Editorial Editorial

  / domingo 28 de abril de 2019

Alfaro tiene razón

Óscar Ábrego

Hay que admitirlo, el nivel de violencia que padecemos en Jalisco y en todo México tiene su origen, en gran medida, en el seno familiar. Dejemos de lado la hipocresía y aceptemos también que la criminalidad que nos azota es directamente proporcional al grado de deterioro social por el que atravesamos.

En este mismo espacio, hace poco menos de un mes compartí: “¿Es el Gobierno del estado el responsable de devolvernos la paz y tranquilidad a los jaliscienses? Por supuesto que sí, sin duda alguna. Si es incapaz de lograrlo, se convertirá en un Estado fallido. Sin embargo, hay que aceptar que si bien es el primer gran responsable, no es el único".

“Algo dejamos de hacer como sociedad desde hace un buen tiempo. La insoportable crueldad con la que hoy se consuman los asesinatos –por ejemplo- es una dramática evidencia de que en el llamado tejido social hay muchos hilos podridos”.

Por eso no puedo estar más de acuerdo con el gobernador Enrique Alfaro, cuando al referirse al terrible caso de la joven Vanessa Gaytán, dijo lo siguiente: “Entendamos todos que esta violencia que estamos viviendo todos es producto de la descomposición también de nuestra sociedad y que requerimos de un acto reflexivo, si seguimos en el otro debate (el Gobierno es el único culpable) me parece que no vamos a llegar a ningún lado. Yo ya lo dije y lo reitero públicamente, el Gobierno va a revisar los protocolos, si hay algo que hacer mejor lo vamos a hacer mejor, pero no puedo dejar de hacer una invitación a la reflexión".

Es cierto, el Estado, a través de sus tres niveles de Gobierno y poderes públicos, tiene la obligación de garantizar la seguridad necesaria para otorgar paz y tranquilidad a los ciudadanos; sin embargo, el fracaso no sólo se le puede endilgar a quienes ostentan un cargo en la función gubernamental.

Me parece que tenemos que voltear a vernos todos. Y pongo sólo un botón de muestra del que nadie quiere hablar. Hay empresas de comunicación, mediante impresos que circulan de forma impune en las calles del país, que fomentan el morbo por la sangre y la muerte a través de grotescas fotografías y encabezados que exponen el horror como si se tratase de una guasa. Hay otras, en especial las cadenas televisivas, que hacen apología del narcotráfico de un modo tal, que a los protagonistas, lejos de presentarlos como delincuentes, los convierten en héroes debido a sus habilidades para conspirar, torturar y matar.

Pues bien, son esas mismas empresas de comunicación las que en sus espacios formales de noticias, se escandalizan ante el avance letal de hampa. Se rasgan las vestiduras cuando aparecen fosas con decenas de cadáveres o ante el incremento de feminicidios y parricidios, cuando en realidad participan con el terror de manera festiva y entusiasta bajo las leyes del dinero y el rating.

Así pues, el triste y terrible caso de Vanessa nos pega de nuevo una fuerte bofetada. Sólo un cínico o imbécil se atrevería a negar que falló el protocolo diseñado para atender este tipo de situaciones. ¿Pudo haberse evitado la tragedia? ¡Por supuesto! Las autoridades fueron, por decir lo menos, omisas y negligentes. A causa de ello, hoy tenemos a una víctima más. Sin embargo, el feminicidio fue la consecuencia, no la causa.

Su muerte nos obliga a preguntarnos en qué tramo del camino fue que nos desviamos tanto. Pienso que nunca es tarde para entender que en la familia es donde se escribe el destino de una comunidad entera.

Óscar Ábrego

Hay que admitirlo, el nivel de violencia que padecemos en Jalisco y en todo México tiene su origen, en gran medida, en el seno familiar. Dejemos de lado la hipocresía y aceptemos también que la criminalidad que nos azota es directamente proporcional al grado de deterioro social por el que atravesamos.

En este mismo espacio, hace poco menos de un mes compartí: “¿Es el Gobierno del estado el responsable de devolvernos la paz y tranquilidad a los jaliscienses? Por supuesto que sí, sin duda alguna. Si es incapaz de lograrlo, se convertirá en un Estado fallido. Sin embargo, hay que aceptar que si bien es el primer gran responsable, no es el único".

“Algo dejamos de hacer como sociedad desde hace un buen tiempo. La insoportable crueldad con la que hoy se consuman los asesinatos –por ejemplo- es una dramática evidencia de que en el llamado tejido social hay muchos hilos podridos”.

Por eso no puedo estar más de acuerdo con el gobernador Enrique Alfaro, cuando al referirse al terrible caso de la joven Vanessa Gaytán, dijo lo siguiente: “Entendamos todos que esta violencia que estamos viviendo todos es producto de la descomposición también de nuestra sociedad y que requerimos de un acto reflexivo, si seguimos en el otro debate (el Gobierno es el único culpable) me parece que no vamos a llegar a ningún lado. Yo ya lo dije y lo reitero públicamente, el Gobierno va a revisar los protocolos, si hay algo que hacer mejor lo vamos a hacer mejor, pero no puedo dejar de hacer una invitación a la reflexión".

Es cierto, el Estado, a través de sus tres niveles de Gobierno y poderes públicos, tiene la obligación de garantizar la seguridad necesaria para otorgar paz y tranquilidad a los ciudadanos; sin embargo, el fracaso no sólo se le puede endilgar a quienes ostentan un cargo en la función gubernamental.

Me parece que tenemos que voltear a vernos todos. Y pongo sólo un botón de muestra del que nadie quiere hablar. Hay empresas de comunicación, mediante impresos que circulan de forma impune en las calles del país, que fomentan el morbo por la sangre y la muerte a través de grotescas fotografías y encabezados que exponen el horror como si se tratase de una guasa. Hay otras, en especial las cadenas televisivas, que hacen apología del narcotráfico de un modo tal, que a los protagonistas, lejos de presentarlos como delincuentes, los convierten en héroes debido a sus habilidades para conspirar, torturar y matar.

Pues bien, son esas mismas empresas de comunicación las que en sus espacios formales de noticias, se escandalizan ante el avance letal de hampa. Se rasgan las vestiduras cuando aparecen fosas con decenas de cadáveres o ante el incremento de feminicidios y parricidios, cuando en realidad participan con el terror de manera festiva y entusiasta bajo las leyes del dinero y el rating.

Así pues, el triste y terrible caso de Vanessa nos pega de nuevo una fuerte bofetada. Sólo un cínico o imbécil se atrevería a negar que falló el protocolo diseñado para atender este tipo de situaciones. ¿Pudo haberse evitado la tragedia? ¡Por supuesto! Las autoridades fueron, por decir lo menos, omisas y negligentes. A causa de ello, hoy tenemos a una víctima más. Sin embargo, el feminicidio fue la consecuencia, no la causa.

Su muerte nos obliga a preguntarnos en qué tramo del camino fue que nos desviamos tanto. Pienso que nunca es tarde para entender que en la familia es donde se escribe el destino de una comunidad entera.

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