatura sin el lastre de falsas promesas y compromisos inviables. A diferencia de otros, Enrique Alfaro no se comprometió a realizar las tareas de Hércules ni a realizar mágicos actos. Tampoco proviene su triunfo de la polarización social manipulada. Tiene ante él la oportunidad de hacer lo que le toca como gobernador, y simultáneamente erigirse como guía, baluarte y promotor de nuestra sociedad, que necesita el impulso decidido en todos los sectores, no solamente en el público. La mejora general de Jalisco exige ante todo, un cambio de mentalidad. Es básico lograr coincidir en ideas generales, de beneficio colectivo, que actualicen nuestra convivencia y normen con actualidad nuestro comportamiento social.

A final de cuentas, Jalisco no es tan diferente al resto del país.

Es claro que la corrupción, los abusos, los excesos, la simulación, la imposición antidemocrática de la autoridad, son lastres pesados que no estamos dispuestos a seguir cargando y ante los cuales la ciudadanía expresa profundo rechazo. Enfrentar esa transformación de la mentalidad jalisciense, tan impregnada de tradición, de dogma, de moral convenenciera, conservadora, apática, crítica, que resulta de una ciudadanía pasiva, es el mayor reto que enfrentará gobernándonos a partir del 6 de diciembre.

Enrique Alfaro deberá sobrellevar la burocracia, figurar por encima del deber e imponer su estilo directivo. La necesidad de cambio que lo ha hecho gobernador, implica permanente conducción política, liderazgo social, inculcar una nueva mentalidad positiva, que aspire a la calidad, a la honestidad y al esfuerzo común, al empuje conjunto entre el sector privado y el sector público. Lograr esto garantiza la gobernabilidad, apuntando hacia a la gobernanza efectiva. Alfaro ya tiene el poder. De él depende usarlo para bien, retenerlo y trasmitirlo, así como trascender a su tiempo.


Twitter @carlosanguianoz

Carlos A. Anguiano Zamudio


Jalisco sin lugar a dudas, necesita un cambio. Los vaivenes democráticos que conllevan a la próxima transición del gobierno local, reflejan una constante histórica: la incapacidad manifiesta de los gobernantes de los últimos 25 años para usar, retener, aprovechar y transferir el poder a sus correligionarios.

Prevalece entre la ciudadanía la aspiración insatisfecha de encontrar guías, liderazgos perdurables, que muestren el camino, arropen a las individualidades locales, aglutinen los esfuerzos colectivos y favorezcan al cambio de mentalidad de la población, para impulsar una nueva cultura y regresar a los tiempos de pujanza, competitividad y prosperidad del Jalisco boyante que se fue y no hemos logrado volver a alcanzar.

Así sin más, nuestra sociedad se mueve divagante como un gran cuerpo sin cabeza. Escasos son los hijos de Jalisco que logran incursionar y prevalecer en las ligas nacionales de los diferentes ámbitos de la vida en comunidad. Hemos perdido cohesión, fuerza, reputación, competitividad y renombre.

Estamos lejos de tener la luz y esplendor que alcanzamos en el pasado y desaprovechamos nuestras fortalezas: ni nuestra población, territorio, clima, productividad ni recursos naturales han sido factores suficientes para relanzar al estado a recuperar los primeros planos nacionales.

Próximos a que Enrique Alfaro Ramírez ejerza el poder público como Gobernador del Estado, destaca que asumirá la gubernatura sin el lastre de falsas promesas y compromisos inviables. A diferencia de otros, Enrique Alfaro no se comprometió a realizar las tareas de Hércules ni a realizar mágicos actos. Tampoco proviene su triunfo de la polarización social manipulada. Tiene ante él la oportunidad de hacer lo que le toca como gobernador, y simultáneamente erigirse como guía, baluarte y promotor de nuestra sociedad, que necesita el impulso decidido en todos los sectores, no solamente en el público. La mejora general de Jalisco exige ante todo, un cambio de mentalidad. Es básico lograr coincidir en ideas generales, de beneficio colectivo, que actualicen nuestra convivencia y normen con actualidad nuestro comportamiento social.

A final de cuentas, Jalisco no es tan diferente al resto del país.

Es claro que la corrupción, los abusos, los excesos, la simulación, la imposición antidemocrática de la autoridad, son lastres pesados que no estamos dispuestos a seguir cargando y ante los cuales la ciudadanía expresa profundo rechazo. Enfrentar esa transformación de la mentalidad jalisciense, tan impregnada de tradición, de dogma, de moral convenenciera, conservadora, apática, crítica, que resulta de una ciudadanía pasiva, es el mayor reto que enfrentará gobernándonos a partir del 6 de diciembre.

Enrique Alfaro deberá sobrellevar la burocracia, figurar por encima del deber e imponer su estilo directivo. La necesidad de cambio que lo ha hecho gobernador, implica permanente conducción política, liderazgo social, inculcar una nueva mentalidad positiva, que aspire a la calidad, a la honestidad y al esfuerzo común, al empuje conjunto entre el sector privado y el sector público. Lograr esto garantiza la gobernabilidad, apuntando hacia a la gobernanza efectiva. Alfaro ya tiene el poder. De él depende usarlo para bien, retenerlo y trasmitirlo, así como trascender a su tiempo.


Twitter @carlosanguianoz