Enrique Velázquez González

  / miércoles 10 de octubre de 2018

Brasil, ¿tolerar lo intolerable?

Hace unos días los brasileños votaron en una primera vuelta para la elección de su presidente donde el ganador, a tan solo 5 puntos de lograr la mayoría absoluta y no recurrir a la segunda vuelta, fue el ultraderechista, Jair Bolsonaro, un personaje político y también militar que defiende prácticas como la pena de muerte, el racismo, la homofobia y va en contra de la libertad de las mujeres. En unas semanas los brasileños volverán a votar y la probabilidad de que Bolsonaro se convierta en el presidente de este país es amplia. Si algo hemos presenciado en las últimas dos décadas, es el ascenso de líderes de extrema derecha en todo el mundo. Primero en Europa donde Italia y Francia son el ejemplo más claro.

Ahora en América, con Donald Trump en la presidencia de los EE. UU. y en Brasil con la inminente llegada de Jair Bolsonaro. Y la pregunta surge entonces, ¿por qué estos personajes tan explícitos en sus políticas homófobas, racistas y machistas han cobrado tanta fuerza? Parece que existen variables comunes en cada país que les han permitido obtener este poder: una alta desigualdad social, el desencanto con la clase política tradicional y fuertes crisis económicas y de seguridad ocasionadas -según estos mismos líderes- por la inmigración y/o políticas de izquierda de gobiernos antecesores. Frases del aún candidato brasileño como que una diputada “no merece” ser violada (“por fea”, aclaró después), que “los homosexuales lo son por consumo de drogas y sólo una pequeña parte es por defecto de fábrica”, o que los pobres deben tener menos hijos y que la dictadura debió haber matado a 30.000 más, es solo una muestra de la intolerancia que permea ya mismo en este país, y que de ganar, seguro conducirá sus políticas de Estado.

Y en este punto es necesario traer a la discusión a Karl Popper y su paradoja sobre la tolerancia; este filósofo dice que la tolerancia de una sociedad no puede ser ilimitada, que cualquier acción que predique la intolerancia y la persecución deberá estar fuera de la ley, es decir, no tolerar lo intolerable. La tolerancia y el pluralismo deberían ser los valores más significativos dentro de cualquier democracia liberal, no obstante, es necesario establecer límites, como plantea Popper, para que la democracia misma no se diluya en medio de prácticas que violentan y discriminan por razones de género, condición social y racial. Alcanzar la democracia liberal ha sido una pugna constante en todo el mundo y continúa siendo un reto actual, no podemos permitir el debilitamiento y la alteración de sus valores por líderes que no respetan la laicidad ni la diversidad de una nación.


Hace unos días los brasileños votaron en una primera vuelta para la elección de su presidente donde el ganador, a tan solo 5 puntos de lograr la mayoría absoluta y no recurrir a la segunda vuelta, fue el ultraderechista, Jair Bolsonaro, un personaje político y también militar que defiende prácticas como la pena de muerte, el racismo, la homofobia y va en contra de la libertad de las mujeres. En unas semanas los brasileños volverán a votar y la probabilidad de que Bolsonaro se convierta en el presidente de este país es amplia. Si algo hemos presenciado en las últimas dos décadas, es el ascenso de líderes de extrema derecha en todo el mundo. Primero en Europa donde Italia y Francia son el ejemplo más claro.

Ahora en América, con Donald Trump en la presidencia de los EE. UU. y en Brasil con la inminente llegada de Jair Bolsonaro. Y la pregunta surge entonces, ¿por qué estos personajes tan explícitos en sus políticas homófobas, racistas y machistas han cobrado tanta fuerza? Parece que existen variables comunes en cada país que les han permitido obtener este poder: una alta desigualdad social, el desencanto con la clase política tradicional y fuertes crisis económicas y de seguridad ocasionadas -según estos mismos líderes- por la inmigración y/o políticas de izquierda de gobiernos antecesores. Frases del aún candidato brasileño como que una diputada “no merece” ser violada (“por fea”, aclaró después), que “los homosexuales lo son por consumo de drogas y sólo una pequeña parte es por defecto de fábrica”, o que los pobres deben tener menos hijos y que la dictadura debió haber matado a 30.000 más, es solo una muestra de la intolerancia que permea ya mismo en este país, y que de ganar, seguro conducirá sus políticas de Estado.

Y en este punto es necesario traer a la discusión a Karl Popper y su paradoja sobre la tolerancia; este filósofo dice que la tolerancia de una sociedad no puede ser ilimitada, que cualquier acción que predique la intolerancia y la persecución deberá estar fuera de la ley, es decir, no tolerar lo intolerable. La tolerancia y el pluralismo deberían ser los valores más significativos dentro de cualquier democracia liberal, no obstante, es necesario establecer límites, como plantea Popper, para que la democracia misma no se diluya en medio de prácticas que violentan y discriminan por razones de género, condición social y racial. Alcanzar la democracia liberal ha sido una pugna constante en todo el mundo y continúa siendo un reto actual, no podemos permitir el debilitamiento y la alteración de sus valores por líderes que no respetan la laicidad ni la diversidad de una nación.


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